martes, 29 de noviembre de 2016
jueves, 20 de octubre de 2016
Mujer y Palabra- Paulina Movsichoff
¿Por qué escribimos las mujeres? Antiguamente la
literatura como oficio, como un hacer, era el coto cerrado de los hombres.
Fueron pocas las mujeres que se aventuraron en ese territorio donde el hombre
creaba mundos imaginarios, narraba sus aventuras por mares desconocidos,
denunciaba la realidad y trataba de modificarla (de hecho a veces lo conseguía)
por medio de la pluma. Era él quien se
adentraba en la intimidad, no sólo suya sino también del sexo opuesto, hablaba
de la maternidad y de amor, describía el mundo y, dentro de éste, el mundo
femenino con una genialidad indiscutible pero no por ello menos parcial.
Acostumbradas a vernos retratadas, pintadas por aquellas plumas maestras, las
mujeres permanecíamos mudas, pensado tal vez que todo estaba dicho, que el
retrato y la modelo eran una sola y misma cosa. A la mujer se le había
reservado el silencio, la aceptación, el tejer y destejer el hilo de su hastío
en un universo en el cual no podía optar sino por encontrar a su príncipe azul y
encerrarse en la jaula de oro del ámbito doméstico. Las pocas que se atrevieron
a transgredir este mandato fueron consideradas brujas o hechiceras, mujeres
masculinas, objeto de la burla de sus contemporáneos.
La mujer
escritora puede, actualmente, ejercer su vocación sin tantas dificultades, pero
le sigue siendo más arduo que al hombre llegar a ser una buena artista, y esto
por una razón sencilla: le es más difícil llegar a ser una persona completa.
Los factores que concurren a ello son múltiples y complejos. En primer lugar,
su libertad se encuentra considerablemente coartada, lo cual afecta su
profesionalidad, ya que carecerá de las necesarias experiencias que enriquecen
a toda obra de arte. Esta visión empequeñecida del mundo se refleja en los
famosos versos de Emily Dickinson.
"Jamás
he visto un páramo
y
no conozco el mar"
Al haber
mantenido a la mujer marginada de los mecanismos del poder político y
económico, se le mutiló también una
extensa franja de la realidad. Por otro lado, su misión de esposa y de madre la
convirtieron casi siempre en un ser dependiente, debiendo luchar de
manera casi titánica para acceder a un nivel de autosuficiencia económica y a
una búsqueda de su identidad. Esta falta de libertad exterior incidió e incide,
a su vez, en su libertad interior. A las trabas y tabúes que la sociedad le
impone, se suman las que a menudo ella se impone a sí misma. Una mujer de éxito
en su profesión deberá afrontar un sentimiento de recelo y hasta de suspicacia
por parte del sector masculino (se sabe hasta qué punto el común de los hombres
desconfía de la "femeneidad" de este tipo de mujeres) además de
tortuosos conflictos interiores en donde la culpa adquiere un papel
preponderante.
Cuando, luego
de trabajar todo el día, la mujer se encuentra con la que sido su tradición
obligada: un esposo, hijos y todo lo que ello implica, su energía creativa
corre serios riesgos de agotarse. En efecto, de dónde sacará fuerzas para
reflexionar sobre sí misma y sobre su destino, para lidiar con las exigencias
de un oficio por lo demás arduo y al cual ya no quiere, no puede renunciar?
Pocas
escritoras han expresado las angustias y presiones a que se ve sometida la
mujer como Sylvia Plath, la novelista y poeta norteamericana que, en febrero de
1963, se suicida metiendo la cabeza en el horno de gas. "No es el hecho de
parir lo que me parece injusto - dice en su novela autobiográfica "La
campana de cristal" - sino que tener que parir hijos para los hombres.
Hijos que llevarán su nombre. Hijos que te atarán, por medio del amor, a un
hombre al que tendrás que agradar y servir bajo pena de abandono. Y el amor es,
después de todo, el cerrojo más seguro. El que más irrita y el que más perdura.
Y entonces m encontraré prisionera para siempre".
Si bien la función
de esposa y de madre es una experiencia valiosa y enriquecedora cuando la mujer
la asume con verdadera vocación, ella no debería impedirle el descubrimiento y
la exploración de ese complejo mundo que bulle más allá de los protectores
muros del hogar.
En el
presente, ya no es la familia, ni la religión ni los valores agrarios los que
determinan la imagen del país, sino los medios masivos de comunicación, la
industrialización, los valores de mercado, la internalización de la cultura lo
que ha asumido el primer plano en el universo en que las mujeres nos movemos.
Luego de la larga lucha por sus derechos,
se inaugura un nuevo universo simbólico que impulsa a las mujeres a
romper el “rol exclusivo” tradicional de esposa y madre. A partir de nuevos
deseos, como el de saber, el de hacer, el de poder, el de autonomía, se han
modelado inéditas subjetividades femeninas, En oposición al valor de la
abnegación como “ser para otros”, se instala el valor de la realización
individual, activo y competitivo, del ser
para sí, La esfera privada ya no es el objeto de sus deseos sino la esfera
pública.
Sin embargo,
la psicología social no cambia con la rapidez con que la proponen los medios de
comunicación ni los discursos públicos. La persistencia del universo simbólico
tradicional con su estricta división genérica sigue presente en el código de
nuestra cultura, por más que últimamente se haya dictado la bienvenida ley de
matrimonio igualitario. Por todo ello se crea una especie de doble conciencia o
doble vida, que se construye mediante la interacción, en general conflictiva, entre
la identidad establecida y la emergencia de una identidad emancipada. “En el mundo de hoy, nacer niña es un riesgo”
comprueba la directora de UNICEF. Y denuncia la violencia y la discriminación
que la mujer padece, desde la infancia, a pesar de los movimientos feministas
en el mundo entero. En 1995 en Pekín la Conferencia Internacional sobre los
Derechos Humanos de las mujeres reveló que ellas ganan, en el mundo actual, una
tercera parte de lo que ganan los hombres por igual trabajo realizado. De cada
diez pobres siete son mujeres; apenas una de cada cien mujeres es propietaria
de algo. En los parlamentos, hay, en promedio, una mujer por cada diez legisladores;
y en algunos parlamentos no hay ninguna. Se reconoce cierta utilidad a la mujer
en la casa, en la fábrica o en la cocina, pero el espacio público está
virtualmente monopolizado por los machos, nacidos para las lides del poder y de
la guerra. Carol Bellamy, que encabeza la agencia UNICEF de las Naciones Unidas,
no es un caso frecuente. Las Naciones Unidas predican el derecho a la igualdad,
lo que no practican; en el nivel alto, donde se toman decisiones, los hombres
ocupan ocho de ciez cargos en el máximo organismo internacional“.
El problema de
la mujer escritora presenta, pues, dos vertientes fundamentales: por un lado el
reconocimiento de sí misma como una entidad autónoma. Por el otro, la búsqueda
de esta libertad, la fundación de esta autonomía mediante la utilización de la
palabra. Si "el hombre no habla porque piensa, sino que piensa porque
habla", como dice Octavio Paz, podemos comprender las razones por las que
ha sido tan reducido el número de aquellas que se internaron en los caminos del
pensamiento. La palabra es edificadora del ser. ¿Y cómo podrá saber algo de sí
misma esta mujer que sólo escuchó lo que de ella decían los padres, los
maestros, los sacerdotes? "Prostituta, diosa, gran señora, amante, la
mujer transmite o conserva - asevera también Octavio Paz- pero no crea, los
valores y energías que le confían la naturaleza y la sociedad (...) Pasiva, se
convierte en diosa, amada, ser que encarna los elementos estables y antiguos
del universo: la tierra, madre y virgen. Activa, es siempre función, medio,
canal. La femineidad nunca es un fin en sí misma, como lo es la
hombría". Este condicionamiento,
mantenido a través de los siglos, es lo que ha mutilado al ser humano femenino;
el responsable de su inseguridad, dependencia, pasividad.
Me enseñaron las cosas equivocadamente
los que enseñan las cosas:
los padres, el maestro, el sacerdote,
pues me dijeron: tienes que ser buena.
Basta ser bueno. Al bueno se le da
un dulce, una medalla, todo el amor, el cielo.
Así dice la escritora Castellanos en ese libro que se llama precisamente
Poesía no eres tú. Bondad, belleza, paciencia, castidad, prudencia, fueron las
virtudes femeninas “por excelencia” que, a lo largo de los siglos se
establecieron para apartar a las mujeres de la historia y ponerlas al servicio
de la especie. “Si hubo un tiempo en que la mujer era igual – afirma Franca
Basaglia – ésta es una igualdad que la historia borró. Son los mitos que hablan
de una mujer firme, amazona, guerrera o diosa de los meses. Pero – continúa –no
se puede mirar la historia y proyectar los problemas que nos incumben hoy”. Lo
cierto es que la historia, la realidad, fueron el gran río a cuyas orillas
permaneció la mujer, con su raíz nutrida por los jugos de esa tierra a la cual
se la asimiló ancestralmente para sumirla en la pasividad. El hombre, entonces,
era el gran viento que movía y desordenaba sus ramas o la dejaba en la calma y
el sopor de esas tierras baldías, cinturón de castidad mediante, de ese lugar
no lugar que en Nahuatl se denomina Nepantla, término que utilizaron los
indígenas para caracterizar su marginación . Desconocida para el hombre, sin
voz y sin palabra, la mujer permaneció principalmente una desconocida para sí
misma. Y aquellas que quisieron indagar acerca de su existencia corporal o
conferirle un sentido a sus vidas fueron llamadas brujas y quemadas en las
hogueras o castigadas con las armas más sutiles, pero no menos eficaces, de la
censura implícita y la culpa.
Sin otro espacio que la
seducción, el amor, la dedicación a quien la hacía existir, la mujer fue algo
lejano, distinto, extraño. Y esto creó esa patología, esa erosión en la
cultura, para usar los términos de Franca Basaglia, producto de una mujer
amputada, incapaz, inadaptada.”
Para que su estilo suene, sea auténtico, una escritora
debe, antes que nada, ser mujer. Y sólo lo conseguirá a través de un autoexamen
que le permita conocer los más recónditos sectores de sus cuerpo, refiriéndose
a él sin autocensuras ni eufemismos. Deberá poder escribir sobre su sexualidad,
sobre su particular forma de vivir el amor y la maternidad, sobre sus anhelos
sus sueños, sus fantasías. Escuchemos lo que Helène Cixous nos dice al
respecto:
Un
texto femenino no puede ser más que subversivo: si se escribe, es trastornando,
volcánica, la antigua costra inmobiliaria. En incesante desplazamiento. Es
necesario que la mujer escriba porque es la invención de una escritura nueva, insurrecta lo que,
cuando llegue el momento de su liberación, le permitirá llevar a cabo las
rupturas y las transformaciones indispensables en su historia, al principio, en
dos niveles inseparables — individualmente: al escribirse, la Mujer regresará a
ese cuerpo que, como mínimo, le confiscaron; ese cuerpo que convirtieron en el
inquietante extraño del lugar, el enfermo o el muerto, y que, con tanta
frecuencia, es el mal amigo, causa y lugar de las inhibiciones. Censurar el
cuerpo es censurar, de paso, el aliento, la palabra.
Escribir, acto, que no ´solo “realizará” la
relación des-censurada de la mujer con su sexualidad, con su ser-mujer.
Devolviéndole el acceso a sus propias fuerzas, sino que le restituirá sus
bienes, sus placeres, sus órganos, sus inmensos territorios corporales cerrados
y precintados, que la liberará de la estructura supramosaica en la que siempre le
reservaban el eterno papel de culpable (culpable de todo, hiciera lo que
hiciera: culpable de tener deseos y de no tenerlos; de ser frígida, de ser
“demasiado” caliente: de no ser las dos cosas a la vez; de ser demasiado madre
y no lo suficiente; de tener hijos y de no tenerlos; de amamantarlos y de no
amamantarlos…) Escríbete: es necesario que tu cuerpo se deje oír. Caudales de
energía brotarán del inconsciente. Por fin, se pondrá de manifiesto el
inagotable imaginario femenino. Sin dólares oro ni negro, nuestra nafta
expandirá por el mundo valores no cotizados que cambiarán las reglas del juego
tradicional. “
Otro tema que ha producido y produce en la
mujer escritora una angustia difusa es la de la soledad. “En mi casa, la única abeja volando es el silencio”,
decía Rosario Castellanos. Y escribe su Jornada de la Soltera, donde evoca el
estigma que pesaba sobre las solteronas de su Comitán natal. Es un bello texto,
y creo que les gustará escucharlo:
Da
vergüenza estar sola. El día entero
arde
un rubor terrible en su mejilla,
(pero
la otra mejilla está eclipsada.)
La
soltera se afana en su quehacer de ceniza,
en
labores sin mérito y sin fruto;
y a
la hora en que los deudos se congregan
alrededor
del fuego, del relato,
se
escucha el alarido
de
una mujer que grita en un páramo inmenso
en
el que cada peña, cada tronco
carcomido
de incendios, cada rama
retorcida,
es un juez
o
es un riesgo sin misericordia.
De
noche la soltera
se
tiende en un lecho de agonía.
Brota
un sudor de angustia a humedecer las sábanas
Y
el vacío se puebla
de
diálogos y nombres inventados.
Y
la soltera aguarda, aguarda, aguarda.
Un poema en el que se narra la estremecedora
condición de la mujer soltera hasta hace no mucho tiempo. Es que la soledad ha
tenido y tiene una connotación negativa. Aún la sociedad trata de diferente
manera a la mujer que vive con un hombre que a la mujer que no lo tiene.
Sin embargo, sabemos que escribir, crear, es un oficio solitario. Los hombres lo supieron. No
olvidemos a Flaubert, encerrado, tapiado en su Croisset, luchando con el
lenguaje. No olvidemos a Proust ni a Kafka, luchando con la enfermedad para
legarnos sus obras inmortales. Por ello y a pesar de la agonía que a veces
conlleva, la mujer que escribe tratará
de preservar su soledad como un don precioso, sabiendo que aunque la hayan
educado para que su vida gire al servicio de los demás, el primer deber de un
ser humano es para consigo mismo. No queremos preconizar con esto que deba
encerrarse en la torre de marfil de un egoísmo que sólo la llevará
empobrecerse, sino que es necesario que conquiste y preserve ese espacio de
sosiego, de silencio, en donde pueda escuchar el tenue murmullo de su voz
interior y, también, donde pueda afirmarse día a día en su decisión de
escribir. Sólo así abrirá el camino a las que vengan detrás. Sólo así logrará
la libertad y plenitud de expresión que son la esencia del arte, no para
expresar únicamente el sexo, sino sobre todo la capacidad creadora. Hemos visto
ya en el siglo XX, con el acceso a la universidad, que la mujer ya no tiene que
soñar como Sor Juana con cambiar de sexo: se es Simone de Beauvoir, se es
Clarice Lispector.
Sabedora de
que la palabra es el instrumento que la hermanará con los hombres y mujeres que
como ella aman y sufren y luchan, es necesario que se les acerque con la
certeza de que sólo el amor al trabajo, el decir lo que se puede y no lo que se
debe, le abrirán el camino para forjarse esa talento y ese genio que a menudo
ve escurrirse entre sus manos. Así podrá decir, al igual que Flaubert, y ya sin
sombra de decepción: "porque el genio tal vez no sea otra cosa que el
conocimiento exacto de nuestra propia fuerza".
Me gustaría terminar con unas palabras de la escritora
mexicana: Helena Poniatowska:
Las
mujeres escritoras dieron su vida en una proporción mucho mayor que la de los
escritores. Y no es que fueran desequilibradas, vivían en una sociedad desequilibrada,
hostigadora, hostil a la mujer. Temían incluso declarar que escribir era su oficio como si este
aniquilara su capacidad de ser mujer y las convirtiera automáticamente en alguna clase de
esperpento. Natalia Ginzburg, la escritora italiana alguna vez declaró: "No estoy analizando si
soy buena o mala escritora, lo único que afirmo es que ése es mi oficio."
Cuando las mujeres se den cuenta de que una mujer es un ser extraordinario, lleno de
gracia y de armonía, como un árbol, una ola de mar, entonces escribirán. Cuando sepan que una
mujer lleva a todo el universo en su seno, el sol, el cielo, los campos y las ciudades, cuando
acepten que tienen dentro de sí algo maravilloso y estén dispuestas a decirlo, a gritarlo,
entonces abrirán las compuertas, nos darán su intimidad con la tierra, consigo mismas, sin
tapujos, sin hipocresía; no temerán perder el hombre, puesto que se habrán ganado a sí mismas
y si la sociedad las rechaza es que ellas se habrán rechazado primero; entonces fluirá el agua
que aún no fluye, no sólo el líquido amniótico que hace vivir al feto sino toda esa agua que
proviene de fuentes desconocidas, insospechadas, la catarata se nos vendrá encima con toda su
violencia, todo lo que las mujeres han guardado dentro de sí durante siglos de represión y
también, por qué no decirlo, de indolencia.
escritores. Y no es que fueran desequilibradas, vivían en una sociedad desequilibrada,
hostigadora, hostil a la mujer. Temían incluso declarar que escribir era su oficio como si este
aniquilara su capacidad de ser mujer y las convirtiera automáticamente en alguna clase de
esperpento. Natalia Ginzburg, la escritora italiana alguna vez declaró: "No estoy analizando si
soy buena o mala escritora, lo único que afirmo es que ése es mi oficio."
Cuando las mujeres se den cuenta de que una mujer es un ser extraordinario, lleno de
gracia y de armonía, como un árbol, una ola de mar, entonces escribirán. Cuando sepan que una
mujer lleva a todo el universo en su seno, el sol, el cielo, los campos y las ciudades, cuando
acepten que tienen dentro de sí algo maravilloso y estén dispuestas a decirlo, a gritarlo,
entonces abrirán las compuertas, nos darán su intimidad con la tierra, consigo mismas, sin
tapujos, sin hipocresía; no temerán perder el hombre, puesto que se habrán ganado a sí mismas
y si la sociedad las rechaza es que ellas se habrán rechazado primero; entonces fluirá el agua
que aún no fluye, no sólo el líquido amniótico que hace vivir al feto sino toda esa agua que
proviene de fuentes desconocidas, insospechadas, la catarata se nos vendrá encima con toda su
violencia, todo lo que las mujeres han guardado dentro de sí durante siglos de represión y
también, por qué no decirlo, de indolencia.
sábado, 26 de septiembre de 2015
El engaño- Alfonsina Storni
El engaño
[Poema: Texto completo.]
Alfonsina Storni
[Poema: Texto completo.]
Alfonsina Storni
Soy tuya, Dios lo sabe por qué, ya que comprendo
que habrás de abandonarme, fríamente, mañana,
y que bajo el encanto de mis ojos, te gana
otro encanto el deseo, pero no me defiendo.
que habrás de abandonarme, fríamente, mañana,
y que bajo el encanto de mis ojos, te gana
otro encanto el deseo, pero no me defiendo.
Espero que esto un día cualquiera se concluya,
pues intuyo, al instante, lo que piensas o quieres.
Con voz indiferente te hablo de otras mujeres
y hasta ensayo el elogio de alguna que fue tuya.
pues intuyo, al instante, lo que piensas o quieres.
Con voz indiferente te hablo de otras mujeres
y hasta ensayo el elogio de alguna que fue tuya.
Pero tú sabes menos que yo, y algo orgulloso
de que te pertenezca, en tu juego engañoso
persistes, con un aire de actor del papel dueño.
de que te pertenezca, en tu juego engañoso
persistes, con un aire de actor del papel dueño.
miércoles, 6 de agosto de 2014
A cuarenta años de la muerte de Rosario Castellanos- Paulina Movsichoff
ROSARIO CASTELLANOS
México dio a
las letras de América una primera mujer llamada Juana de Asbaje, más conocida
como Juana Inés de la Cruz. Sor Juana vivió en el siglo diecisiete y su figura
es ya un mito en la historia de la literatura castellana. En el siglo veinte
fue otra mujer la que se convirtió en leyenda y su vida y su obra han sido
materia de incontables estudios. Esta mujer se llamó Rosario Castellanos. Luego
del accidente que le costó la vida cuando ejercía el cargo de Embajadora de su
país en Israel — se electrocutó al
enchufar una lámpara — fue,
"institucionalizada en lo setentas como una segunda Virgen de Guadalupe,
adulada, condecorada y reconocida por los grupos de poder, fue una figura bien
ajena a los que pretendían beatificarla. Fue, ante todo una mujer de letras,
vio claramente su vocación de escritora y ejerció siempre el oficio de
escribir. Amó esencialmente la literatura, la estudió, la divulgó. Fue un ser
concreto ante una tarea concreta: la escritura, y desde un principio se
comprometió con ella. Lo demás, puestos, homenajes, condecoraciones, vinieron
por añadidura, dice de ella Elena Poniatowska.
Si bien Rosario Castellanos nació en la
ciudad de México en 1925, fue llevada a los pocos meses a Comitán, Estado de
Chiapas, un pueblito cercano a la frontera de México, la tierra de sus mayores.
Allí realizó sus primeros estudios. Comitán es un pueblo de la frontera de
México con Guatemala, en el que predomina el elemento indígena maya, la rama
lingüística tzeltal. Esta lengua, llamada "lengua verdadera" por los
propios indígenas que la hablan, se escucha corrientemente en diez de los once
municipios en que el estado se divide. Su familia era criolla, y dueña de
extensos latifundios. Por parte de su padre recibe una tradición liberal, no
así por el lado de su madre, que era profundamente católica. Además de Comitán,
su infancia transcurre en una de las fincas de su padre llamada "El
Rosario" que, en su novela Balún-Canán,
se llama "Chactajal". Los acontecimientos más importantes de su niñez
fueron la muerte de su hermano menor, en circunstancias semejantes a las que se
narran en Balún-Canán y la reforma
agraria, que inició el gobierno de Lázaro Cárdenas. Su padre pertenece a la
estirpe de los que salen a visitar sus tierras y van sembrando hijos en sus
distintas haciendas. Además de hacendado, César era una autoridad política en
Comitán. Su hija lo ve lejano, incomprensible. De su madre, en cambio, no nos da más imágenes. En Comitán
las mujeres a las que pertenecía Adriana eran seres débiles, sujetos a la
voluntad del hombre. Rosario también vivió ese sometimiento y dentro de ese
ámbito transcurrió su infancia.
De niña Rosario se describe a sí misma como un
criatura solitaria y culpable sin más compañía que la de su nana chamula, quien
le enseña a comer, a hablar, a coser. Una sombra se cierne sobre ella luego de
la muerte de su hermano, a quien, confesó después, deseó secretamente la
muerte, por el trato preferencial que sus padres le daban por el hecho de ser
varón.
Si sus padres fueron amos, Rosario rehúsa las
pocas tierras que le quedan después de la reforma agraria. Comparte su herencia
con un medio hermano al que ella no le interesa en lo más mínimo.
Siempre se sintió chiapaneca a pesar de haber
nacido en el DF.
La reforma
agraria de Lázaro Cárdenas obligó a su
padre a desmembrar y repartir sus posesiones y a emigrar a la ciudad de México.
De aquella época, Rosario Castellanos dirá más tarde: "el hecho de que su
familia careciera de un heredero varón y la peculiar experiencia de mi madre respecto al matrimonio la inclinó a
educarme para otro destino que no es habitual a las mujeres latinoamericanas.
No se me preparó para ser esposa, madre, ama de de casa".
A los dieciséis años, pues, regresa a la
Capital y en 1950 obtiene el grado de Maestra en Filosofía en la Universidad
Autónoma de México. Estuvo en Madrid algunos años, en donde realizó cursos de
posgrado. De vuelta en México la absorben varias ocupaciones: Promotora de Cultura
en el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas (1956-1957), redactora de textos
escolares en el Instituto nacional Indigenista de México (1961-1966). Ejerció
con gran éxito el magisterio, tanto en México (en la Facultad de Filosofía y
Letras de la UNAM: 1963-1971) como en el extranjero. En los Estados Unidos fue
invitada por las universidades de Wisconsin y Bloomington (1966-1967) y enseña
asimismo en la Universidad Hebrea de Jerusalén, desde su nombramiento como
Embajadora de México en Israel (1971) hasta su muerte).
Fue también
periodista, colaboró con cuentos, ensayos, poemas, crítica literaria y
artículos de diversa índole en diarios y revistas especializados.
Rosario
Castellanos se dio a conocer al mundo de las letras primero como poeta con su libro
Trayectoria del polvo (1948), al que
siguieron varios libros de poemas, que más adelante reunió en Poesía no eres tú (1972). Como narradora
consciente de su nexo ancestral con la tierra, las fuerzas primitivas y la
herencia indígena, publicó la ya nombrada Balún-Canán
(1957), su primera novela, Ciudad
real (1960), su primer libro de cuentos y Oficio de tinieblas, novela que obtuvo el “Premio Sor Juana Inés de
la Cruz” en 1962. En su segundo libro de relatos, Los convidados de agosto (1964), profundiza en la psicología de la
"gente decente", aletargada, llena de prejuicios y de soberbia. Su
tercer libro de relatos, Álbum de familia
(1971), presenta a la mujer en el contexto urbano. Allí utiliza el humor como
medio eficaz para profundizar en esa realidad y ofrece otras alternativas: la
mujer frívola, la mujer abnegada, la que ha hecho carrera, la artista. A
Rosario le interesó, tanto en su poesía como en su prosa, la condición de los
desheredados, de los marginados y, entre ellos, la condición de la mujer. Se
puede seguir su propia trayectoria desde sus primeros poemas hasta sus últimos
libros: Mujer que sabe latín (1973) y
El mar y sus pescaditos, (1970)
ensayos en donde destaca el problema de la educación y el porvenir de la mujer
en México. Una de las grandes cualidades de esta escritora fue la de
enfrentarse a la realidad y, desde allí, hacer un llamado a todas las mujeres
para que aprendan a hacer lo mismo. Para Rosario la mujer "posee una
potencialidad de energía para el trabajo con la que cuentan ya los sociólogos
que saben lo que se traen entre manos y que planifican nuestro desarrollo. Y a
quienes, naturalmente, no podemos hacer quedar mal".
La trayectoria
de Rosario Castellanos no debe hacernos olvidar a la mujer que se encuentra
detrás de su prestigiosa figura. Si bien su vida estuvo consagrada a la
escritura, Rosario fue una mujer comprometida con lo social. "identifica
su vivencias personales con experiencias generales de la condición de mujer a través de la
historia y entiende que el papel sexual es significativo tanto política como
culturalmente.
Toda su obra
trata de desenmascarar los patrones de dominación-sumisión, especialmente entre
hombres y mujeres y blancos e indios.
El 14 de
febrero de 1971, Rosario pronuncia un
discurso en el Museo Nacional de Antropología e Historia. Allí habla de la
opresión de la mujer con respecto al hombre, declara que no es justo ni
equitativo que el hombre pueda educarse y la mujer no. Por primera vez, a nivel nacional, Rosario denuncia esta injusticia. De la mujer dice que no es justo sólo cumpla una labor
que no amerita remuneración, el trabajo doméstico; que uno sea dueño de su
cuerpo y disponga de él como se le da la real gana mientras que el otro reserva
ese cuerpo no para sus propios fines sino para que en él se cumplan procesos
ajenos a su voluntad. Este grito de Rosario - porque grito fue - tuvo una
amplia resonancia — dice Elena Poniatowska. Nadie hasta entonces, ninguna
señora diputada, ninguna senadora se había ocupado realmente de la condición
femenina...hasta 1971, las mujeres en el poder eran asimiladas a él, su voz no
se aislaba en unidad del coro por temor a perderla, las mujeres adaptaban el
patrón de los hombres y triunfaba "el hombre" que había en ellas.
Rosario, ya dentro del engranaje oficial, gritó y lo hizo airadamente".
Si bien Rosario utiliza elementos de su vida
para la realización de su obra, es en su poesía donde la vemos desnudar
enteramente su alma, con sus dolores y la lucidez de comprender que es doblemente marginada, como mujer y también
como escritora. "El mundo que para mí está cerrado contiene un
nombre: se llama cultura. Sus habitantes son todos del sexo masculino",
dice.
Siguiendo a Elena Poniatowska,
quien la estudió en profundidad, poemos decir que "A ella debemos
agradecerle el haber acercardo a muchos a la literatura al hacerla más
familiar, más doméstica, más wash an wear. Facilitó su trato al burlarse de sí
misma en holocausto, presentó su conflicto para convertirlo en el de todos.
Provocó sentimientos de verdadero cariño al hablar de sí misma lúcida y
abiertamente y al lavar en público sus trapos sucios. La ropa sucia se lava en
casa. Rosario la lavó a la vista de miles de lectores e hizo que muchos se
identificaran con ella.
Se identificó con todas y cada una de las
situaciones de opresión de la mujer. Se quejó del pobre papel que se le
atribuía como mujer casada: "Se me atribuyen las responsabilidades y
tareas de una criada para todo. He de mantener la casa limpia, la ropa lista,
el ritmo de alimentación infalible. Pero no se me paga ningún sueldo, no se me
permite cambiar de amo".
En otro de sus poemas, Jornada de la soltera, analiza con perspicacia la condición social
en que es colocada la mujer que no pudo acceder al matrimonio: "Y el vacío
se puebla / de diálogos y nombres inventados./ Y la soltera aguarda, aguarda,
aguarda".
Para todos sus personajes la feminidad es
algo difícil de soportar. Lo expresa en Testamento de Hécuba: "Alguien
asiste a mi agonía. Me hace/ beber a sorbos una docilidad difícil".
Lo afirma también en Salomé: "...Mis
hermanas/tienen su propio infierno. / y fui educada para obedecer/ y sufrir en
silencio".
Su compromiso
con los desposeídos es también palpable en su novela Oficio de tinieblas. El
personaje principal de la novela es Catalina Díaz Puiljá, indígena chamula de
oficio tejedora y esposa de Pedro González Winiktón, juez de la comunidad. La
protagonista soporta una triple marginación, ya que a su condición de india se
suma la de mujer, y de mujer estéril. Esto último, en una sociedad que responde a las pautas patriarcales constituye
una maldición, a la vez que una transgresión inadmisible, que las mismas
mujeres sienten como amenaza. Pero escuchemos a la autora:
"Catalina Díaz Puiljá, apenas de veinte años pero ya
reseca y agostada, fue entregada por sus padres, desde la niñez, a Pedro. Los
primeros tiempos fueron felices. La falta de descendencia fue vista como un
hecho natural. Pero después, cuando las compañeras con las que hilaba Catalina,
con las que acarreaba el agua y la leña, empezaron a asentar el pie más
pesadamente sobre la tierra (porque pesaban por ellas y por el que había de
venir), cuando sus ojos se apaciguaron y su vientre se henchió como una troje
secreta, entonces Catalina palpó sus caderas baldías, maldijo la ligereza de su
paso y, volviéndose repentinamente para
mirar tras sí, encontró que su paso no había dejado huella y se angustió
pensando que así pasaría su nombre sobre la memoria de su pueblo y desde
entonces ya no pudo sosegar. "
Pero Catalina se rebela contra su destino
convierténdose en una ilol, en una
sacerdotisa y la que conduce a su pueblo a una rebelión contra el blanco que
acaba con la destrucción de los insurrectos.
Su
identificación con la mujer, ya sea campesina, burguesa, indígena, es total. Y
esto la lleva a buscar ese "Otro modo de ser", que expresa en aquella
ya legendaria Meditación en el umbral:
No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy
ni apurar el arsénico de Madame Bovariy
ni aguardar en los páramos de Ávila la vista
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.
Ni concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegaban las vistas,
en la sala de estar de la familia Austen
ni encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson,
debajo de una almohada de soltera.
Debe haber otro modo...
Otro modo de ser humano y libre
Otro modo de ser.
Tanto la
obra como la vida de Rosario Castellanos, siguen vigentes no sólo para la mujer
del siglo XXI, sino también para la literatura latinoamericana, de la cual es
una exponente que no podemos soslayar. Por su obra obtuvo los premios Xavier
Villaurrutia, Sor Juana Inés de la Cruz y Carlos Trouyet. A cuarenta años de su
muerte, ocurrida, como ya se dijo, en Tel Aviv cuando era embajadora de su país en Israel y al
enchufar una lámpara, no es posible olvidar aquellas palabras suyas que dan
cuenta de una marginalidad que no sólo
la afectó como mujer sino también como escritora, palabras que muchas de
nosotrasalguna vez podemos haber hecho nuestras: “Escribo porque yo, un día,
adolescente / me incliné ante un espejo y no había nadie”.
domingo, 22 de diciembre de 2013
Visiones del relámpago- Elizabeth Azcona Cranwell
Pierdo
todos los días un nombre en mi jardín,
¿qué
hay del llamado de los muertos?
La
amazona del arco-iris y muerte se hundió de amor en el lago sombrío.
Cada
noche sin luna, su caballo remonta una viudez de estrellas
Cántate:
Es
mejor que rezarle a un roble enmascarado
A un
vacío con hechura de cruz entre el cielo y la tierra.
¿Nadie
nombra al amor cuando el saurio feroz de la inocencia
Vuelve
a la orilla enloquecido de humildad y de sed?
No
es tan fácil llorar.
Hay
una luz irremediable dentro del sol y el vino.
sábado, 14 de diciembre de 2013
LA EDAD NECESARIA. María del Carmen Colombo
II
La locura de la palabra es el lenguaje
que advierto en mi voz
Ella habla la fantasía del silencio
cuando no estoy dormida
y se alimenta de la salida misteriosa
de mis manos por su vestido
Gesticula mi verdadera muerte
en esta soledad y te llama
para que no me dejes
III
La loca se hace mi cuerpo y echa las velas
púrpuras sobre el lazo de seda
Alguien duerme
cuando el otoño es una mejilla húmeda y el
viento tu canción
La muerte siempre amanece en primer lugar
IV
En qué rueca la voz arma su tejido para que la
expulsada sea una llama de leche
una novia con ojos de arena saliendo
de su llave
En qué mundo los dijes empiezan a sonar tocando
melodías sobre el sueño de un músculo
En qué lugar la arcilla se transforma en espacio
donde el grito ha dejado su plumaje de cóndor
En qué jardín entierro los silencios, en qué
cielo levanto las palabras
Desde dónde te llamo.
V
Yo no digo que vengas
Digo que me lleves por un lado del corazón
adonde tu jardín murmura la bruma tabacal
Abril es hoy y toso en el viejo vestido amatorio
de las estaciones
como una hembra en desuso. Y caigo a veces de
este cuerpo
porque me pesa en sangre el hervor del deseo
Por eso dejo mi nombre me en esta carta
para que me rescates de los sueños perdidos.
XII
Donde el silencio llega como lengua de piedra
caídas precipicios guardo
también la soga que ha colgado mi corazón
en medio de la calle
Desnudo este pañuelo cubriendo mi ceguera
así lo guardo
y a despecho del dolor el viento eriza
la palabra perdida la palabra gastada
la palabra
La locura de la palabra es el lenguaje
que advierto en mi voz
Ella habla la fantasía del silencio
cuando no estoy dormida
y se alimenta de la salida misteriosa
de mis manos por su vestido
Gesticula mi verdadera muerte
en esta soledad y te llama
para que no me dejes
III
La loca se hace mi cuerpo y echa las velas
púrpuras sobre el lazo de seda
Alguien duerme
cuando el otoño es una mejilla húmeda y el
viento tu canción
La muerte siempre amanece en primer lugar
IV
En qué rueca la voz arma su tejido para que la
expulsada sea una llama de leche
una novia con ojos de arena saliendo
de su llave
En qué mundo los dijes empiezan a sonar tocando
melodías sobre el sueño de un músculo
En qué lugar la arcilla se transforma en espacio
donde el grito ha dejado su plumaje de cóndor
En qué jardín entierro los silencios, en qué
cielo levanto las palabras
Desde dónde te llamo.
V
Yo no digo que vengas
Digo que me lleves por un lado del corazón
adonde tu jardín murmura la bruma tabacal
Abril es hoy y toso en el viejo vestido amatorio
de las estaciones
como una hembra en desuso. Y caigo a veces de
este cuerpo
porque me pesa en sangre el hervor del deseo
Por eso dejo mi nombre me en esta carta
para que me rescates de los sueños perdidos.
XII
Donde el silencio llega como lengua de piedra
caídas precipicios guardo
también la soga que ha colgado mi corazón
en medio de la calle
Desnudo este pañuelo cubriendo mi ceguera
así lo guardo
y a despecho del dolor el viento eriza
la palabra perdida la palabra gastada
la palabra
FINAL DE CUENTAS de Simone de Beauvoir- Paulina Movsichoff
“Desde
mi infancia hasta mi madurez, mi vida fue una aventura, de descubrimiento en
descubrimiento”. Esta frase, de una de las primeras páginas de Final de cuentas nos da exactamente el
tono que trasciende de la obra. El lector se embarca con la autora en la vida
de ésta, contagiado por su mismo espíritu de aventura. Es por eso que la
lectura nos resulta tan atrapante. La impresión que a lo largo de sus páginas
nos vamos formando es la de una libertad, asumida con todos sus riesgos: “Me arranqué
a la seguridad de la certidumbre por amor a la verdad y la verdad me recompensó”.
También dice: “Nunca fui pasiva, le exigía a la vida”.
La obra
continúa la línea autobiográfica de Recuerdos,
Memorias de una joven formal, La plenitud
de la vida, y La fuerza de las cosas. Final de cuentas es un balance, un detenerse
ya casi al final del camino no sólo para recordar los hechos más salientes del
último tramo, sin para extraer su significado en el contexto total.
A pesar de que Beauvoir confiesa: “Ya no
tengo la impresión de un ir hacia un fin; sólo la de deslizarme ineluctablemente
hacia la tumba” no es la impresión de una vida acabada la que tenemos al
leerla. Su interés por las cosas y su afán de comprender la realidad se
conservan intactos. Y, a través de sus ojos, vamos encontrándonos con nuestro
tiempo, tan lleno de complejidades, pero no por ello menos fascinante. Asistimos
a sus relaciones con la política, la literatura, el arte. Viajamos con ella a
lo largo de países y ciudades, nos despierta una viva atracción por sus
amistades, comprobando su inagotable interés por las personas y su capacidad de
comprensión. Participamos en sus luchas, en su posición en el feminismo, en su
denuncia de todas las injusticias y opresiones.
Vemos desde su interior episodios que nos
conmovieron a través de diarios y noticiosos, como la rebelión estudiantil de
mayo de 1968 en Francia, la guerra de Vietnam, la Guerra de los Seis Días.
Podemos decir que a través de sus páginas asistimos a un fresco de los últimos años
y, compartamos o no la opinión de la autora acerca de ellos, nos contagia su
avidez de ver, de comprender, de saber.
Un optimismo vital se desprende del libro,
optimismo que está dado a través de la certeza de que la vida es buena a pesar
de sus dolores y sus miserias, mientras se tenga una dirección y mientras sepamos
encontrar, como ella, la oculta cara de novedad que tienen los sucesos
cotidianos. Editorial Sudamericana publicó
Final de cuentas de Simone de Beauvoir.
Comentario publicado el 23 de marzo de 1973, para
la audición BIBLIOTECA DE RADIO NACIONAL
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





