miércoles, 1 de agosto de 2012

Para formar un mundo sin frío


A  CIELO ABIERTO (poemas)- María Esther Lucero Saá



O LOS MONSTRUOS SUBTERRANEOS

La soledad es estar aquí,
hablando en el idioma de los muertos
y tener dentro el lenguaje de los vivos
sin poder utilizarlo.
Entonces los fantasmas se agrandan,
crecen entre la espesura
de las tinieblas y de los fondos
y no pueden comunicarse.
Saben que están encerrados,
pero nunca pierden la esperanza
de algún día ser liberados
y avanzar sobre los seres
para hacerles entender
que no es sólo lo visible lo que vive.
Para hacerles conocer
la validez de los fantasmas
y los monstruos subterráneos.
¿Tendremos miedo de darles una mano
para que salgan a gritarnos sus verdades?


FLECHAS

Es difícil hacer poesía
porque cada palabra
es una flecha que sale del alma.
Yo no hago poesía.
Sólo convoco palabras
para aventar este fuego
que recorre mi sangre.
Sólo convoco al hombre,
al tiempo,
al sol, al mar, al cielo
para formar un mundo sin frío.
Un mundo sin frío
donde los árboles crezcan
el fuego se encienda
y los ojos se miren.
Los ojos miran al universo
y no hay manos para asirlo.
El universo huye
y tras Èl
un loco enamorado
va entonando canciones
con el corazÛn lleno de flechas.


YA NO

Ya no bebo la leche que alimenta a los niños,
ya empiezo a gustar el manjar sólido
que alimenta a los fuertes,
ya comienzan los temblores,
ya huye para siempre el pájaro negro,
ya tomo la tierra fresca entre mis manos,
ya fabrico mi casa,
ya hundo mis manos en el humus
sacando los terrones
para plantar mi semilla,
ya crece mi semilla en tierra fértil,
no cayó entre zarzales,
ya doy de mí todo lo que tengo,
el  único talento ser devuelto multiplicado
en cientos de espigas de trigo.


AMO LA NOCHE
Los amaneceres,
cuajados de zafiros y ópalos,
despejan las tristes sombras
de mis dudas.Todo vuelve a tener
su acostumbrado vuelo.
Entre tinta y versos
voy componiendo mi ser
destruido
por las ciudades dolientes.
Amo la noche,
porque en ella
no se ven calles desiertas.
Sólo se ven cristales
en un mar azul inmóvil y oscuro.
Un mar azul inmóvil y oscuro
donde danzan diamantes.
En sus olas mi pensamiento sube
y canta sinfonías de unidad.
Desde la tierra suben escaleras
y al subirlas
suelto mis cadenas,
atadas a la tierra en días sin fin,
en llanto, en heridas atroces.
Y corro entre las gentes con cadenas,
con un río de luz en la mirada,
con un río de amor en los labios,
sin vestidos,
con campanas locas en mi espíritu,
sola,
corro a veces
entre seres que no escuchan.
Hay un Ser
al que le canto
estas canciones argentinas que voy entonando con mis brazos,
hasta sentir
que Él me ama,
que Él nos ama.



"Si no tuviera nada que decir no hubiera entregado mi vida a fin de buscar la raíz
de mis conflictos (y de los conflictos de los otros) a través de la palabra...El nombre de este libro surgió a raíz de la lectura de unos párrafos del Quijote, en
los que Cervantes habla del modo en que luchan los soldados: "No bajo a
cubierta, sino a cielo abierto".
"A cielo abierto" es una expresiçn que puede tener muchísimos significados o
sentidos; desde aquel tan alto que le dio Cervantes hasta el más humilde, que
sentí bajo el cielo indescriptible de San Luis, bajo su noche clara, bajo ese cielo de
que cantó Lugones en versos admirables, poco difundidos, o el sentido más
simple de mi expresión que era el de manifestarme con el corazón en derrota y en
victoria, entera sobre mí misma, frente a mis hermanos...
No sé si busqué la poesía como un refugio; creo que fue más bien una
manifestación de ese dolor que cada escritor siente sobre sus hombros...
Este don de la palabra que me ha sido dado misteriosamente desde la infancia, es
el principio y fin de mi vida".
MarÌa Esther Lucero Sa·
(Fragmento de palabras introductorias de la autora a su libro A Cielo Abierto. Año
1992)


María Esther Lucero Saá nació en Buenos Aires en 1950 y se quitó la vida en en esta ciudad en 1994. De familias de San Luis, amaba a esta provincia como su verdadera tierra. 

miércoles, 11 de julio de 2012

El nuevo mundo amoroso- Amor heterosexual y mujer- Paulina Movsichoff

La mujer que al amor no se asoma
no merece llamarse mujer. ………….
Una mujer debe ser
soñadora, coqueta y ardiente.
Debe darse al amor
con frenético ardor para ser
una mujer.

Así reza una conocida canción popular. Y, desde el nacimiento hasta su muerte, a través de lecturas, publicidad y, sobre todas las cosas, educación, la mujer se encontrará inmersa en una cultura en donde, para ella, el amor hacia el hombre será el supremo valor, la suprema realización. Veamos qué opina Schopenhauer, en su conocida obra: El amor, las mujeres y la muerte: “Como las mujeres únicamente han sido creadas para la propagación de la especie, y toda su vocación se encuentra en ese punto, viven más para la especie que para los individuos y toman más a pecho los intereses de la especie que los intereses de los individuos. Eso es lo que da a todo su ser y su conducta cierta ligereza y miras opuestas a las del hombre”. Escuchemos también a Nietzche, filósofo que dedicó su vida a construir una teoría que convirtiera al hombre en super-hombre. En la sección titulada “De las mujeres viejas y las mujeres jóvenes” afirma: “La felicidad del hombre dice: yo quiero. La felicidad de la mujer dice: él quiere (… ) Enredarse en la cuestión de fondo “hombre-mujer”, negar con este fin el antagonismo abismal y la necesidad de una tensión eternamente hostil, soñar quizás con iguales derechos, una educación igual, exigencias y deberes iguales: todo esto es indicio de una mente superficial…El hombre debe ser creado para la guerra y la mujer para el reposo del guerrrero: todo lo demás es una tontería”. Esta imagen de la mujer alimentó los más antiguos mitos, se dibujó en textos sagrados como La Biblia y El Corán, permaneció idéntica en la ciencia y en la filosofía. Coro de voces que la cargó de culpas, afirmó la superioridad natural del hombre y justificó es “antagonismo abismal”, esa “tensión eternamente hostil” de que nos hablaba Nietzche. Tensión y antagonismo que impidieron una verdadera unión de los sexos y justificaron el confinamiento de la mujer entre las sacrosantas paredes del hogar:
Me enseñaron las cosas equivocadamente los que enseñan las cosas:
los padres, el maestro, el sacerdote, pues me dijeron: tienes que ser buena.
Basta ser bueno. Al bueno se le da un dulce,
una medalla, todo el amor, el cielo.

Así dice la escritora Castellanos en ese libro que se llama precisamente Poesía no eres tú. Bondad, belleza, paciencia, castidad, prudencia, fueron las virtudes femeninas “por excelencia” que, a lo largo de los siglos se establecieron para apartar a las mujeres de la historia y ponerlas al servicio de la especie. “Si hubo un tiempo en que la mujer era igual – afirma Franca Basaglia – ésta es una igualdad que la historia borró. Son los mitos que hablan de una mujer firme, amazona, guerrera o diosa de los meses. Pero – continúa –no se puede mirar la historia y proyectar los problemas que nos incumben hoy”. Lo cierto es que la historia, la realidad, fueron el gran río a cuyas orillas permaneció la mujer, con su raíz nutrida por los jugos de esa tierra a la cual se la asimiló ancestralmente para sumirla en la pasividad. El hombre, entonces, era el gran viento que movía y desordenaba sus ramas o la dejaba en la calma y el sopor de esas tierras baldías, cinturón de castidad mediante, de ese lugar no lugar que en Nahuatl se denomina Nepantla, término que utilizaron los indígenas para caracterizar su marginación . Desconocida para el hombre, sin voz y sin palabra, la mujer permaneció principalmente una desconocida para sí misma. Y aquellas que quisieron indagar acerca de su existencia corporal o conferirle un sentido a sus vidas fueron llamadas brujas y quemadas en las hogueras o castigadas con las armas más sutiles, pero no menos sutiles, de la censura implícita y la culpa. Sin otro espacio que la seducción, el amor, la dedicación a quien la hacía existir, la mujer fue algo lejano, distinto, extraño. Y esto creó esa patología, esa erosión en la cultura, para usar los términos de Franca Basaglia, producto de una mujer amputada, incapaz, inadaptada. Es oportuno preguntarse entonces desde dónde, desde qué recóndito lugar de su persona puede ella relacionarse con el hombre y construir ese intercambio vital de pares, de iguales, como el que soñara Rilke y prefigurara Fourier en su Nuevo mundo amoroso. ¿Cómo llegar a ese amor hacia el otro sexo, ese amor fundante del ser en el que dos libertades se complementan? ¿Cómo construir una relación en donde Ulises y Penélope se ayuden y se alternen en cuidar de Itaca y también en alejarse de ella para explorar las maravillas del mundo? Esto es algo para la cual las mujeres no tenemos aún una respuesta cierta. “El no gritado que la mujer, seguido, contradice con los hechos por amor o por vileza es la utopía de una relación que por ahora sólo se da en el conflicto”, afirma también Basaglia. La mujer, fatigada por la denuncia, por el desenmascaramiento, no ha podido aún llegar, salvo en ocasiones excepcionales, a construir una unión recíproca, un vínculo complejo y esclarecedor con el sexo opuesto. En su artículo “El amor es una trampa, una crítica feminista del amor heterosexual”, Marta lamas reflexiona sobre la pobreza de material feminista con respecto a este tema. “La cantidad de publicaciones, tanto de artículos como de libros, que han abordado la experiencia lesbiana (desde los testimonios y la creación literaria hasta lo sociológico) dice, es impresionante. Tal avalancha no ha tenido su contraparte heterosexual”. Desde que las mujeres comenzamos a indagar sobre nosotras mismas, a preguntarnos por el sentido de nuestro quehacer en la vida se nos presentó, con una claridad estremecedora, el estrecho vínculo entre amor y sumisión, entre dependencia y opresión. Hoy, sin embargo, la situación de la mujer no es exactamente aquella que nuestras antepasadas feministas luchaban por cambiar. Para la mayoría de nosotras ser las sacerdotisas que mantienen perennemente encendido el fuego sagrado del amor familiar resulta pobre en comparación con lo que hemos alcanzado a entrever del mundo. Y nuestras energías se han concentrado, como nunca antes, en examinarnos, en llegar a ese núcleo inicial de nuestro ser desde donde irradian nuestros ímpetus y a partir del cual la aventura de la vida puede ser reconstruida. En ese lugar en donde late, poderoso y desoído, el puro aliento del deseo. “Los hombres no tienen instintos fijos como los animales”, decía Fourier. Y nosotras diremos: tampoco las mujeres. Debemos inventarnos fines, metas, objetivos. Hasta hace muy poco ha sido el ser humano masculino el único detentador del privilegio de hacerlo. Únicamente él pudo soñar, ejecutar, crear. A la mujer se la dejó vacía de necesidades y anhelos, por lo que volcó todo su yo, todo su angustioso afán de ser en la relación amorosa. “La vocación del macho es la acción – observaba Simone de Beauvoir -; necesita combatir, crear, progresar, trascender hacia la totalidad del universo y la infinitud del porvenir, pero el matrimonio tradicional no invita a la mujer a trascender con él, sino que la confina en la inmanencia”. Esta negación de sí, de sus valores como persona autónoma fue lo que hizo de ella una esclava. Y lo que dio al hombre la posibilidad de definir él y sólo él los términos de la relación. El único objetivo que se brindó a la mujer, hasta no hace mucho tiempo, fue el ingreso al matrimonio. “La mayor parte de las mujeres, aun hoy en día, está casada, lo estuvo, se prepara para ello o sufre por no serlo”, apunta también la autora de El segundo sexo. Pero esta dependencia se volvió contra el mismo que la creó. El amor se transforma, a menudo, en una pesada amarra del cual el hombre no sabe, no puede evadirse. Pues esa abnegación que la mujer le ofrece lo fatiga, lo esclaviza a su vez. Ya sabemos que no existirá verdadera libertad mientra uno de los dos polos de la relación no se haya liberado. Hoy la mujer, sin embargo, ha roto los viejos patrones. Está ya en el mundo y su voz, su palabra, ha comenzado a escucharse. Palabra torpe a veces, con estridencia e inseguridades, pero palabra al fin. Tal vez ella se equivoque y acepte equivocarse. En ese largo camino irá adquiriendo libertades y derechos que hasta ahora le fueron negados. “¿Acaso la mujer no tiene también derecho – repregunta Rosario Ferré – al amor profano, al amor pasajero, incluso al amor endemoniado, a la pasión por la pasión misma?” Y, al igual que Fourier, elaborará un Nuevo mundo amoroso que ya no será una utopía, lugar fuera del tiempo y del espacio, sino que, junto al hombre, podrá plantar la semilla de un porvenir en que la imaginación y la realidad se den la mano. Porque, retomando las palabras de Bacon: “Es necesario rehacer al ser humano, olvidar lo que se ha aprendido”. La tarea ya ha comenzado.
Leído en las Jornada de la Mujer en CEHASS (Centro de Estudios históricos, antropólogicos y sociales sudamericanos), en noviembre de 1989.

viernes, 23 de marzo de 2012

No tenemos lenguaje para los finales- Roberto Juarroz


No tenemos lenguaje para los finales,
para la caída del amor,
para los concentrados laberintos de la agonía,
para el amordazado escándalo
de los hundimientos irrevocables.
¿Cómo decirle a quien nos abandona
o a quien abandonamos
que agregar otra ausencia a la ausencia
es ahogar todos los nombres
y levantar un muro
alrededor de cada imagen.
¿Cómo hacer señas a quien muere
cuando todos los gestos se han secado,
las distancias se confunden en un caos impreivsto,
las proximiddes se derrumban como pájaros enfermos
y el tallo del dolor
se quiebra como lanzadera
de un telar descompuesto.
¿O cómo hablarse cada uno a sí mismo
cuando nada, cuando nadie ya habla,
cuando las estrellas y los rostros son secreciones neutras
de un mundo que ha perdido
su memoria de un mundo.
Quizá un lenguaje para los finales
exija la total abolición de los otros lenguajes,
una imperturbable síntesis
de las tierras arrasadas.
O tal vez crear un habla de intersticios,
que reúna los mínimos espacios
entreverados entre el silencio y la palabra
y las ignotas partículas sin codicia.


(Poesía Vertical)

domingo, 3 de abril de 2011

De ésas- Anne Sexton



He salido al mundo, un bruja poseída,
rondando el aire negro, más valiente por ello;
soñando el mal, he sobrevolado
las casas planas, de luz en luz:
pobre solitaria, con mis 12 dedos, enajenada.
Una mujer así no es una mujer, lo sé.
Yo he sido de ésas.

He encontrado las cuevas tibias del bosque,
las he llenado de sartenes, esculturas, estantes,
de armarios, sedas, de incontables bienes;
he preparado la cena para gusanos y elfos:
llorando, aullando, ordenando lo que estaba mal.
A una mujer así no se la comprende.
Yo he sido de ésas.

He viajado contigo, carretero, saludando
con los brazos desnudos a los pueblos que pasaban,
aprendiéndome las últimas rutas de la claridad, superviviente
allí donde tus llamas aún muerden mis muslos
y crujen mis costillas bajo la presión de tu carreta.
Una mujer así no se avergüenza de morir.
Yo he sido de ésas.


Anne Sexton (1928-1974) Anne Gray Harvey nació en Massachusetts en 1928. Se casó con Alfred Muller Sexton a los 19 años. Un año después de nacida su primera hija le diagnosticaron depresión post-parto, sufriendo su primer crisis mental e ingresando a un hospital neuropsiquiátrico. Regresaría allí varias veces, sobre todo luego de sus intentos de suicidio, que se agudizaron luego del nacimiento de sus segunda hija. Fue su médico quien la apoyó para que desarrollara el interés en la poesía que había mostrado en la escuela secundaria. En el otoño de 1957 se inscribió en un taller de poesía en donde conocería a Sylvia Plath. Unidas en una relación con matices que lindaban entre la identificación mutua y la rivalidad poética, fueron influencias la una para la otra, llegando a competir en las clases por quien escribía el mejor poema. En 1974, a pesar de su éxito como escritora -había ganado el Premio Pulitzer de poesía por su libro Live or Die- perdió su batalla contra la enfermedad mental. Luego de almorzar con su mejor amiga, Sexton fue hasta el garage, encendió el motor de su auto y se suicidó con el monóxido de carbono. Como Robert Lowell, Sylvia Plath, W. D. Snodgrass y otros llamados "poetas confesionales", Sexton ofrece al lector una mirada íntima de la angustia emocional que caracterizó su vida. Hizo de la experiencia de ser mujer un tópico central en su poesía y a pesar de soportar críticas por hablar de temas como la menstruación, el aborto y la adicción a las drogas, es evidente que su talento como poeta trascendió cualquier controversia.

Traducción y biografía: Griselda García

miércoles, 23 de febrero de 2011

Agonía fuera del muro- Rosario Castellanos




Miro las herramientas,
el mundo que los hombres hacen, donde se afanan,
sudan, paren, cohabitan.

El cuerpo de los hombres, prensado por los días,
su noche de ronquido y de zarpazo
y las encrucijadas en que se reconocen.

Hay ceguera y el hambre los alumbra
y la necesidad, más dura que metales.

Sin orgullo (¿qué es el orgullo? ¿Una vértebra
que todavía la especie no produce?)
los hombres roban, mienten,
como animal de presa olfatean,
devoran y disputan a otro la carroña.

Y cuando bailan, cuando se deslizan
o cuando burlan una ley o cuando
se envilecen, sonríen,
entornan levemente los párpados, contemplan
el vacío que se abre en sus entrañas
y se entregan a un éxtasis vegetal, inhumano.

Yo soy de alguna orilla, de otra parte,
soy de los que no saben ni arrebatar ni dar,
gente a quien compartir es imposible.

No te acerques a mí, hombre que haces el mundo,
déjame, no es preciso que me mates.
Yo soy de los que mueren solos, de los que mueren
de algo peor que vergüenza.

Yo muero de mirarte y no entender.



Poesía no eres tú
- Fondo de Cultura Económica

martes, 18 de enero de 2011

Tardes con Billie Holliday- Paulina Movsichoff





La pintura, pensaba, le había literalmente salvado la vida. Quién lo hubiera dicho, ella que insistió siempre en la imposibilidad de vivir sin Arturo. En realidad el artista había sido él. Desde que se conocieron fue como un acuerdo tácito. Julia sonreía al rememorar aquellos primeros meses de enamoramiento, cuando él le juraba que era la única, la verdadera. Sin embargo, a veces ella llegaba de sorpresa al taller y tenía que enfrentarse con la actitud rencorosa y desafiante de aquellas "minuzas" — como había dado en llamarlas — que lo perseguían con asiduidad y que no se resignaban a retirarse ante su presencia, a pesar de las indirectas cada vez más directas de Arturo. Aún se estremecía de rabia por lo sucedido dos meses atrás cuando entró como una tromba, se dirigió a la mesa trajinada de cervezas y vodkas y tiró los restos en la pileta de la cocina. Luego arrojó una mirada fulminante a la mujer de pelo rojizo y abundante maquillaje para después abrirle la puerta en un evidente e implacable gesto de despedida. Arturo no tuvo más remedio que aceptar que "conmigo te casas o no hay tu tía", como lo amenazaba ella un poco en broma y otro poco en serio y terminó por entrar en los convencionales carriles de la vida conyugal. Los pocos amigos que los frecuentaban se admiraron de ver a un Arturo cambiado, buen marido, dechado de fidelidad. Ni siquiera el aspecto económico resultó un problema (te morirás de hambre, Arturo es un bohemio) pues por esa época él comenzó a ser reconocido en el ambiente. No era raro entonces que vivieran con holgura de los tres o cuatro cuadros que vendía por año. Julia, por su parte, continuó con sus cátedras de literatura, lo cual le permitió mantener cierta independencia. Pero el centro de su vida nunca dejó de ser Arturo. Sólo esperaba el momento de la tarde en que él abría la puerta y, luego de besarla y de servirse un vodka-tonic, se tumbaba en el sillón a escuchar a Billiy Holliday y a mirarla con aquellos ojos cafés de reflejos amarillentos que a Julia le recordaban los de los gatos. También a ella había llegado a gustarle Billy Holliday y alguna vez, tirados en la alfombra, hicieron el amor bajo el influjo de aquella voz sinuosa y afelpada.
La enfermedad de Arturo entró en sus vidas como un viento huracanado en mitad de un día de campo. A los ruegos de Arturo, Marcelo Hardy, médico y amigo de muchos años, le confesó la verdad. Tenía cáncer de páncreas y ya nada quedaban por hacer, salvo esperar el desenlace. Sólo alguna droga para aliviar los posibles dolores. En vano Julia trató de insuflarle fuerzas para que luchara, se resistiera. "No quiero que te vayas", lloraba con desesperación. Arturo se limitaba a acariciarle la cabeza y a mirar pensativo el chisporroteo de las llamas en la chimenea.
Luego de su muerte, Julia decidió que no vendería la casa. Se trataba de una antigua y señorial casa que Arturo consiguió a precio irrisorio en el corazón de Belgrano. Con paciencia y esmero tiraron algunas paredes y techaron parte de la enorme terraza para adaptarla a sus gustos. Ambos estaban orgullosos de los vitraux que presidían la entrada, de la imponente escalera de caoba que Arturo compró como una bicoca en un remate. "No podría enjaularme en un departamento", pensaba Julia. No la hicieron cambiar de parecer la presión de sus padres ni la opinión de sus amigos. Por las tardes se servía un whisky y luego se hundía en el sillón a escuchar interminablemente a Billie Holliday, mientras recordaba el fulgor ansioso de los ojos de Arturo recorriendo su piel.
No supo qué la llevó a pintar. Lo cierto es que una tarde se encontró pincel en mano decorando un lienzo. Días después trasladó el taller de Arturo al "cuarto de las ventanas", como le llamaban a la pequeña habitación contigua al dormitorio y allí pasaba las horas olvidada de todo, del universo allá afuera, sin hacer caso del teléfono que sonaba de manera perentoria. Tampoco de los consejos de su madre. "Deberías salir", sos joven todavía". Ella no escuchaba razones. Una pasión desconocida la consumía, como si quisiera sacar de su interior algo largamente amordazado.
Cuando llegaba a verla alguna amiga, Julia la llevaba al taller. Le costaba disimular su satisfacción al ver el asombro de su visitante,"Tenés talento", le dijo Elvira una tarde, desviando la cara para largar el humo del cigarrillo. Elvira fue una de las más fanáticas admiradoras de Arturo. Era más que evidente que la pintura de Julia nada tenía que ver con la de él. Si los cuadros de su marido eran una abstracción, una evocación poética de la realidad, los de Julia parecían querer comunicar su exaltación, una dormida impulsividad.
Fue a comienzos de la primavera que empezó con los jardines. Toda la vida se había soñado a sí misma en un jardín salvaje, de plantas indómitas y hojas intensas y aterciopeladas. Y se dispuso a pintarlo. Pintó jardines con mujeres desnudas y ángeles volando como en un primigenio paraíso, jardines atravesados por arroyos cristalinos y verdeantes en los que el sol poniente era una bola de fuego, jardines con pimientos y acequias y lianas en que los monos se deslizaban despreocupados y felices, como si estas dos cualidades pudiesen encontrarse en otros vivientes que los humanos. Toda una serie de lienzos que abarrotaban ya el cuarto de las ventanas y en donde un eventual curioso se habría encontrado como en una selva. A veces a Julia le parecía escuchar el canto de los pájaros o el rumor de las alas de algún ángel. Sólo en el último cuadro se decidió. En medio de las zarzas y malezas, por entre grandes y rugosos árboles aparecía el tigre, con su calma desdeñosa y su silueta felina e inquietante. La tarde en que lo hubo terminado, Julia permaneció en una morosa contemplación. Le parecía tan vivo que hasta sentía que, de no haberla inhibido el miedo, podría pasar la mano por su lomo en una lenta caricia. Lo que más le impresionaba eran los ojos. Porque en aquellas pupilas luciferinas que la escrutaban desde la tela, le parecía reconocer los ojos de Arturo.
Esa noche llovió. En la cama daba una y otra vuelta, esperando que el sueño llegara cuanto antes a traer un alivio a su inquietud. Trataba de apartar de sus pensamientos de la cara de Arturo, de los ojos de Arturo mirándola como antes, enfebrecidos de deseo. Y esos ojos se asemejaban notablemente a los otros, a lo de su tigre. "Debería ver a un psiquiatra", pensó. "Tanto encierro me está volviendo una rayada". Fue entonces cuando escuchó abajo un sonido apagado, como si la lluvia se hubiera metido adentro de la casa. Pensó en bajar a la cocina a tomar agua. Pero antes que nada debía entrar al taller a cerrar una de las ventanas, golpeada insistentemente por el viento. Encendió la luz y se quedó perpleja ante la tela borroneada. Parecía que la lluvia hubiera invadido también aquel ámbito con el solo objeto de ensañarse con su pintura. Atontada, caminó hacia el rellano de la escalera. El fulgor de las pupilas fue suficiente para ver, para saber que allí estaba él al acecho, esperándola.


De Marrakesh y otros relatos

martes, 11 de enero de 2011

Comportamiento de guitarras- María Elena Walsh


En países guardados como el mío
hay un comportamiento de guitarras.
Reinan por toda la extensión del aire
con más autoridad que las campanas,
y también, en terrestre delincuencia,
a veces roban brío de fogatas.

Hay guitarras que imitan al oscuro
y otras mejores que ejecutan agua,
y las que lo madrugan al silencio
en estremecedoras circunstancias.

No sé qué dicen otras cuando hay luna
y nuestro territorio es la desgracia.
Sólo comprendo misteriosamente
que a un pobre cuerpo le regresa el alma
y que entre espigas que se caen mudas
tanta solicitud nos hace falta.

Cuando la intimidad es argentina
suele reconocerse por guitarras.
Unas solitas, otras con arrimo
de un latido fatal llamado caja,
donde la muerte tiene domicilio
en machacados huesos de vidalas,

No sé qué poderío submarino,
algo como noticias de las algas,
o informes sobre lluvias se suceden
bajo la tierra, sumergidas causas
y brujerías y disposiciones,
todo lo comunican y traspasan.

Y entonces nos quedamos a vivir
- si Dios nos presta sangre y esperanza -
a la sombra de tanto desconsuelo,
pero con la memoria acompañada
para siempre quizás por el origen
de lentas humanísimas guitarras.

Hecho a mano- Editorial Sudamericana