viernes, 13 de diciembre de 2013

SUSANA THÉNON



4

hay un país   (pero no el mío)
donde la noche es solo por la tarde
(pero no el nuestro)
y así canta una estrella su tiempo libre

toda la muerte pensaré
ya que morir no es mío
y aún alumbro con sangre deslumbrada
(hay un país) el sueño de caída
(hay un país)
y yo conmigo (y siempre)
de amor inmóviles

12    edipo

el abrazo el abrazo en la tarde
qué inmortal he sido
y qué poco lastima el porvenir extranjero
esta piedra sin descanso   eras eterna todavía
eras lo últmo y primero y nada
y nada sino  sol tu mirada mi ceguera
sol para siempre ayer    y anochecimos
y el abrazo era el mar


edipo
20

otras vez a pesar de las nubes
ciegas (me quemaba) te amé di sangre
por tus flores      te llamé tierra
soplé coronas     hilo
de un tiempo en retroceso    morí
para nacer   te alzaban
mis hombros  sí temblor sueño carnívoro
fuiste la mañana   oí tus letras
suavemente en la habitación como pasos




De Distancias









Susana Thénon (Buenos Aires, Argentina, 1935-1991) fue poeta y fotógrafa. Su obra poética se compone de cinco libros de poesía editados: Edad sin tregua (1958), Habitante de la nada (1959), De lugares extraños (1967), distancias (1984) y Ova completa (1984). Mujer de perfil bajo, se la conoce bien poco ya que su producción poética coincidió con el momento en que Pizarnik acaparaba la atención en la literatura femenina de los años ’60. Mujer de fuerza musical, imprescindible, de voz íntegra, compleja, armada y desarmada. Fotografía a una de las poetas más importantes de la Argentina.

viernes, 25 de octubre de 2013

Comediante 4- Marina Tsvetáieva

Ya no te necesito,
y no es porque no contestaras
a vuelta de correo, cariño.

Ni por saber que esta líneas,
escritas con tristeza,
las leerás entre risas.

(Escritas por mí a solas -
¡y sólo para ti! - ¡Por vez primera!
con alguien las descifrarás).

Ni porque rozarán
los rizos tu mejilla - ¡Soy maestra
en leer acompañada!

Ni tampoco porque a un tiempo
suspiraréis inclinados
sobre las mayúsculas desvaídas.

Ni porque caerán a la par
vuestros párpados - es difícil
mi letra - ¡y en verso, además!

¡No, amiguito! - Es más fácil,
es peor que un enfado.

Ya no te necesito
porque...porque - ¡Ya no te necesito nunca más!

Versión de Severo Sarduy

sábado, 9 de febrero de 2013

Una historia de amor- Paulina Movsichoff


Felisa Zavala Rodríguez supo que su vida acababa de dar un giro de ciento ochenta grados cuando su amiga Charo Barbosa le susurró al oído: “Ése es el diputadito del que te hablé esta mañana.” Ella y dos amigas más habían alquilado el coche que las llevaría al corso ese viernes de carnaval y ya iban por la segunda o tercera vuelta cuando divisó la silueta del diputado en una de las esquinas de la plaza. Apenas lo miró, se quedó encandilada por aquella figura de arcángel que fijó en ella sus ojos de un azul remansado detrás de los gruesos anteojos. Felisa decidió que no iba a dejar pasar la oportunidad que la vida le ponía por delante. En efecto, el grupo de amigas que formaban con Charo Barbosa y Alicia Arancibia le había hablado de aquel socialista cuyo nombre sólo Charo, que lo leyó en el diario de la tarde, se lo pudo descifrar completo: Bernardo Movsichoff. A Felisa, que por esa época devoraba una novela de Dostoyevski robada de las estanterías de libros que abarrotaban el cuarto de su hermano Lalo, el nombre le recordó a aquellos personajes que le dejaban el alma en suspenso y a esas tierras lejanas y exóticas que apenas podía contornear en el territorio febril de su imaginación. Para la segunda vuelta ya sus amigas la habían puesto al tanto de que el galán en cuestión era un Diputado Nacional por el socialismo y que la tarde anterior pronunció en aquella misma plaza un encendido discurso que las campanas de la iglesia se empeñaron en vano en cubrir con sus arrebatados repiques. Cuando el coche pasó delante de él, la retreta tocaba La Cucaracha y Felisa, ni lerda ni perezosa, le tiró un puñado de serpentinas que cayeron sobre la silueta del diputado como una caricia ondulatoria, mientras al son de la música le decía:
                             
Al diputado, al diputado,
tonto lo van a llamar.
Porque no tira, porque no tiene
serpentina en carnaval.
                 
  Cuando en la próxima vuelta ella volvió a pasar a su lado, Bernardo le arrojó a su vez un puñado de serpentinas. Pero Felisa, envalentonada por el éxito de su desafío, volvió a arremeter con La Cucaracha:
                          
Al diputado, al diputado,
lerdo lo van a llamar.
Porque no piensa, porque no sabe
que se moja en carnaval.

  La proxima vez Bernardo vació sobre las niñas que pasaron a su lado un pomo de olor que las dejó empapadas y fragantes, pero Felisa volvió a cantar:

Al diputado, al diputado,
preso lo van a llevar.
Porque no piensa, porque no sabe
que no se puede chayar.

Bernardo pidió entonces a Efraín Bragagnolo, que además de correligionario lo acompañaba en aquellas lides carnavalescas, que preguntara a la niña si concurriría al baile de esa noche. Felisa le mandó a decir que no, porque tenía siempre presente aquella sentencia con que su madre la pertrechaba antes de cada salida, de que una niña que se precie no debe tener el sí fácil.
    Sin embargo esa noche, cuando Bernardo la divisó entre las colombinas, pierrots  y madames pompadour acompañada por una señora muy digna que imaginó era su madre, sintió que el corazón se le desacompasaba como sólo le había sucedido a los diecisiete años, cuando conoció las dulzura Y s y los tormentos del primer amor.
  El noviazgo quedó constituido muy poco después y el resto lo dejo librado a la imaginación de los oyentes. 

sábado, 22 de diciembre de 2012

Carta a Paulina Movsichoff-María Esther Lucero Saá



Buenos Aires, 23 de octubre de 1990

Querida Paulina:
  No sé qué pasó que no me llamaste. Yo pensaba no sólo entregarte la antología donde salen publicados algunos de mis poemas, sino seguir conociéndote, pues eres una mujer muy representativa de San Luis y no sólo de San Luis sino de Latinoamérica.
  Hay una frase de Joyce que siempre me acompaña: “esas grandes palabras que nos hacen tan desdichados”. No existen palabras más humildes para expresar la admiración y querría decirte esto con palabras muy simples, muy delicadas. 
  Veo que a través d tu escritura se revela un gran mujer, interesante, talentosísima, que a su debido momento la van a reconocer más aún. 
  Últimamente te vi muy sola, un poco triste. Vivimos en un país muy jodido, con grupos muy jodidos, la política cultural es bastante negativa, injusta, torpe.
  Al leer tu novela Las fábulas del viento sentí que al fin un escritor podía expresar tan apasionadamente lo que yo sentí por mi tierra y seguramente lo que muchos han sentido.
  Sentí representada muy cabalmente a la mujer puntana, con su rebeldía contenida por la cultura, con toda la gama de sentimientos que una mujer o un hombre pueden sentir.
  Ví representada no sólo a la clase dirigente sino los personajes más simples de San Luis. Todos están ahí, vistos por vos desde México, con un vocabulario tan amplio como la amplitud de tu alma y la libertad con que te expresás.
  Sentí también que no sólo estabas viendo a San Luis sino a cualquier pueblo latinoamericano, pueblos que fuiste conociendo a través de tu joven vida.
  Quisiera darte fuerzas, decirte que tu energía va a seguir, que puede ser que estés pasando por un período de soledad, viendo lo mucho que uno siembra y la cosecha no llega. Pero yo sé que vas a recibir mucho pues tu entrega y tu capacidad de trabajo son admirables.
  Vuelvo a esa palabra tan extraña: “Admiración”. Parece que fuera una palabra que nos aleja más que acercarnos. Uno no puede ser una estatua. Pero por ahora no tengo otra palabra. Esas mujeres vivientes como Matilde, que has logrado recrear magníficamente, con atemporalidad, me dicen que tal vez me vuelvas a llamar. Es muy linda la amistad. Más aún cuando se comparten tantas cosas, o la soledad es inmensa y hay muy pocos sabios que sepan comprenderla como vos lo hiciste conmigo. Y eso no se olvida.

                                                   Hasta siempre

                                                               María Esther




María Esther Lucero Saá fue una poeta puntana y prima mía. Nació en 1950 y puso fin a su vida por decisión propia en 1996. Publicó un solo libro de poemas: "A cielo abierto". Aquí esta carta suya que encontré pegada en la página de uno de mis diarios y que me conmovió. Hasta siempre, María Esther.

viernes, 30 de noviembre de 2012

Presentación de la novela "El arca de la memoria" de Paulina Movischoff- María Lyda Canoso



Presentación de la novela “El arca de la memoria” de Paulina Movsichoff

María Lyda Canoso


“El arca de la memoria”, es una novela biográfica que pivotea en torno a la figu-ra de la gran escritora mexicana Rosario Castellanos. Curiosa combinación: una escritora que habla en su novela de otra escritora. No solamente habla de ella sino se mete en su piel, padece sus dolores, vibra con su temblor, con su incertidumbre. Porque Paulina pareciera penetrar en lo profundo del alma de esta gran artista. Con la objetividad que da el extrañamiento, a la manera de los viajeros ingleses que tan bien describieron la pampa, Movsichoff, argentina exiliada en tierra ajena, toma la figura de Rosario como su mentora, su guía espiritual (lo he conversado con ella), como si fuera Rosario la interlocutora de su propia literatura. Mal podría haber sido que Paulina omitiera escribir este libro de naturaleza confesional. Porque Paulina es Rosario, entra en su sistema de escritura y en su manera de percibir el mundo y describe la grandeza de esta mujer escritora que es Rosario Castellanos. 
Para poder hablar del libro tendríamos que definir un poco qué es biografía, bios (vida) graphein (escritura). Se supone que una biografía es la historia de una vida, en este caso, la historia de una vida relevante, un acto de amor, de admiración en esta construcción que hace Paulina, un libro donde el objeto de escritura, la musa inspiradora es la gran escritora, ensayista, poeta y mujer de amplia representatividad de lo mexicano, Rosario Castellanos.
El libro abarca los momentos más íntimos y melancólicos de la vida de esta escritora, constante luchadora por los derechos de la mujer, en especial de la mujer mexicana, que reconoce y reivindica el rol propio y el ascenso en cuanto a la igualdad con el hombre. A la vez que se hace cargo de la deuda que el blanco tiene en toda América con el indígena, escisión especialmente notoria y que es objeto de estudio por parte de esta gran escritora mexicana. Historia cruzada a su vez por la influencia de la Iglesia y las clases dominantes y la mi-rada prejuiciosa que estas instituciones tienen hacia la mujer que quiere emanciparse por ejemplo a través del acceso a la cultura académica. En 1950 Rosario obtiene el grado de maestra en filosofía en la Universidad Autónoma de México. El tema de su tesis: "Sobre cultura femenina", allí se preguntaba por el lugar de la mujer en la cultura: "El mundo que para mí está cerrado tiene un nombre: se llama cultura. Sus habitantes son todos del sexo masculino" manifiesta. Cabe acotar que en 1950, está saliendo "El segundo sexo" de Simone de Beauvoir y ella no lo leyó. En Madrid fue que Rosario realizó cursos de pos-grado.
Mujer que no tiene sosiego en su destino signado por el desplazamiento del deseo. Dos fatalidades en la vida de Rosario: la muerte de su hermano Benjamín, la infidelidad de su amado Ricardo. 
Podría haber una tercera situación que habría de ocasionarle un extremo costo afectivo: su frustración como madre, alejada, por su actividad como profesora visitante en Madison, de su amado hijo. Esos tres temas los analiza Paulina Movsichoff con delicadeza y tratando de compatibilizar lo que trascienden los textos de Rosario con el cruce de datos biográficos y testimonios de cartas. 
Los desasosiegos que atravesarán toda su vida dándole credibilidad, fuerza, a su literatura. Desasosiegos que habrá de desarrollar con total atención Paulina en esta novela (porque en sí es una novela y no me salgo de esta lectura que le hago al libro), donde Paulina con su gran habilidad de novelista habrá de crear espacios y situaciones absolutamente ficcionales que no sólo serán creíbles sino que crearán verdaderas instancias de convencimiento. Habrá en la novela núcleos narrativos que se repetirán como se repiten las obsesiones: la muerte prematura del hermano de Rosario, su infancia desplazada precisamente por esa muerte que habrá de reaparecer una y otra vez, como acarreando la pregunta: ¿por qué el y no yo? Creencia, la suya, que tal quizá hubiera sido el deseo de sus padres ante la muerte del varón en esa sociedad machista de pérdidas más abarcativas, tal como el patrimonio de las tierras que Rosario no pudo heredar porque sobrevino la reforma agraria iniciada por Lázaro Cárdenas.
Rosario es un personaje de gran carnadura, absolutamente creíble, trabajado con suma habilidad y de manera sensible por Paulina Movsichoff, que tan bien conoce todos esos mecanismos del México profundo, verdadero, alejado de los clichés de mejicaneidad que suelen tomarse como preconcepto.

Pasan por este libro todas las situaciones relevantes de la vida de esta escritora, como así también su amistad con escritores que fueron sus contemporáneos. 
Pero algo quiero subrayar como muy relevante en este libro: Paulina Movsichoff utiliza un idioma construido a la manera mexicana, usando palabras y guiños y dichos y hasta penetra la idiosincrasia de esa cultura de puertas adentro, cuestión que le agrega a este libro enorme atractivo. 
Cuenta los hechos y sucesos sin el ordenamiento cronológico lineal, sino que va y viene construyendo un tiempo de relato convincente, y a veces la reconocemos dentro de este libro a ella como personaje, como si su voluntad la llevara a estar ahí, metida en esa historia, como el náufrago en la vida de Faustine de la novela de Adolfo Bioy Casares: “La Invención de Morel”. Sólo faltaría aquí esa maquinaria fantástica que pudiera fundir las escenas, de tal manera que Paulina pudiera entrar en la conciencia de Rosario Castellanos, su admirada y amada escritora.

Vagabundeo de la raíz- Paulina Movsichoff





Tal vez la génesis de mi novela sobre Rosario sea aquella imagen que aún guardo nítida, en mi “Arca de la memoria”. La de aquella mujer anciana de tez cobriza, de pelo negro y larga tranza atravesando su cabeza, como una corona, Gloria Yanquetruz que, de tarde en tarde, tocaba a la puerta de mi casa provinciana, allá en San Luis. Mamá la convidaba a pasar y se sentaban a conversar bajo la sombra acogedora de la higuera.  “Saluden a Gloria”, decía mamá. Y cuando se iba, nos contaba que ella era una princesa. Ante mi  empecinada incredulidad de que una princesa pidiera limosna (mamá le daba prendas nuestras que ya no usaríamos) ella me contestaba: “Es la hija del Cacique Yanquetruz. Ellos eran dueños de esta tierra y los blancos se la quitamos.”
  Correrían algunos años hasta llegar a la Facultad de Letras, la carrera que elegí. En la cátedra de Literatura Latinoamericana, debí leer El mundo es ancho y ajeno, de Ciro Alegría. Causó en mí una impresión también imborrable. América y sus habitantes originarios me golpearon en toda la crudeza de de su crucifixión. Luego vendrían Arguedas y Los ríos Profundos, Miguel Ángel Asturias y tantos otros que me dieron a comprender que allí, con esos seres despojados y exterminados sin piedad, estaban también mis raíces. Mis corazón no lograría apartarse de esta nueva certeza.
  Los caminos del exilio me llevaron luego a Ecuador y México.  De pronto me vi inmersa en esa América Profunda. Contemplaba con azoro a los indios sigilosos, descalzos, encorvados bajo imposibles cargas adheridas a la espalda por una correa que les atravesaba la frente y continuaba hasta sostener aquellos enigmáticos bultos, En México sucedió lo mismo. Esos hombres y mueres pululaban por todas partes, en las aceras (banquetas, como les dicen allá), en los mercados, sentadas las mujeres con sus críos en cualquier esquina. En cualquier calle de esa ciudad atestada de autos en las cuales los peatones brillaban por su ausencia, porque todos tenían “carro”, ese mágico invento de los nuevos tiempos. Ellos, los dueños, eran extranjeros y desposeídos en su propia tierra. Y desde mi extrañamiento, desde mi propio destierro, sentí que una gran injusticia dominaba el mundo en que vivía, desarraigada, no sabía hasta cuándo, de la tierra que me viera nacer. Comencé entonces mi primera novela, Fuegos encontrados. Transcurre en el siglo XIX cuando comienza la Campaña al “Desierto”, como se la llamó. Casiana, la joven ranquel arrancada de los suyos para servir en casa de los blancos, es uno de los personajes más vivos, creo, en toda mi narrativa. La novela obtuvo el Premio “Juan Rulfo” para Primera Novela, otorgado por el Instituto Nacional de Bellas Artes. Y fue para mí más importante que sacarme el premio Nóbel. En adelante mi nombre estaría unido para siempre al de aquel otro grande entre los humildes, a aquel Juan Rulfo que conocí en el Instituto Nacional Indigenista, donde trabajaba mi entonces marido, el antropólogo Adolfo Colombres. En ese Instituto, algunos años antes, trabajó Rosario llevando el teatro Petul a sus hermanos lacandones. Un día, a través de aquél, llegó a mis manos una novela. Se llamaba Oficio de tinieblas y su autora, Rosario Castellanos era desconocida hasta entonces para mí. “Ella es precursora del boom y pionera del feminismo en México” me informó. Desde entonces no me abandonaría. Me adentré en sus novelas, sus cuentos, sus poemas, sus ensayos unida a ella por esa vibración emotiva que nos despiertan las obras que hablan la lengua de nuestra alma. A nuestro regreso, imantada aún por aquella experiencia y por aquella lectura, escribí, en el Instituto de Literatura Ibeoramericana donde investigaba, mi trabajo: “Rosario Castellanos o las osadías de la lucidez. Un análisis de la mujer en su novela Oficio de tinieblas”.  
  En casi toda su obra ella denuncia la opresión de su pueblo, los lacandones de Chiapas. Vivió con lucidez implacable su doble condición de mujer y mexicana e hizo de esta conciencia, como dice José Emilio Pacheco, la materia misma de su obra, la línea central de su trabajo. Naturalmente no supimos leerla, termina Pacheco. Sin embargo, Rosario no se detiene en los aborígenes. sino que se identifica con las otras mujeres, sean iletradas, indígenas y blancas, solteras, casadas, mostrando en todo momento esas vidas  ceñidas por una serie de elementos que la colocan en un lugar de objeto. Nos deja una clara preocupación de la identidad femenina, del ser mujer en todos los ámbitos de su  creación. Tanto en su obra literaria como en su vida, Castellanos se esforzó por buscar otro modo de ser Lo expresó bellamente en su “Meditación en el umbral”: 

No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoi
ni apurar el arsénico de Madame Bovary
ni aguardar en los páramos de Ávila la visita
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.

Ni concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegan las visitas,
en la sala de estar de la familia Austen
ni encerrarse en el ático de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson
debajo de una almohada de soltera.
....
Otro modo de ser humano y libre.

Otro modo de ser.

           
 Por último quiero agregar que tal vez no sea casualidad que esta sala donde la presentamos lleve el nombre de Augusto Raúl Cortazar, uno de los folklorólogos más  reconocidos de nuestro país, de quien tuve el honor de ser su alumna. Con su esposa, la profesora Celina Sabor de Cortazar realicé un curso de postgrado: “La poesía de Quevedo”. Y a la sombra de este poeta quiero nombrar otro de los tópicos que me impresionaron de esta escritora. La de su corazón perennemente enamorado e insatisfecho, amor que la predispuso tal vez a la muerte. Porque en aquellos poemas de ese genio de nuestro idioma, siempre resuena en mí uno de sus sonetos más emblemáticos. El que se titula: “Amor más poderoso que la muerte”, aquel que termina diciendo: “Polvo seré, mas polvo enamorado”. 


Palabras pronunciadas por mí ayer en la presentación de mi novela "El arca de la memoria", que tuvo lugar en la sala Cortazar de la Biblioteca Nacional.



miércoles, 5 de septiembre de 2012

Por la Amazonas- Paulina Movsichoff



La despertó el alboroto de los pájaros en la palmera. Abrió lentamente los ojos y, a través de la cortina, pudo comprobar un cielo insistentemente azul. Le gustaba quedarse así, en esa duermevela donde los pensamientos se deslizan fugaces como sombras y podía creerse allá, en aquellas otras mañanas, ya perdidas. Ese día no tenía ganas de salir a trabajar. Quién lo hubiera dicho: Vendedora. Ella, que en la vida hizo otra cosa que leer y escribir. Recordó su cuarto de investigadora, en la Facultad. Era muy pequeño pero resultaba cálido con las plantas que fue acumulando mes tras mes, los afiches de Rousseau. ¿Quién lo ocuparía ahora? Quizás estuviera vacío, esperándola. La investigación sobre Carpentier quedó trunca y aquí no había tenido fuerzas ni tiempo para retomarla. Debían ganarse un lugar, sobrevivir  como fuera en es país en donde recalaran, náufragos en la gran isla del exilio. Sintió en su cuerpo la mano, aún adormilada, de Carlos y la rechazó con suavidad. No le gustaba ser interrumpida en esos momentos, los únicos que se permitía, de nostalgia. De la penumbra del inconsciente surgió la cara de Juan, con quien soñara toda la noche. Lo encontró en la calle, poco tiempo antes de la partida. Tomaron juntos un  café. Ahora volvía a ver esos ojos, ensombrecidos por la rabia, las manos que destrozaban la servilleta mientras ellos hablaban de cualquier cosa para no nombrar lo que estaba allí, vivo, como una fiera ala acecho. “Cuidate”, le dijo ella al despedirse. No podía dejar de sentir por él una tierna preocupación. Sin embargo, conociéndolo tan bien (la relación había sido breve pero intensa), se alejó segura de que si súplica caería en saco roto. La mano insistía y el deseo comenzó a ganarla, como una marea inevitable. Eso es. Hacer el amor, anudarse hasta espantar los miedos, hasta que la tristeza retroceda. La tristeza. De un tiempo a esta parte siempre estaba allí, agazapada, lista para saltar en cualquier momento de despido.
   Mientras se vestía miraba el Pichincha, a lo lejos, las casas que comenzaban a llenarse de apuros y de ruidos. Pensó que volvería por la Amazonas. Era la única calle que reunía las oficinas más importantes de la ciudad; esa vez no podía darse el lujo de perder el tiempo. Nada de sentarse en un banco de la Alameda, entre una venta y otra, con un libro en la mano. Carlos no recibía un peso desde hacía varias semanas, y debían el arriendo, las provisiones comenzaban a escasear. Subió por la Humboldt. Contempló los jardines simétricos, el césped aún mojado de rocío, todo envuelto en esa atmósfera de seguridad y sosiego que parece emanar de los barrios adinerado.
  En la parada del Chaguarquincho, la  misma india de todos los días le tendió la mano. Ella sacó un sucre del bolso y se lo dio. Dos otavaleñas corrían ya hacia elbus que avanzaba desde la esquina con su panza de un azul desteñido. Un olor a fruta podrida, a sudor, la golpeó mientras trataba de acomodar las piernas en el breve espacio del asiento. A su lado, el niño atado a las espaldas de la mujer estiraba la mano, tratando de tocarla. Miró sus ojos negros y aletas, los cachetes de una aceitunada placidez y le sonrió. Mientras el bus bajaba por la 6 de Diciembre trató de concentrarse en la limpidez del aire, en la exaltada transparencia de esa mañana andina. Al llegar a la Alameda decidió bajar y recorrer a pie las dos cuadras que faltaban. Se detuvo en un edificio moderno, de vidrios color sepia. A la entrada se leía, con letras doradas: Edificio Proinco Calixto. Al catorce, pidió al ascensorista, luego de cerciorarse en el  tablero de que era el último piso. Antes de comenzar, se detuvo en el hall y, por la ventana, miró fugazmente la ciudad, allá abajo, los toldos de las confiterías, los tapices y ponchos que los indios desparramaban en la vereda, preparándose para la llegada de los turistas. ¿Qué ofrecería primero? ¡El quijote ilustrado por Dalí? Quizá fuera conveniente comenzar por la Enciclopedia infantil, con sus cuatro tomos: todos los porqués, los dónde, los cuándo, los cómo. Por su mente pasó, fugaz, el recuerdo de su abuela, con el Tesoro de la juventud en la falda. Siempre dejaban de lado el libro del los porqué para zambullirse en el de Narraciones Interesantes. Ahora se acercaba Navidad. No estaría mal trabajarles a los ricachos por el lado del amor paternal. Cerró los ojos y la imagen de la abuela se le dibujó con tal fuerza que debió contenerse para no llorar allí mismo. O bien Los grandes políticos. Hitler y Marx. Qué ensalada. Kennedy y Ataturk. Golpeó tímidamente la puerta donde se leía: “Inversora V & U”. la secretaria, una yanqui oxigenada, le preguntó: “¿Qué deseas querrida?”, arrastrando la erre. “hablar con el gerente”, dijo ella, con una voz que trataba de parecer segura. Las secretarias eran huesos difíciles de roer. “¿Por qué asunto, querida?”, insistió la rubia. “Personal”, contestó, instalándose en un sillón de cuero mullido. La contempló alejarse moviendo las caderas. “Está ocupado”. Vuelve mañana.” Esta vez fue Promepar SA, en ekl piso de abajo. Sentado ante el escritorio, un muchacho de cara lampiña leía una revista con aire indolente. La introdujo sin preámbulos en un despacho profusamente decorado. Caminó por la alfombra de largos pelos, apoyando voluptuosamente los pies. El gerente era un hombre moreno y afable, con una sonrisa de aviso publicitario. Desplegó los folletos sobre la mesa donde descansaban, enrollados, algunos planos. La sed comenzaba a torturarla cuando dejó de hablar, no muy segura de haber estado convincente. “¿De dónde es usted?”, y el hombre la miraba, entre complacido y curioso. “De Argentina”, contestó ella. “Bueno, pero sucede que estoy muy gastado. Hábleme más de lo que tiene.” Y  luego, como si se arrepintiera, agregó: “¿Qué le parece si tomamos un trago por la noche?”, a la vez que paseaba los ojos por su cuerpo, calzado en un enterito celeste. Salió de allí diciéndose que aquél no era su día, que habría que decirle al dueño del departamento que siguiera esperando, que. se animó frente a la puerta de Mc Kann Erikson. La respuesta fue la misma: “El gerente está ocupado”, vuelva otro día.
  Sentada en un escalón, entre dos pisos, permanecía ahora quieta, indiferente hacia la mañana que avanzaba, cautelosa, hacia el mediodía. Una profunda lasitud comenzó a invadirla. Se encontró de ponto pensando en Luisa. Qué diría al ver su ardua lucha por vender aquellas enciclopedias. Pero Luisa no estaba allí para verla. Ni allí ni en ninguna parte, seguramente. Aún llevaba, en su bolso, la carta donde le avisaban su desaparición. Apenas se dio cuenta del hombre de espesos bigotes y espalda fornida que subía por las escaleras y pasaba ahora a su lado. “¿Se siente mal?”, oyó que le preguntaba, con una voz no exenta de preocupación. Y luego, al ver el portafolios: “¿Vende algo?”. Sacando fuerzas de flaquezas ella contestó que sí, que vendía libros, enciclopedias para ser más exactos. ¿El señor querría ver? “Estaremos más cómodos en mi despacho”, invitó él. Ella se fijó en su traje de corte impecable, en el gesto de hombre de mundo con que le cedió el paso. Nuevamente el despliegue de folletos sobre la mesa. Me llevo el Marketing, dijo él ante su mirada de asombro, cinco tomos, una de las más jugosas comisiones. También El Quijote y los clásicos de la literatura universal, y la Enciclpedia Infantil. Sus pensamientos se atropellaban. Alcanzará para el arriendo. Incluso sobrará. Podremos comer por lo menos un mes. Tal vez pueda comprar el tocadiscos.
portafolios, al caer, la sobresaltó. Se dio cuenta de que tenía una pierna adormecida. ¡Cuánto tiempo habría pasado desde que se sentara en aquel escalón? No se molestó en averiguarlo. Decididamente, no volveré más por la Amazonas, pensó mientras bajaba, arrastrando levemente la pierna por la escalera.