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sábado, 7 de noviembre de 2009

Autocensura y otra escritura- Mada Bogin


Autocensura y otra escritura- Magda Bogin


Empiezo esta ponencia en un estado de confusión: ¿escribirla en inglés y traducirla al español, o viceversa? Una confusión a la vez emblemática del tema que me he propuesto, o sea “Autocensura y otra escritura”.
Empezaré en español, lo cual me ayude quizás a encadenar mis ideas de una manera más accesible a mis hermanas escritoras de América Latina.
Para aclarar los términos del tema de hoy, quiero decir que no he conocido ni la represión ni la censura. Nací judía, en la segura ciudad de Nueva York, cinco años después de terminar la Segunda Guerra Mundial. Nací en una familia intelectual, de izquierda, y la vida que hasta ahora he vivido allá en el “vientre del monstruo”, ha sido un privilegio inmenso – inconcebible al lado de la vida de mujeres que todavía no saben ni leer ni escribir, que sólo conocen días de hambre y miseria. Inconcebible a veces para mí misma. Además del bienestar material, crecí en un mundo rica de ideas y cultura, y de grandes aspiraciones para la humanidad. Me tocó llegar a la vida adulta en los años formativos del movimiento feminista, coincidencia definitiva para mi carácter, mi identidad, mi desarrollo político y cultural. ¿La autocensura, qué tiene que ver con todo esto? Tiene que ver porque a pesar de tanto estímulo, en medio de tantas mujeres admirables – una verdadera tribu de role models – dejé de escribir, o sea que dejé la cosa que me era más importante, el declarado centro de mi vida.
No hablaría de esta crisis personal – que ya, para anticiparles el fin feliz del centro, se ha resuelto – si no me pareciera sintomática de un problema muy grave que a aflige a muchas mujeres que deberían, por uno u otro pequeño giro de la rueda de la fortuna- o sea por su clase, su raza y su educación – ser las beneficiarias del feminismo tal como generalmente se lo concibe.
No hablaré, entonces, porque ya es otro terreno, de los obstáculos externos al pleno desarrollo de los talentos de la mujer – la guerra, el hambre, la esclavitud de la gravidez – sino de los impedimentos que pueden presentarse en la ausencia de aquéllos.

Empiezo con una pregunta: ¿Es lo mismo que cuando se “bloquea” una mujer que escribe que cuando se bloquea un hombre? ¿La famosa angustia del escritor? Así creía yo cuando a mí me sucedió, pero ya no. Nuestras historias son distintas, y por consiguiente las leyes que nos gobiernan también son distintas.
Si la censura es producto de la represión, la autocensura es producto de la opresión. La autocensura dice: lo que yo pienso no tiene valor, no acierta, no sé nada en definitiva porque mi experiencia es parcial, marginal, de mujer. La autocensura dice: si voy a escribir, quiero tratar los grandes temas, hablar con voz gigantesca, whitmanesca (o nerudiana), a medida continental. La autocensura dice: no quiero, por mujer, ser condenada a hablar de detalles domésticos, de espacios diminutos, de triunfos limitados.
Yo ya había escrito un libro sobre las mujeres trovadoras; ya había escrito decenas de poemas. Pero con el desarrollo de mi conciencia feminista empecé un duro interrogatorio sobre mí misma. ¿Para quién escribo? Para las demás mujeres. Pero no conozco sus vidas: por mi educación, por mis orígenes, por mi vida errante, no soy lo suficientemente típica. Sobre todo, no quiero reflejarles la idea de su opresión. Hay que ir más allá, ser fuerte, libre, inspiradora. Pero tampoco quiero caer en errores estratégicos. ¿Cuáles son los temas esenciales? ¿Qué dirán de mí las compañeras feministas si mi poesía no transmite la línea del momento?
Terminé por decidir que toda lucha personal era sumamente burguesa, sumamente ridícula (mi preocupación por el estilo, la temática, la voz artística) que era una pura indulgencia, un pasatiempo, y que a lo mejor tenía razón mi padre, poeta deprimido, que decía que cuando uno es genio lo sabe y que si no lo sabe, no lo es. Y de no ser genio, pues claro, no se podía hacer más que escribir cosas muy menores, muy mediocres. Con qué derecho, acabé por preguntarme en silencio, con qué locura me atrevía a creer que podía, sin ser genio, romper las barreras que a casi todas las demás mujeres las habían encerrado en el silencio? Luego me consolé: en efecto, eso de querer escribir había sido muy osado, era otra suerte de elitismo, un querer diferenciarme de las masas femeninas. Lo cual, políticamente, era indefendible. Así caí en la trampa.
La que se calla ante la larga fila de mujeres calladas ya no necesita opresor: lo lleva dentro, porque ha interiorizado la ley del silencio.

En realidad, nunca dejé de escribir: simplemente dejé de escribir lo mío. Seguía con mi trabajo de creación literaria, el que me permitía (aunque no era muy consciente de ello) seguir desarrollando la técnica y el manejo de mi lengua. Traduje novelas, ensayos y poesía. Últimamente por necesidad económica, he escrito un libro sobre el dolor físico – que diz que no contaba, porque no era literario-. Pero de modo curioso, cuando trabajaba en ese proyecto, durante más de dos años, dos figuras femeninas desfilaban por mi mente. Una es la mujer de Lot, quien según el libro de Génesis que muchas de ustedes recordarán, fue convertida en estatua de sal como castigo por haber vuelto la cabeza hacia su casa cuando los familiares de Lot huían de la destrucción de Sodoma y Gomorra. Para la historia es una traidora a su pueblo y mujer débil. La otra es La Malinche, brillante mexicana de la época de la Conquista, princesa al nacer y esclava al crecer, a quien por su dominio del maya y Nahual, y más tarde, del español, le fue concedido el alucinante papel de consorte e intérprete de Hernán Cortés. Para la historia es una traidora a su pueblo y una mujer débil.

¿Qué importancia y qué relación tienen estas dos figuras? Son dos amenazas opuestas, dos advertencias.
Me acuerdo que de todos los personajes bíblicos, la que de niña más me impresionó fue la mujer de Lot. ¿Quién era? No lleva otro nombre que el que indica su posición relativa a su marido. ¿Por qué la habían castigado tan duramente por un gesto tan natural? Yo de seguro hubiera hecho igual, hubiera vuelto la cabeza. ¿Por qué no podía echar una mirada hacia su pueblo, su pasado? Ahora que de nuevo se ha instalado en mi conciencia, comprendo con qué fuerza se nos graban los tabús cuando somos niñas. En el territorio simbólico en el cual se desarrolla la destrucción de Sodoma y Gomorra, la mujer de Lot se atrevió a desobedecer la ley patriarcal volviendo la mirada hacia atrás, hacia su casa, hacia el pecado, hacia sus dos hijas vírgenes regaladas a la multitud feroz por su marido, antes de partir. A la mujer de Lot la castigaron por ese momento en que vaciló entre dos mundos, por haber arriesgado un gesto independiente, un querer vincularse con sus profundas raíces de mujer, congelándola en símbolo de la fuerza impotente: la sal, pero qué dura.
En cuanto a la Malinche, es un mensaje igualmente aterrador el que nos trasmite la historia. Tampoco de ella, aunque vivó mucho más en nuestro tiempo, se sabe quién fue ni cómo fue. Lo que se cuenta de ella son puras leyendas, en las que aparece embellecida o desprestigiada, según la quieran ver los historiadores. Pero estas leyendas son precisamente las que me interesan, porque en ellas vemos claramente el peso de nuestra herencia. Lo único que de ella se puede aseverar con un mínimo de seguridad es que debió ser muy lista, muy inteligente. Que traicionar a su pueblo es mucho menos verificable. Debemos recordar que la Malinche no se vendió. Fue vendida. El odio en que quedó envuelta congeló sus talentos para siempre en símbolo de lo que sucede cuando la mujer se acerca a la palabra, a la soltura, al poder.
Gracias a las vistas de estas dos figura claves, figura madres, he podido salir de la autocensura con una visón distinta de lo que podría significar ser escritor-a. Conocer nuestro pasado, medir nuestra opresión, emprender la arqueología de nuestra historia, no es forzosamente un reciclar nuestras limitaciones. Al contrario: creo que si vamos a salir todas (y no sólo unas cuántas) del terror y del silencio, si la sal en que se han congelado nuestra lágrimas y nuestras voces se van a convertir en la sal de la tierra, en fuerza, es hora de poder imaginar una lúcida utilización de nuestra especificidad y de nuestros dones personales: con el fin de no entregarlos, no entregarnos, al poder patriarcal. Me refiero a la necesidad de crear cuentos, novelas, ensayos, obras de teatro, y poesía que nos permitan correr todos los riesgos que la sociedad no quiere que corramos. Que nos permitan exagerar, dudar, bromear, hablar de todo tipo de relación sexual, preguntar e investigar – o sea que nos permitan a la vez experimentar y resistir: hacer resistencia.
No quiero que nadie me diga de qué debo escribir ni tampoco quiero hacerles prescripciones a los demás. Esto sería autocensura en masa. Pero de una cosa estoy segura. Que nuestras guerras anteriores, nuestra búsqueda del ser auténtico, son exactamente tan grandes, tan importantes y tan universales como las guerras y los viajes y las conquistas que cuentan los hombres; las odiseas del mundo femenino, exactamente tan heroicas como la de Ulises; y llegar a una madurez de mujer exactamente tan impresionante y merecedora de lectoras (lectores) como la llegada a la madurez de hombres de los protagonistas de los clásicos escritos por hombres. Nuestra experiencia es una fuente inagotable de ideas y de fuerzas. Y nuestro pasado hay que cultivarlo, no para erigir monumentos a la nostalgia (que en estos momentos está tan de moda), sino para aportar a nuestras lectoras otra alternativa distinta a la de entregarse, es decir a integrarse, a la sociedad como actualmente existe.

Puede ser que tengamos que ir a tanteos, titubeantes; puede ser que durante un determinado momento histórico seamos incapaces de hacer frases muy declarativas, seguras, firmes. Si es así, tomar la pluma (o acercar nuestras yemas al teclado) podrá parecer a veces un lujo enorme. Y lo será, pero en el mejor sentido de la palabra, un lujo y un privilegio que nos tenemos, y debemos otorgar a cuantas mujeres se pueda, porque mucho depende de nosotras. Solamente cuando las mujeres se tomen el derecho de hablar, empezará la etapa del ser humano (y con este término genérico pretende incluir a los hombres).
¿Por qué será la etapa más revolucionaria? Porque la llamada “cuestión de la mujer” no es solamente cuestión de mujer. El machismo, más recientemente denominado sexismo, no es, como muchos hombres lo presentan, una inocua actitud cultural, o sea un ofensivo pero a fin de cuentas bien intencionado interés en las que pertenecemos al sexo femenino). No: el machismo, que ha hecho prueba de resistir a todos los triunfos revolucionarios de nuestro siglo, es el último refugio del imperialismo, o sea del impulso de dominar. Y esto nadie lo sabe mejor que las mujeres.
Por eso en la lucha por un mundo “bien diferente” no debemos – sobre todo las que ya tenemos acceso a la prensa, a las casas editoriales – aceptar el viejo refrán de que eso de la “cuestión del mujer” está bien pero que hay otras prioridades. Crear jerarquías de prioridades es caer en otra trampa. De nuestra experiencia de vida y cotidiana las mujeres podemos sacar al menos este pedacito de verdad: que todo está unido, y que el ser humano es bien complejo y bien capaz de pensar en varias tramas simultáneamente. Es en este sentido que se sitúa la consigna feminista de los años 70 en los Estados Unidos; “The personal is political”. Todo parte de allí.

En conclusión, quiero decir que a nuestras hermanas en los distintos países del mundo, les tocan realidades nacionales y cotidianas a veces muy duras y a veces muy distintas de la nuestra. Lo que en un país sería un paso atrás, en otro puede ser en ocasiones un paso adelante.
Pero sea como fuere nuestro destino nacional, espero que como escritoras de las Américas podamos forjar una solidaridad hemisférica al no callarnos, sea cual fuere el costo y mientras luchemos contra el imperialismo sino también contra toda persona y toda situación que a las mujeres nos impida desarrollarnos plenamente en todos los campos.


Magda Bogin es poeta y reside en Nueva York. Autora de Las mujeres trovadoras



Revista Fem- México 1982

jueves, 29 de octubre de 2009

Mujer y palabra

¿Por qué escribimos las mujeres? Antiguamente la literatura como oficio, como un hacer, era el coto cerrado de los hombres. Fueron pocas las mujeres que se aventuraron en ese territorio donde el hombre creaba mundos imaginarios, narraba sus aventuras por mares desconocidos, denunciaba la realidad y trataba de modificarla (de hecho a veces lo conseguía) por medio de la pluma. Era él quien se adentraba en la intimidad, no sólo suya sino también del sexo opuesto, hablaba de la maternidad y de amor, describía el mundo y, dentro de éste, el mundo femenino con una genialidad indiscutible pero no por ello menos parcial. Acostumbradas a vernos retratadas, pintadas por aquellas plumas maestras, las mujeres permanecíamos mudas, pensando tal vez que todo estaba dicho, que el retrato y la modelo eran una sola y misma cosa. A la mujer se le había reservado el silencio, la aceptación, el tejer y destejer el hilo de su hastío en un universo en el cual no podía optar sino por encontrar a su príncipe azul y encerrarse en la jaula de oro del ámbito doméstico. Las pocas que se atrevieron a transgredir este mandato fueron consideradas brujas o hechiceras, mujeres masculinas, objeto de la burla de sus contemporáneos.
La mujer escritora puede, actualmente, ejercer su vocación sin tantas dificultades, pero le sigue siendo más arduo que al hombre llegar a ser una buena artista, y esto por una razón sencilla: le es más difícil llegar a ser una persona completa. Los factores que concurren a ello son múltiples y complejos. En primer lugar, su libertad se encuentra considerablemente coartada, lo cual afecta su profesionalidad, ya que carecerá de las necesarias experiencias que enriquecen a toda obra de arte. Esta visión empequeñecida del mundo se refleja en los famosos versos de Emily Dickinson.

"Jamás he visto un páramo
y no conozco el mar"


Al haber mantenido a la mujer marginada de los mecanismos del poder político y económico, se le ha mutilado también una extensa franja de la realidad. Por otro lado, su misión de esposa y de madre la convierten también casi siempre en un ser dependiente, debiendo luchar de manera casi titánica si quiere acceder a un nivel de autosuficiencia económica y a una búsqueda de su identidad. Esta falta de libertad exterior incide, a su vez, en su libertad interior. A las trabas y tabúes que la sociedad le impone, se suman las que a menudo ella se impone a sí misma. Una mujer de éxito en su profesión deberá afrontar un sentimiento de recelo y hasta de suspicacia por parte del sector masculino (se sabe hasta qué punto el común de los hombres desconfía de la "femineidad" de este tipo de mujeres) además de tortuosos conflictos interiores en donde la culpa adquiere un papel preponderante.
Cuando, luego de trabajar todo el día, la mujer se encuentra con la que sido su tradición obligada: un esposo, hijos y todo lo que ello implica, su energía creativa corre serios riesgos de agotarse. En efecto, ¿de dónde sacará fuerzas para reflexionar sobre sí misma y sobre su destino, para lidiar con las exigencias de un oficio por lo demás arduo y al cual ya no quiere, no puede renunciar?
Pocas escritoras han expresado las angustias y presiones a que se ve sometida la mujer como Sylvia Plath, la novelista y poeta norteamericana que, en febrero de 1963, se suicida metiendo la cabeza en el horno de gas. "No es el hecho de parir lo que me parece injusto - dice en su novela autobiográfica La campana de cristal - sino que tener que parir hijos para los hombres. Hijos que llevarán su nombre. Hijos que te atarán, por medio del amor, a un hombre al que tendrás que agradar y servir bajo pena de abandono. Y el amor es, después de todo, el cerrojo más seguro. El que más irrita y el que más perdura. Y entonces m encontraré prisionera para siempre".
Si bien la función de esposa y de madre es una experiencia valiosa y enriquecedora cuando la mujer la asume con verdadera vocación, ella no debería impedirle el descubrimiento y la exploración de ese complejo mundo que bulle más allá de los protectores muros del hogar.
El problema de la mujer escritora presenta, pues, dos vertientes fundamentales: por un lado el reconocimiento de sí misma como una
entidad autónoma y libre. Por el otro, la búsqueda de esta libertad, la fundación de esta autonomía mediante la utilización de la palabra. Si "el hombre no habla porque piensa, sino que piensa porque habla", como dice Octavio Paz, podemos comprender las razones por las que ha sido tan reducido el número de aquellas que se internaron en los caminos del pensamiento. La palabra es edificadora del ser. ¿Y cómo podrá saber algo de sí misma esta mujer que sólo escuchó lo que de ella decían los padres, los maestros, los sacerdotes? "Prostituta, diosa, gran señora, amante, la mujer transmite o conserva - asevera también Octavio Paz- pero no crea, los valores y energías que le confían la naturaleza y la sociedad (...) Pasiva, se convierte en diosa, amada, ser que encarna los elementos estables y antiguos del universo: la tierra, madre y virgen. Activa, es siempre función, medio, canal. La femineidad nunca es un fin en sí misma, como lo es la hombría". Este condicionamiento, mantenido a través de los siglos, es lo que ha mutilado al ser humano femenino; el responsable de su inseguridad, dependencia, pasividad.
Para que su estilo suene, sea auténtico, una escritora debe, antes que nada, ser mujer. Y sólo lo conseguirá a través de un autoexamen que le permita conocer los más recónditos sectores de sus cuerpo, refiriéndose a él sin autocensuras ni eufemismos. Deberá poder escribir sobre su sexualidad, sobre su particular forma de vivir el amor y la maternidad, sobre sus anhelos sus sueños, sus fantasías. Deberá, por sobre todas las cosas, saber que el escribir es un oficio solitario, por lo que tratará de preservar su soledad como un don precioso, sabiendo que aunque la hayan educado para que su vida gire al servicio de los demás, el primer deber de un ser humano es para consigo mismo. No queremos preconizar con esto que deba encerrarse en la torre de marfil de un egoísmo que sólo la llevará empobrecerse, sino que es necesario que conquiste y preserve ese espacio de sosiego, de silencio, en donde pueda escuchar el tenue murmullo de su voz interior y, también, donde pueda afirmarse día a día en su decisión de escribir. Sólo así abrirá el camino a las que vengan detrás. Sólo así logrará la libertad y plenitud de expresión que son la esencia del arte, no para expresar únicamente el sexo, sino sobre todo la capacidad creadora. Hemos visto ya en el siglo XX, con el acceso a la universidad, que la mujer ya no tiene que soñar como Sor Juana con cambiar de sexo: se es Simone de Beauvoir, se es Clarice Lispector.
Sabedora de que la palabra es el instrumento que la hermanará con los hombres y mujeres que como ella aman y sufren y luchan, es necesario que se les acerque con la certeza de que sólo el amor al trabajo, el decir lo que se puede y no lo que se debe, le abrirán el camino para forjarse esa talento y ese genio que a menudo ve escurrirse entre sus manos. Así podrá decir, al igual que Flaubert, y ya sin sombra de decepción: "porque el genio tal vez no sea otra cosa que el conocimiento exacto de nuestra propia fuerza".


Puiblicado en “La Razón”. Buenos Aires, 1990









bir sobre su sexualidad, sobre su particular forma de vivir el amor y la maternidad, sobre sus anhelos, sus sueños, sus fantasías. Deberás, por sobre todas las cosas, saber que el escribir

martes, 27 de octubre de 2009

Todas las sangres para un discurso del género

"En el principio eran los libros. Su vida estuvo siempe marcada por ellos. Desde que era chica y se pasaba horas en la biblioteca de su padre, devorando con los ojos las estanterías abarrotadas en donde se veían lomos amarillentos, lomos nuevos en letra doradas, lomos. Allí desubrió que leer era la aventura más apasionante de todas. No sabían de qué trataban aquellos volúmenes cuyos títulos resultaban inacccesibles para sus cortos años. El espíritu de las leyes, Cartas amenas de un filósofo, Humillados y ofendidos. Y los autores: Dostoyevski, Voltaire, Dickens, Marx, entre otros, constituían un mosaico sonoro, un bulir enigmático que Sofía trataba de asir sentada en el mullido sillón de cuero y sosteniendo un libro abierto entre sus manos. A veces, cuando estaba segura de que nadie la vería, lo acercaba al papel impreso, costumbre que su madre calificaba de manía pero que no la abandonaba hasta la actualidad. ¿Y si no era así, si aquellos objetos cuadrados y empastados de nada servía, por qué su padre pasaba tanto tiempo enfrascado en ellos, como un alquimista entre sus redomas? Cuando se sentaba a la mesa, ello lo miraba abrir el libro sobre el mantel con el mismo apetito conque desmigajaba el pan mientras aquellos ojos increíblemente claros seguían en un absorto silencio las líneas en blanco y negro sin apenas levantar la cabeza. Alguna vez Sofía intetó imitarlo, pero la detuvo la frase implacable de su madre: "Sólo tu padre lee en la mesa". No tuvo más remedio que cerrarlo y esperar a que finalizara la tediosa ceremonia del almuerzo para enfrascarse en La isla del Tesoro debajo de la sombra refrescante de la higuera. ¿Sería por eso que los libros eran para ella objetos másgicos, fetiches que la atraían como imanes desde los escaparates de las librerías a las que no podía dejar de entrar aunque fuera un segundo, por más apurada que estuviese? A veces le sucedía permanecer durante larguisimos minutos contemplando las cubiertas, dejando uno para tomar otro, sin dinero para comprar ninguno pero sintiendo que, por unos instantes, su soledad quedaba abolida."
Hasta aquí, el texto de la novela que escribo en estos momentos, y que da cuenta de la génesis de la escritura en Sofía, la protagonista. Este factor de aparición de un lenguaje, de un destino, podría, en cierta medida, explicar algo de mi lenguaje y de mi destino de mujer que escribe. Tal vez el remontarme a los orígenes no tenga ninguna importancia, salvo para una especie de "arqueología del saber".
Siguiendo, pues, con nuestra arqueología descubrimos, también, otros factores. Uno de ellos, y no el menos importante, lo constituyen los poemas declamados por mi madre. Yo escuchaba, en las reuniones de amigos que mis padres realizaban en casa, una vez que los convencía de que no me mandaran a dormir, la voz un tanto ronca y bien modulada de mi madre recitar a Darío, Lugones, a tantos otros y, cuando se callaba, esas palabras continuaban brillando dentro de mí con la diafanidad de una piedra preciosa, acompañándome en mis juegos, en mis primeras andanzas por el mundo.
"La escritura da testimonio de la oralidad", dice Josefina Ludmer. Y yo, humilde escritora, quizá secretamente, sin ninguna propuesta consciente, haya tratado de dar cuenta de esa oralidad por donde circulaban los fantasmas de la bisabuela casada a los once años para que su marido la protegiera de los malones que asolaban la región o, nueva Penélope, esperando luego a ese mismo marido exiliado en Chile durante doce años por oponerse a la política centralista de Buenos Aires. Aquel hombre de barba hirsuta y piernas arqueadas por los galopes en las rutas polvorientas de la patria que mi bisabuela guardó en las entretelas de su corazón hasta la mañana en que despertó con las mejillas arreboladas y los ademanes desacordados por el vértigo del presentimiento anunciando, mientras plumereaba sillones y consolas y corría a las gallinas de la sala, "que vengan a a ayudarme a limpiar esta pocilga porque hoy llega Carlitos". Poco después, los pobladores verían correr rumbo a la plaza a una mujer destrenzada y frenética luego de que alguien de la servidumbre le anunciara que acababan de llegar unas carretas de Chile. Allí, en efecto, agobiado pero eufórico, estaba mi bisabuelo.
En mi novela Las fábulas del viento traté de dar una trasposición poética de este episodio.
Tal vez no posea el suficiente bagaje teórico para explicar mis novelas, cuentos y poesías. Sin embargo, creo que tienen un doble nomadismo: uno, vuelto a los espacios a conquistar, otro, interno, impulsado por las amenazas de un encierro temido y, además, un vagabundeo de la voz. "La voz - dice Josefina Ludmer - le da cuerpo al signo, lo transforma en ícono".
Pero no se trata de recobrar aquella palabra hablada, aquel Temblor que se pronuncia, para decirlo con el título de uno de mis libros, sino también de rastrear otro discurso, de recobrer la palabra muda, murmurante, de restablecer el texto menudo e invisible que recorre el intersticio de las líneas escritas y, a veces, las trastorna.
Historias silenciadas que fueron conformándose en la intolerancia, en el etnocentrismo de aquellos tiempos en que se marcó de una manera demasiado tajante la división entre civilizados y bárbaros. "Civilización es para nosotros muerte, trabajo en las estancia, estaca en los fortines", decía el cacique Quenumpén. Y bárbaros también eran aquellos otros, los que llegaron "de Ucranias y Rusias, de Egiptos y Arabias", para decirlo con un antiguo romance de Arturo Capdevila. Esas sangres y esos silencios son ya parte de mi sangre y de mis silencios. Tal vez por ello uno de mis poemas, que se titula precisamente "Abuelo que llegó de Rusia". Por eso tal vez aquella novela, Fuegos encontrados, que escribí mientras vivía en México y que obtuvo allí el Premio "Juan Rulfo". En dicha novelas se trató de dar la visión del blanco de aquella época, castigado por la frecuente invasión de los malones, pero también la del indio, acorralado en el "desierto" y finalmente eliminado. Todo en el marco de la época de Rosas, cuando éste inaugura los primeros intentos de la "Campaña de Desierto", que luego culminaría Roca.
He recorrido hasta aquí el origen de mi imaginario. Pero creo que hay una razón, en mi caso determinante, que puede explicar mi obstinación en la escritura. Escribo fundamentalmente desde mi ser de mujer porque, como tal, quiero escuchar esos murmullos, ese texto invisible, esa singular existencia silenciada durante tamto tiempo. Y esta identidad de escritora y de mujer creo que se demuestra en mi obra al tratar los temas desde las orillas, desde los márgenes por donde se deslizaba y se deliza la vida de las mujeres de todas las épocas. No pretendo en mis textos esbozar teorías ni enunciar postulados, pero sin duda no pueden dejar de colarse en ellos una reflexión de la articulación a los poderes: ¿Resistencias, compensaciones, consentimientos, contrapoderes de la sombra y de la astucia? "Será menestere reflexionar acerca de la dialéctica de la influencia y de la decisión - escriben Georges Duby y Michelle Perrot -, de la potencia oculta y difusa que se atribuye a las mujeres y el poder de los hombres"
Escribo por último, porque me da continuidad en un mundo fragmentado. Para afirmar mi identidad de latinoamericana, de argentina y de puntana. Porque, en el seno de la nostalgia, del desamparo y de la marginación que son inseparbales de este movimiento encuentro, una posibilidad de plenitud, un camino sin fin, capaz de corresponder a ese fin sin camino que es el único que hay que alcanzar.