miércoles, 11 de julio de 2012

El nuevo mundo amoroso- Amor heterosexual y mujer- Paulina Movsichoff

La mujer que al amor no se asoma
no merece llamarse mujer. ………….
Una mujer debe ser
soñadora, coqueta y ardiente.
Debe darse al amor
con frenético ardor para ser
una mujer.

Así reza una conocida canción popular. Y, desde el nacimiento hasta su muerte, a través de lecturas, publicidad y, sobre todas las cosas, educación, la mujer se encontrará inmersa en una cultura en donde, para ella, el amor hacia el hombre será el supremo valor, la suprema realización. Veamos qué opina Schopenhauer, en su conocida obra: El amor, las mujeres y la muerte: “Como las mujeres únicamente han sido creadas para la propagación de la especie, y toda su vocación se encuentra en ese punto, viven más para la especie que para los individuos y toman más a pecho los intereses de la especie que los intereses de los individuos. Eso es lo que da a todo su ser y su conducta cierta ligereza y miras opuestas a las del hombre”. Escuchemos también a Nietzche, filósofo que dedicó su vida a construir una teoría que convirtiera al hombre en super-hombre. En la sección titulada “De las mujeres viejas y las mujeres jóvenes” afirma: “La felicidad del hombre dice: yo quiero. La felicidad de la mujer dice: él quiere (… ) Enredarse en la cuestión de fondo “hombre-mujer”, negar con este fin el antagonismo abismal y la necesidad de una tensión eternamente hostil, soñar quizás con iguales derechos, una educación igual, exigencias y deberes iguales: todo esto es indicio de una mente superficial…El hombre debe ser creado para la guerra y la mujer para el reposo del guerrrero: todo lo demás es una tontería”. Esta imagen de la mujer alimentó los más antiguos mitos, se dibujó en textos sagrados como La Biblia y El Corán, permaneció idéntica en la ciencia y en la filosofía. Coro de voces que la cargó de culpas, afirmó la superioridad natural del hombre y justificó es “antagonismo abismal”, esa “tensión eternamente hostil” de que nos hablaba Nietzche. Tensión y antagonismo que impidieron una verdadera unión de los sexos y justificaron el confinamiento de la mujer entre las sacrosantas paredes del hogar:
Me enseñaron las cosas equivocadamente los que enseñan las cosas:
los padres, el maestro, el sacerdote, pues me dijeron: tienes que ser buena.
Basta ser bueno. Al bueno se le da un dulce,
una medalla, todo el amor, el cielo.

Así dice la escritora Castellanos en ese libro que se llama precisamente Poesía no eres tú. Bondad, belleza, paciencia, castidad, prudencia, fueron las virtudes femeninas “por excelencia” que, a lo largo de los siglos se establecieron para apartar a las mujeres de la historia y ponerlas al servicio de la especie. “Si hubo un tiempo en que la mujer era igual – afirma Franca Basaglia – ésta es una igualdad que la historia borró. Son los mitos que hablan de una mujer firme, amazona, guerrera o diosa de los meses. Pero – continúa –no se puede mirar la historia y proyectar los problemas que nos incumben hoy”. Lo cierto es que la historia, la realidad, fueron el gran río a cuyas orillas permaneció la mujer, con su raíz nutrida por los jugos de esa tierra a la cual se la asimiló ancestralmente para sumirla en la pasividad. El hombre, entonces, era el gran viento que movía y desordenaba sus ramas o la dejaba en la calma y el sopor de esas tierras baldías, cinturón de castidad mediante, de ese lugar no lugar que en Nahuatl se denomina Nepantla, término que utilizaron los indígenas para caracterizar su marginación . Desconocida para el hombre, sin voz y sin palabra, la mujer permaneció principalmente una desconocida para sí misma. Y aquellas que quisieron indagar acerca de su existencia corporal o conferirle un sentido a sus vidas fueron llamadas brujas y quemadas en las hogueras o castigadas con las armas más sutiles, pero no menos sutiles, de la censura implícita y la culpa. Sin otro espacio que la seducción, el amor, la dedicación a quien la hacía existir, la mujer fue algo lejano, distinto, extraño. Y esto creó esa patología, esa erosión en la cultura, para usar los términos de Franca Basaglia, producto de una mujer amputada, incapaz, inadaptada. Es oportuno preguntarse entonces desde dónde, desde qué recóndito lugar de su persona puede ella relacionarse con el hombre y construir ese intercambio vital de pares, de iguales, como el que soñara Rilke y prefigurara Fourier en su Nuevo mundo amoroso. ¿Cómo llegar a ese amor hacia el otro sexo, ese amor fundante del ser en el que dos libertades se complementan? ¿Cómo construir una relación en donde Ulises y Penélope se ayuden y se alternen en cuidar de Itaca y también en alejarse de ella para explorar las maravillas del mundo? Esto es algo para la cual las mujeres no tenemos aún una respuesta cierta. “El no gritado que la mujer, seguido, contradice con los hechos por amor o por vileza es la utopía de una relación que por ahora sólo se da en el conflicto”, afirma también Basaglia. La mujer, fatigada por la denuncia, por el desenmascaramiento, no ha podido aún llegar, salvo en ocasiones excepcionales, a construir una unión recíproca, un vínculo complejo y esclarecedor con el sexo opuesto. En su artículo “El amor es una trampa, una crítica feminista del amor heterosexual”, Marta lamas reflexiona sobre la pobreza de material feminista con respecto a este tema. “La cantidad de publicaciones, tanto de artículos como de libros, que han abordado la experiencia lesbiana (desde los testimonios y la creación literaria hasta lo sociológico) dice, es impresionante. Tal avalancha no ha tenido su contraparte heterosexual”. Desde que las mujeres comenzamos a indagar sobre nosotras mismas, a preguntarnos por el sentido de nuestro quehacer en la vida se nos presentó, con una claridad estremecedora, el estrecho vínculo entre amor y sumisión, entre dependencia y opresión. Hoy, sin embargo, la situación de la mujer no es exactamente aquella que nuestras antepasadas feministas luchaban por cambiar. Para la mayoría de nosotras ser las sacerdotisas que mantienen perennemente encendido el fuego sagrado del amor familiar resulta pobre en comparación con lo que hemos alcanzado a entrever del mundo. Y nuestras energías se han concentrado, como nunca antes, en examinarnos, en llegar a ese núcleo inicial de nuestro ser desde donde irradian nuestros ímpetus y a partir del cual la aventura de la vida puede ser reconstruida. En ese lugar en donde late, poderoso y desoído, el puro aliento del deseo. “Los hombres no tienen instintos fijos como los animales”, decía Fourier. Y nosotras diremos: tampoco las mujeres. Debemos inventarnos fines, metas, objetivos. Hasta hace muy poco ha sido el ser humano masculino el único detentador del privilegio de hacerlo. Únicamente él pudo soñar, ejecutar, crear. A la mujer se la dejó vacía de necesidades y anhelos, por lo que volcó todo su yo, todo su angustioso afán de ser en la relación amorosa. “La vocación del macho es la acción – observaba Simone de Beauvoir -; necesita combatir, crear, progresar, trascender hacia la totalidad del universo y la infinitud del porvenir, pero el matrimonio tradicional no invita a la mujer a trascender con él, sino que la confina en la inmanencia”. Esta negación de sí, de sus valores como persona autónoma fue lo que hizo de ella una esclava. Y lo que dio al hombre la posibilidad de definir él y sólo él los términos de la relación. El único objetivo que se brindó a la mujer, hasta no hace mucho tiempo, fue el ingreso al matrimonio. “La mayor parte de las mujeres, aun hoy en día, está casada, lo estuvo, se prepara para ello o sufre por no serlo”, apunta también la autora de El segundo sexo. Pero esta dependencia se volvió contra el mismo que la creó. El amor se transforma, a menudo, en una pesada amarra del cual el hombre no sabe, no puede evadirse. Pues esa abnegación que la mujer le ofrece lo fatiga, lo esclaviza a su vez. Ya sabemos que no existirá verdadera libertad mientra uno de los dos polos de la relación no se haya liberado. Hoy la mujer, sin embargo, ha roto los viejos patrones. Está ya en el mundo y su voz, su palabra, ha comenzado a escucharse. Palabra torpe a veces, con estridencia e inseguridades, pero palabra al fin. Tal vez ella se equivoque y acepte equivocarse. En ese largo camino irá adquiriendo libertades y derechos que hasta ahora le fueron negados. “¿Acaso la mujer no tiene también derecho – repregunta Rosario Ferré – al amor profano, al amor pasajero, incluso al amor endemoniado, a la pasión por la pasión misma?” Y, al igual que Fourier, elaborará un Nuevo mundo amoroso que ya no será una utopía, lugar fuera del tiempo y del espacio, sino que, junto al hombre, podrá plantar la semilla de un porvenir en que la imaginación y la realidad se den la mano. Porque, retomando las palabras de Bacon: “Es necesario rehacer al ser humano, olvidar lo que se ha aprendido”. La tarea ya ha comenzado.
Leído en las Jornada de la Mujer en CEHASS (Centro de Estudios históricos, antropólogicos y sociales sudamericanos), en noviembre de 1989.

viernes, 23 de marzo de 2012

No tenemos lenguaje para los finales- Roberto Juarroz


No tenemos lenguaje para los finales,
para la caída del amor,
para los concentrados laberintos de la agonía,
para el amordazado escándalo
de los hundimientos irrevocables.
¿Cómo decirle a quien nos abandona
o a quien abandonamos
que agregar otra ausencia a la ausencia
es ahogar todos los nombres
y levantar un muro
alrededor de cada imagen.
¿Cómo hacer señas a quien muere
cuando todos los gestos se han secado,
las distancias se confunden en un caos impreivsto,
las proximiddes se derrumban como pájaros enfermos
y el tallo del dolor
se quiebra como lanzadera
de un telar descompuesto.
¿O cómo hablarse cada uno a sí mismo
cuando nada, cuando nadie ya habla,
cuando las estrellas y los rostros son secreciones neutras
de un mundo que ha perdido
su memoria de un mundo.
Quizá un lenguaje para los finales
exija la total abolición de los otros lenguajes,
una imperturbable síntesis
de las tierras arrasadas.
O tal vez crear un habla de intersticios,
que reúna los mínimos espacios
entreverados entre el silencio y la palabra
y las ignotas partículas sin codicia.


(Poesía Vertical)

domingo, 3 de abril de 2011

De ésas- Anne Sexton



He salido al mundo, un bruja poseída,
rondando el aire negro, más valiente por ello;
soñando el mal, he sobrevolado
las casas planas, de luz en luz:
pobre solitaria, con mis 12 dedos, enajenada.
Una mujer así no es una mujer, lo sé.
Yo he sido de ésas.

He encontrado las cuevas tibias del bosque,
las he llenado de sartenes, esculturas, estantes,
de armarios, sedas, de incontables bienes;
he preparado la cena para gusanos y elfos:
llorando, aullando, ordenando lo que estaba mal.
A una mujer así no se la comprende.
Yo he sido de ésas.

He viajado contigo, carretero, saludando
con los brazos desnudos a los pueblos que pasaban,
aprendiéndome las últimas rutas de la claridad, superviviente
allí donde tus llamas aún muerden mis muslos
y crujen mis costillas bajo la presión de tu carreta.
Una mujer así no se avergüenza de morir.
Yo he sido de ésas.


Anne Sexton (1928-1974) Anne Gray Harvey nació en Massachusetts en 1928. Se casó con Alfred Muller Sexton a los 19 años. Un año después de nacida su primera hija le diagnosticaron depresión post-parto, sufriendo su primer crisis mental e ingresando a un hospital neuropsiquiátrico. Regresaría allí varias veces, sobre todo luego de sus intentos de suicidio, que se agudizaron luego del nacimiento de sus segunda hija. Fue su médico quien la apoyó para que desarrollara el interés en la poesía que había mostrado en la escuela secundaria. En el otoño de 1957 se inscribió en un taller de poesía en donde conocería a Sylvia Plath. Unidas en una relación con matices que lindaban entre la identificación mutua y la rivalidad poética, fueron influencias la una para la otra, llegando a competir en las clases por quien escribía el mejor poema. En 1974, a pesar de su éxito como escritora -había ganado el Premio Pulitzer de poesía por su libro Live or Die- perdió su batalla contra la enfermedad mental. Luego de almorzar con su mejor amiga, Sexton fue hasta el garage, encendió el motor de su auto y se suicidó con el monóxido de carbono. Como Robert Lowell, Sylvia Plath, W. D. Snodgrass y otros llamados "poetas confesionales", Sexton ofrece al lector una mirada íntima de la angustia emocional que caracterizó su vida. Hizo de la experiencia de ser mujer un tópico central en su poesía y a pesar de soportar críticas por hablar de temas como la menstruación, el aborto y la adicción a las drogas, es evidente que su talento como poeta trascendió cualquier controversia.

Traducción y biografía: Griselda García

miércoles, 23 de febrero de 2011

Agonía fuera del muro- Rosario Castellanos




Miro las herramientas,
el mundo que los hombres hacen, donde se afanan,
sudan, paren, cohabitan.

El cuerpo de los hombres, prensado por los días,
su noche de ronquido y de zarpazo
y las encrucijadas en que se reconocen.

Hay ceguera y el hambre los alumbra
y la necesidad, más dura que metales.

Sin orgullo (¿qué es el orgullo? ¿Una vértebra
que todavía la especie no produce?)
los hombres roban, mienten,
como animal de presa olfatean,
devoran y disputan a otro la carroña.

Y cuando bailan, cuando se deslizan
o cuando burlan una ley o cuando
se envilecen, sonríen,
entornan levemente los párpados, contemplan
el vacío que se abre en sus entrañas
y se entregan a un éxtasis vegetal, inhumano.

Yo soy de alguna orilla, de otra parte,
soy de los que no saben ni arrebatar ni dar,
gente a quien compartir es imposible.

No te acerques a mí, hombre que haces el mundo,
déjame, no es preciso que me mates.
Yo soy de los que mueren solos, de los que mueren
de algo peor que vergüenza.

Yo muero de mirarte y no entender.



Poesía no eres tú
- Fondo de Cultura Económica

martes, 18 de enero de 2011

Tardes con Billie Holliday- Paulina Movsichoff





La pintura, pensaba, le había literalmente salvado la vida. Quién lo hubiera dicho, ella que insistió siempre en la imposibilidad de vivir sin Arturo. En realidad el artista había sido él. Desde que se conocieron fue como un acuerdo tácito. Julia sonreía al rememorar aquellos primeros meses de enamoramiento, cuando él le juraba que era la única, la verdadera. Sin embargo, a veces ella llegaba de sorpresa al taller y tenía que enfrentarse con la actitud rencorosa y desafiante de aquellas "minuzas" — como había dado en llamarlas — que lo perseguían con asiduidad y que no se resignaban a retirarse ante su presencia, a pesar de las indirectas cada vez más directas de Arturo. Aún se estremecía de rabia por lo sucedido dos meses atrás cuando entró como una tromba, se dirigió a la mesa trajinada de cervezas y vodkas y tiró los restos en la pileta de la cocina. Luego arrojó una mirada fulminante a la mujer de pelo rojizo y abundante maquillaje para después abrirle la puerta en un evidente e implacable gesto de despedida. Arturo no tuvo más remedio que aceptar que "conmigo te casas o no hay tu tía", como lo amenazaba ella un poco en broma y otro poco en serio y terminó por entrar en los convencionales carriles de la vida conyugal. Los pocos amigos que los frecuentaban se admiraron de ver a un Arturo cambiado, buen marido, dechado de fidelidad. Ni siquiera el aspecto económico resultó un problema (te morirás de hambre, Arturo es un bohemio) pues por esa época él comenzó a ser reconocido en el ambiente. No era raro entonces que vivieran con holgura de los tres o cuatro cuadros que vendía por año. Julia, por su parte, continuó con sus cátedras de literatura, lo cual le permitió mantener cierta independencia. Pero el centro de su vida nunca dejó de ser Arturo. Sólo esperaba el momento de la tarde en que él abría la puerta y, luego de besarla y de servirse un vodka-tonic, se tumbaba en el sillón a escuchar a Billiy Holliday y a mirarla con aquellos ojos cafés de reflejos amarillentos que a Julia le recordaban los de los gatos. También a ella había llegado a gustarle Billy Holliday y alguna vez, tirados en la alfombra, hicieron el amor bajo el influjo de aquella voz sinuosa y afelpada.
La enfermedad de Arturo entró en sus vidas como un viento huracanado en mitad de un día de campo. A los ruegos de Arturo, Marcelo Hardy, médico y amigo de muchos años, le confesó la verdad. Tenía cáncer de páncreas y ya nada quedaban por hacer, salvo esperar el desenlace. Sólo alguna droga para aliviar los posibles dolores. En vano Julia trató de insuflarle fuerzas para que luchara, se resistiera. "No quiero que te vayas", lloraba con desesperación. Arturo se limitaba a acariciarle la cabeza y a mirar pensativo el chisporroteo de las llamas en la chimenea.
Luego de su muerte, Julia decidió que no vendería la casa. Se trataba de una antigua y señorial casa que Arturo consiguió a precio irrisorio en el corazón de Belgrano. Con paciencia y esmero tiraron algunas paredes y techaron parte de la enorme terraza para adaptarla a sus gustos. Ambos estaban orgullosos de los vitraux que presidían la entrada, de la imponente escalera de caoba que Arturo compró como una bicoca en un remate. "No podría enjaularme en un departamento", pensaba Julia. No la hicieron cambiar de parecer la presión de sus padres ni la opinión de sus amigos. Por las tardes se servía un whisky y luego se hundía en el sillón a escuchar interminablemente a Billie Holliday, mientras recordaba el fulgor ansioso de los ojos de Arturo recorriendo su piel.
No supo qué la llevó a pintar. Lo cierto es que una tarde se encontró pincel en mano decorando un lienzo. Días después trasladó el taller de Arturo al "cuarto de las ventanas", como le llamaban a la pequeña habitación contigua al dormitorio y allí pasaba las horas olvidada de todo, del universo allá afuera, sin hacer caso del teléfono que sonaba de manera perentoria. Tampoco de los consejos de su madre. "Deberías salir", sos joven todavía". Ella no escuchaba razones. Una pasión desconocida la consumía, como si quisiera sacar de su interior algo largamente amordazado.
Cuando llegaba a verla alguna amiga, Julia la llevaba al taller. Le costaba disimular su satisfacción al ver el asombro de su visitante,"Tenés talento", le dijo Elvira una tarde, desviando la cara para largar el humo del cigarrillo. Elvira fue una de las más fanáticas admiradoras de Arturo. Era más que evidente que la pintura de Julia nada tenía que ver con la de él. Si los cuadros de su marido eran una abstracción, una evocación poética de la realidad, los de Julia parecían querer comunicar su exaltación, una dormida impulsividad.
Fue a comienzos de la primavera que empezó con los jardines. Toda la vida se había soñado a sí misma en un jardín salvaje, de plantas indómitas y hojas intensas y aterciopeladas. Y se dispuso a pintarlo. Pintó jardines con mujeres desnudas y ángeles volando como en un primigenio paraíso, jardines atravesados por arroyos cristalinos y verdeantes en los que el sol poniente era una bola de fuego, jardines con pimientos y acequias y lianas en que los monos se deslizaban despreocupados y felices, como si estas dos cualidades pudiesen encontrarse en otros vivientes que los humanos. Toda una serie de lienzos que abarrotaban ya el cuarto de las ventanas y en donde un eventual curioso se habría encontrado como en una selva. A veces a Julia le parecía escuchar el canto de los pájaros o el rumor de las alas de algún ángel. Sólo en el último cuadro se decidió. En medio de las zarzas y malezas, por entre grandes y rugosos árboles aparecía el tigre, con su calma desdeñosa y su silueta felina e inquietante. La tarde en que lo hubo terminado, Julia permaneció en una morosa contemplación. Le parecía tan vivo que hasta sentía que, de no haberla inhibido el miedo, podría pasar la mano por su lomo en una lenta caricia. Lo que más le impresionaba eran los ojos. Porque en aquellas pupilas luciferinas que la escrutaban desde la tela, le parecía reconocer los ojos de Arturo.
Esa noche llovió. En la cama daba una y otra vuelta, esperando que el sueño llegara cuanto antes a traer un alivio a su inquietud. Trataba de apartar de sus pensamientos de la cara de Arturo, de los ojos de Arturo mirándola como antes, enfebrecidos de deseo. Y esos ojos se asemejaban notablemente a los otros, a lo de su tigre. "Debería ver a un psiquiatra", pensó. "Tanto encierro me está volviendo una rayada". Fue entonces cuando escuchó abajo un sonido apagado, como si la lluvia se hubiera metido adentro de la casa. Pensó en bajar a la cocina a tomar agua. Pero antes que nada debía entrar al taller a cerrar una de las ventanas, golpeada insistentemente por el viento. Encendió la luz y se quedó perpleja ante la tela borroneada. Parecía que la lluvia hubiera invadido también aquel ámbito con el solo objeto de ensañarse con su pintura. Atontada, caminó hacia el rellano de la escalera. El fulgor de las pupilas fue suficiente para ver, para saber que allí estaba él al acecho, esperándola.


De Marrakesh y otros relatos

martes, 11 de enero de 2011

Comportamiento de guitarras- María Elena Walsh


En países guardados como el mío
hay un comportamiento de guitarras.
Reinan por toda la extensión del aire
con más autoridad que las campanas,
y también, en terrestre delincuencia,
a veces roban brío de fogatas.

Hay guitarras que imitan al oscuro
y otras mejores que ejecutan agua,
y las que lo madrugan al silencio
en estremecedoras circunstancias.

No sé qué dicen otras cuando hay luna
y nuestro territorio es la desgracia.
Sólo comprendo misteriosamente
que a un pobre cuerpo le regresa el alma
y que entre espigas que se caen mudas
tanta solicitud nos hace falta.

Cuando la intimidad es argentina
suele reconocerse por guitarras.
Unas solitas, otras con arrimo
de un latido fatal llamado caja,
donde la muerte tiene domicilio
en machacados huesos de vidalas,

No sé qué poderío submarino,
algo como noticias de las algas,
o informes sobre lluvias se suceden
bajo la tierra, sumergidas causas
y brujerías y disposiciones,
todo lo comunican y traspasan.

Y entonces nos quedamos a vivir
- si Dios nos presta sangre y esperanza -
a la sombra de tanto desconsuelo,
pero con la memoria acompañada
para siempre quizás por el origen
de lentas humanísimas guitarras.

Hecho a mano- Editorial Sudamericana

domingo, 2 de enero de 2011

Lección de cocina- Rosario Castellanos




La cocina resplandece de blancura. Es una lástima tener que mancillarla con el uso. Habría que sentarse a contemparla, a describirla, a cerrar los ojos, a evocarla. Fijándose bien esta nitidez, esta pulcritud carece del exceso deslumbrador que produce escalofríos en los sanatorios. ¿O es el halo de los desinfectantes, los pasos de goma de las afanadoras, la presencia oculta de la enfermedad y de la muerte? Qué me importa. Mi lugar está aquí. Desde el principio de los tiempos ha estado aquí. En el proverbio alemán la mujer es sinónimo de Kuche, Kinder, Kirche. Yo anduve extraviada en aulas, en calles, en oficina, en cafés; desperdiciada en destrezas que ahora he de olvidado para adquirir otras. Por ejemplo, elegir el menú. ¿Cómo podría llevar a cabo labor tan ímproba sin la colaboración de la sociedad, de la historia entera? En un estante especial, adecuado a mi estatura, se alinean mis espíritus protectores, esas aplaudidas equilibristas que concilian en las páginas de los recetarios las contradicciones más irreductibles: la esbeltez y la gula, el aspecto vistoso y la economía, la celeridad y la suculencia. Con sus combinaciones infinitas: la esbeltez y la economía, la celeridad y el aspecto vistoso, la suculencia y... ¿Qué me aconseja usted para la comida de hoy, experimentada ama de casa, inspiración de las madres ausentes y presentes, voz de la tradición, secreto a voces de los supermercados? Abro un libro al azar y leo: "La cena de don Quijote". Muy literario pero muy insatisfactorio. Porque don Quijote no tenía fama de gourmet sino de despistado. Aunque un análisis más a fondo del texto os revela, etc., etc., etc. Uf. Ha corrido más tinta en torno a esa figura que agua bajo los puentes. "pajaritos de centro de cara". Esotérico. ¿La cara de quién? ¿Tienen un centro la cara de algo o de alguien? Si lo tiene no ha de ser apetecible. "Bigos a la rumana." Pero ¿a quién supone usted que se está dirigiendo? Si yo supiera lo que es estragón y ananá no estaría consultando este libro porque sabría muchas otras cosas. Si tuviera usted el más mínimo sentido de la realidad debería, usted misma o cualquiera de sus colegas, tomarse el trabajo de escribir un diccionario de términos técnicos, redactar unos prolegómenos, idear una propedéutica para hacer accesible al profano el difícil arte culinario. Pero parten del supuesto de que todas estamos en el ajo y se limitan a enunciar. Yo, por lo menos, declaro solemnemente que no estoy, que no he estado nunca ni en este atajo que ustedes comparten ni en ningún otro. Jamás he entendido nada de nada. Pueden ustedes observar los síntomas; me planto, hecha una imbécil, dentro de una cocina impecable y neutra, con el delantal que usurpo para hacer un simulacro de eficiencia y del que seré despojada vergonzosa pero justicieramente.
Abro el compartimiento del refrigerador que anuncia "carnes" y extraigo un paquete irreconocible bajo su capa de hielo. La disuelvo en agua caliente y se me revela el título sin el cual no habría identificado jamás su contenido: es carne especial para asar. Magnífico. Un plato sencillo y sano. Como no representa la superación de ninguna antinomia ni el planteamiento de ninguna aporía, no se me antoja.
Y no es sólo el exceso de lógica el que me inhibe el hambre. Es también el aspecto, rígido por el frío; es el color que se manifiesta ahora que he desbaratado el paquete. Rojo, como si estuviera a punto de echarse a sangrar.
Del mismo color teníamos la espalda, mi marido y yo después de las orgiásticas asoleadas de las playas de "Acapulco". Él podía darse el lujo de "comportarse como quien es" y tenderse boca abajo para que no le rozara la piel dolorida. Pero yo, abnegada mujercita mexicana que nació como la paloma para el nido, sonreía a semejanza de Cuauhtémoc en el suplicio cuando dijo "Mi lecho no es de rosas" y se volvió a callar. Boca arriba, soportaba no sólo mi propio peso sino el de él encima del mío. La postura clásica para hacer el amor. Y gemía, de desgarramiento, de placer. El gemido clásico. Mitos, mitos.
Lo mejor (para mis quemaduras, al menos) era cuando se quedaba dormido. Bajo la yema de mis dedos - no muy sensibles por el prolongado contacto con las teclas de la máquina de escribir - el nylon de mi camisón de desposaba resbalaba en un fraudulento esfuerzo por parecer encaje. Yo jugueteaba con la punta de los botones y esos otros adornos que hacen parecer tan femenina a quien los usa, en la oscuridad de la alta noche. La albura de mis ropas, deliberada, reiterativa, impúdicamente simbólica, quedaba abolida transitoriamente. Algún instante quizá alcanzó a consumar su significado bajo la luz y bajo la mirada de esos ojos que ahora están vencidos por la fatiga.
Unos párpados que se cierran y he aquí, de nuevo, el exilio. Una enorme extensión arenosa, sino otro desenlace que el mar cuyo movimiento propone la parálisis; sin otra invitación que la del acantilado al suicidio.
Pero es mentira. Yo no soy el sueño que sueña, que sueña, que sueña; yo no soy el reflejo de una imagen en un cristal; a mí no me aniquila la cerrazón de una conciencia o de toda conciencia posible. Yo continúo viviendo con una vida densa, viscosa, turbia, aunque el que esté a mi lado y el remoto, me ignoren, me olviden, me pospongan, me abandonen, me desamen.
Yo también soy una conciencia que puede clausurarse, desamparar a otro y exponerlo al aniquilamiento. Yo... La carne, bajo la rociadura de la sal, ha acallado el escándalo de su rojez y ahora me resulta más tolerable, más familiar. Es el trozo que vi mil veces, sin darme cuenta, cuando me asomaba, de prisa, a decirle a la cocinera que...
No nacimos juntos. Nuestro encuentro se debió a un azar ¿feliz? Es demasiado pronto aún para afirmarlo. Coincidimos en una exposición, en una conferencia, en un cine-club; tropezamos en un elevador; me cedió su asiento en el tranvía; un guardabosques interrumpió nuestra perpleja y, hasta entonces, paralela contemplación de la jirafa porque era hora de cerrar el zoológico. Alguien, él o yo, es igual, hizo la pregunta idiota pero indispensable: ¿usted trabaja o estudia? Armonía del interés y de las buenas intenciones, manifestación de propósitos "serios". Hace un año yo no tenía la menor idea de su existencia y ahora reposo junto a él con los muslos entrelazados, húmedos de sudor y de semen. Podría levantarme sin despertarlo, ir descalza hasta la regadera. ¿Purificarme? No tengo asco. Prefiero creer que lo que me une a él es algo tan fácil de borrar como una secreción y no tan terrible como un sacramento.
Así que permanezco inmóvil, respirando rítmicamente para imitar el sosiego, puliendo mi insomnio, la única joya de soltera que he conservado y que estoy dispuesta a conservar hasta la muerte.
Bajo el breve diluvio de pimienta la carne parece haber encanecido. Desvanezco este signo de vejez frotando como si quisiera traspasar la superficie e impregnar el espesor con las esencias. Porque perdí mi antiguo nombre y aún no me acostumbro al nuevo, que tampoco es mío. Cuando en el vestíbulo del hotel algún empleado me reclama, yo permanezco sorda, con ese vago malestar que es el preludio del reconocimiento. ¿Quién será la persona que no atiende a la llamada? Podría tratarse de algo urgente, grave, definitivo, de vida o muerte. El que llama se desespera, se va sin dejar ningún rastro, ningún mensaje y anula la posibilidad de cualquier nuevo encuentro. ¿Es la angustia la que oprime mi corazón? No, es su mano la que oprime mi hombro. Y sus labios que sonríen con una burla benévola, más que de dueño, de taumaturgo.
Y bien, acepto mientras nos encaminamos al bar (el hombro me arde, está despellejándose) es verdad que el contacto o colisión con él no ha sufrido una metamorfosis profunda: no sabía y no sé, no sentía y no siento, no era y no soy.
Habría que dejarla reposar así. Hasta que ascienda la temperatura ambiente, hasta que se impregne de los sabores de que la he recubierto. Me da la impresión de que no he sabido calcular bien y de que he comprado un pedazo excesivo para nosotros dos. Yo, por pereza, no soy carnívora. Él por estética, guarda la línea. ¡Va a sobrar casi todo! Sí, ya sé que no debo preocuparme: que alguna de las hadas que revolotean en torno mío va acudir en mi auxilio y a explicarme cómo se aprovechan los desperdicios. Es un paso en falso de todos modos. No se inicia una vida conyugal de manera tan sórdida. Me temo que no se inicie tampoco con un platillo tan anodino como la carne asada.
Gracias, murmuro, mientras me limpio los labios con la punta de la servilleta. Gracias por la copa transparente, por la aceituna sumergida. Gracias por haberme abierto la jaula de una rutina estéril para cerrarme la jaula de otra rutina que, según todos los propósitos y las posibilidades, ha de ser fecunda. Gracias por darme la oportunidad de lucir un traje largo y caudaloso, por ayudarme a avanzar en el interior del templo, exaltada por la música del órgano... Gracias por...
¿Cuánto tiempo se tomará para estar lista? Bueno, no debería de importarme demasiado porque hay que ponerla al fuego a última hora. Tarda muy poco, dicen los manuales. ¿Cuánto es poco? ¿Quince minutos? ¿Diez? ¿Cinco? Naturalmente, el texto no especifica. Me supone una intuición que, según mi sexo, debo poseer pero que no poseo, un sentido sin el que nací que me permitiría advertir el momento preciso en que la carne está a punto.
¿Y tú? ¿No tienes nada que agradecerme? Lo has puntualizado con una solemnidad un poco pedante y con una precisión que acaso pretendía ser halagadora pero que me resultaba ofensiva: mi virginidad. Cuando la descubriste yo me sentí el último dinosaurio en un planeta del que la especie había desaparecido. Ansiaba justificarme, explicar que si llegué hasta ti intacta no fue por virtud ni por orgullo ni por fealdad sino por apego a un estilo. No soy barroca. La pequeña imperfección en la perla me es insoportable. No me queda entonces más alternativa que el neoclásico y su rigidez es incompatible con la espontaneidad para hacer el amor. Yo carezco de la soltura del que rema, del que juega al tenis, del que se desliza bailando. No practico ningún deporte. Cumplo un rito y el ademán de entrega se me petrifica en un gesto estatuario.
¿Acechas mi tránsito a la fluidez, lo esperas, lo necesitas? ¿O te basta este hieratismo que te sacraliza y que tú interpretas como la pasividad que corresponde a mi naturaleza? Y si a la tuya corresponde ser voluble te tranquilizará pensar que no estorbaré tus aventuras. No será indispensable - gracias a mi temperamento - que me cebes, que me ates de pies y manos con los hijos, que me amordaces con la miel espesa de la resignación. Yo permaneceré como permanezco. Quieta. Cuando dejas caer tu cuerpo sobre el mío siento que me cubre una lápida, llena de inscripciones, de nombres ajenos, de fechas memorables. Gimes inarticuladamente y quisiera susurrarte al oído mi nombre para que recuerdes quién es a la que posees.
Soy yo. ¿Pero quién soy yo? Tu esposa, claro. Y ese título basta para distinguirme de los recuerdos del pasado, de los proyectos para el porvenir. Llevo una marca de propiedad y no obstante me miras con desconfianza. No estoy tejiendo una red para prenderte. No soy una mantis religiosa. Te agradezco que creas en semejante hipótesis. Pero es falsa.
Esta carne tiene una dureza y una consistencia que no caracterizan a las reses. Ha de ser de mamut. Desde esos que se han conservado, desde la prehistoria, en los hielos de Siberia y que los campesinos descongelan y sazonan para la comida. En el aburridísimo documental que exhibieron en la Embajada, tan lleno de detalles superfluos, no se hacía la menor alusión al tiempo que dedicaban a volverlos comestibles. Años, meses. Y yo tengo a mi disposición un plazo de...
¿Es la alondra? ¿Es el ruiseñor? No, nuestro horario no va a regirse por tan aladas criaturas como las que avisaban el advenimiento de la aurora a Romeo y Julieta sino por un estentóreo e inequívoco despertador. Y tú no bajarás al día por la escala de mis trenzas sino por los pasos de una querella minuciosa: se te ha desprendido un botón del saco, el pan está quemado, el café frío.
Yo rumiaré, en silencio, mi rencor. Se me atribuyen las responsabilidades y las tareas de una criada para todo. He de mantener la casa impecable, la ropa lista, el ritmo de la alimentación infalible. Pero no se me paga ningún sueldo, no se me concede un día libre a la semana, no puedo cambiar de amo. Debo, por otra parte, contribuir al sostenimiento del hogar y he de desempeñar con eficacia un trabajo en el que el jefe exige y los compañeros conspiran y los subordinados odian. En mis ratos de ocio me transformo en una dama de sociedad que ofrece comidas y cenas a los amigos de su marido, que asiste a reuniones, que se abona a la ópera, que controla su peso, que renueva su guardarropa, que cuida la lozanía de su cutis, que se conserva atractiva, que está al tanto de los chismes, que se desvela y que madruga, que corre el riesgo mensual de la maternidad, que cree en las juntas nocturnas de ejecutivos, en los viajes de negocios y en la llegada de clientes imprevistos; que padece alucinaciones olfativas cuando percibe la emanación de perfumes franceses (diferentes de los que ella usa) de las camisas, de los pañuelos de su marido; que en sus noches solitarias se niega a pensar por qué o para qué tantos afanes y se prepara una bebida bien cargada y lee una novela policíaca con ese ánimo frágil de los convalecientes.
¿No sería oportuno prender la estufa? Una lumbre muy baja para que se vaya calentando, poco a poco, el asador "que previamente ha de untarse con un poco de grasa para que la carne no se pegue". Eso se me ocurre hasta a mí, no había necesidad de gastar en esas recomendaciones las páginas de un libro.
Y yo, soy muy torpe. Ahora se llama torpeza; antes se llamaba inocencia y te encantaba. Pero a mí no me ha encantado nunca. De soltera leía cosas a escondidas. Sudando de emoción y de vergüenza. Nunca me enteré de nada. Me latían las sienes, se me nublaban los ojos, se me contraían los músculos en un espasmo de náusea.
El aceite está empezando a hervir. Se me pasó la mano, manirrota, y ahora chisporrotea, salta y me quema. Así voy a quemarme yo en los apretados infiernos por mi culpa, por mi culpa, por mi grandísima culpa. Pero, niñita, tú no eres la única. Todas tus compañeras de colegio hacen lo mismo, o cosas peores, se acusan en el confesionario, cumplen la penitencia, las perdonan y reinciden. Todas. Si yo hubiera seguido frecuentándolas me sujetarían a un interrogatorio. Las casadas para cerciorarse, las solteras para averiguar hasta dónde pueden aventurarse. imposible defraudarlas. Yo inventaría acrobacias, desfallecimientos sublimes, transportes como se les llama en Las mil y una noches, récords. ¡Si me oyeras entonces no te reconocerías, Casanova!
Dejo caer la carne sobre la plancha e instintivamente retrocedo hasta la pared. ¡Qué estrépito! Ahora ha cesado. La carne yace silenciosamente, fiel a su condición de cadáver. Sigo creyendo que es demasiado grande.
Y no es que me hayas defraudado. Yo no esperaba, es cierto, nada en particular. Poco a poco iremos revelándonos mutuamente, descubriendo nuestros secretos, nuestros pequeños trucos, aprendiendo a complacernos. Y un día tú y yo seremos una pareja de amantes perfectos y entonces, en la mitad de un abrazo, nos desvaneceremos y aparecerá en la pantalla la palabra "fin".
¿Qué pasa? La carne se está encogiendo. No, no me hago ilusiones, no me equivoco. Se puede ver la marca de su tamaño original por el contorno que dibujó en la plancha. Era un poco más grande. ¡Qué bueno! Ojalá quede a la medida de nuestro apetito.
Para la siguiente película me gustaría que me encargaran otro papel. ¿Bruja en una aldea salvaje? No, hoy no me siento inclinada ni la heroísmo ni al peligro. Más bien mujer famosa (diseñadora de modas o algo así), independiente y rica que vive sola en un apartamento de Nueva York, París o Londres. Sus "affaires" ocasionales la divierten pero no la alteran. No es sentimental. Después de una escena de ruptura enciende un cigarrillo y contempla el paisaje urbano a través de los grandes ventanales de su estudio.
Ah, el color de la carne es ahora mucho más decente. Sólo en algunos puntos se obstina en recordar su crudeza. Por lo demás es dorado y exhala un aroma delicioso. ¿Irá a ser delicioso para los dos? La estoy viendo muy pequeña.
Si ahora mismo me arreglara, estrenara uno de esos modelos que forman parte de mi trousseau y saliera a la calle ¿qué sucedería, eh? A la mejor me abordaba un hombre maduro, con automóvil y todo. Maduro. Retirado. El único que a estas horas se obstina en andar de cacería.
¿Qué rayos pasa? Esta maldita carne está empezando a soltar un humo negro y horrible. ¡Tenía yo que haberle dado vuelta! Quemado de un lado. Menos mal que tiene dos.
Señorita, si usted me permitiera... ¡Señora! Y le advierto que mi marido es muy celoso... Entonces no debería dejarla andar sola. Es usted una tentación para cualquier viandante. Nadie en el mundo dice viandante. ¿Transeúnte? Sólo los periódicos cuando hablan de los atropellados. Es usted una tentación para cualquier x. Silencio. Sig-ni-fi-ca-ti-vo. Miradas de esfinge. El hombre maduro me sigue a prudente distancia. Más le vale. Más me vale a mí porque en la esquina ¡zas! Mi marido, que me espía, que no me deja ni a sol ni a sombra, que sospecha de todo y de todos, señor juez. Que así no es posible vivir, que yo quiero divorciarme.
¿Y ahora qué? A esta carne su mamá no le enseñó que era carne y que debería comportarse con conducta. Se enrosca igual que una charamusca. Además yo no sé de dónde puede seguir sacando tanto humo si ya apagué la estufa hace siglos. Claro, claro, doctora Corazón. Lo que procede ahora es abrir la ventana, conectar el purificador de aire para que no huela a nada cuando venga mi marido. Y yo saldría muy mona a recibirlo a la puerta, con mi mejor vestido, mi mejor sonrisa y mi más cordial invitación para comer fuera.
Es una posibilidad. Nosotros examinaríamos la carta del restaurante mientras un miserable pedazo de carne carbonizada, yacería, oculta, en el fondo del bote de la basura. Yo me cuidaría mucho de mencionar el incidente y sería considerada como una esposa un poco irresponsable, y con proclividades a la frivolidad pero no como una tarada. Ésta es la primera imagen pública que proyecto y he de mantenerme después consecuente con ella, aunque sea inexacta.
Hay otra posibilidad. No abrir la ventana, no conectar el purificador de aire, no tirar la carne a la basura. Y cuando venga mi marido dejar que olfatee, como los ogros de los cuentos, y diga que aquí huele, no a carne humana, sino a mujer inútil. Yo exageraré mi compunción para incitarlo a la magnanimidad. Después de todo, lo ocurrido ¡es tan normal! ¿A qué recién casada no le pasa lo que a mí acaba de pasarme? Cuando vayamos a visitar a mi suegra, ella, que todavía está en etapa de no agredirme porque no conoce aún cuáles son mis puntos débiles, me relatará sus propias experiencias. Aquella vez, por ejemplo, que su marido le pidió un par de huevos estrellados y ella tomó la frase al pie de la letra y... ja, ja, ja. ¿Fue eso un obstáculo para que llegara a convertirse en una viuda fabulosa? Porque lo de la viudez sobrevino mucho más tarde y por otras causas. A partir de entonces ella dio rienda a suelta a sus instintos maternales y echó a perder con sus mimos...
No le va a hacer la menor gracia. Va a decir que me distraje, que es el colmo del descuido. Y, sí, por condescendencia yo voy a aceptar sus acusaciones.
Pero no es verdad, no es verdad. Yo estuve todo el tiempo pendiente de la carne, fijándome en que le sucedían una serie de cosas rarísimas. Con razón Santa Teresa decía que Dios anda en los pucheros. O la materia que es energía o como se llame ahora.
Recapitulemos. Aparece, primero el trozo de carne con un color, una forma, un tamaño. Luego cambia y se pone más bonita y se siente una muy contenta. Luego vuelve a cambiar y ya no está tan bonita. Y sigue cambiando y cambiando y cambiando y lo que uno no atina es cuándo pararle el alto. Porque si yo dejo este trozo de carne indefinidamente expuesto al fuego, se consume hasta que no quede ni rastros de él. Y el trozo de carne que daba la impresión de ser algo tan sólido, tan real, ya no existe.
¿Entonces? Mi marido también da la impresión de solidez y de realidad cuando estamos juntos, cuando lo toco, cuando lo veo. Seguramente cambia, y cambio yo también, aunque de manera tan lenta, tan morosa que ninguno de los dos lo advierte. Después se va y bruscamente se convierte en recuerdo y... Ah, no, no voy a caer en esa trampa: la del personaje inventado y el narrador inventado y la anécdota inventada. Además, no es la consecuencia que se deriva lícitamente del episodio de la carne.
La carne no ha dejado de existir. Ha sufrido una serie de metamorfosis. Y el hecho de que cese de ser perceptible para los sentidos no significa que se haya concluido el ciclo sino que se ha dado el salto cualitativo. Continuará operando en otros niveles. En el de mi conciencia, en el de mi memoria, en el de mi voluntad, modificándome, determinándome, estableciendo la dirección de mi futuro.
Yo seré, de hoy en adelante, lo que elija en este momento. Seductoramente aturdida, profundamente reservada, hipócrita. Yo impondré, desde el principio, y con un poco de impertinencia, las reglas del juego. Mi marido resentirá la impronta de mi dominio que irá dilatándose, como los círculos en la superficie del agua sobre la que se ha arrojado una piedra. Forcejeará por prevalecer y si cede yo le corresponderé con el desprecio y si no cede yo no seré capaz de perdonarlo.
Si asumo la otra actitud, y si soy el caso típico, la femineidad que necesita indulgencia para sus errores, la balanza se inclinará a favor de mi antagonista y yo participaré en la competencia con un handicap que, aparentemente, me destina a la derrota y que, en el fondo, me garantiza el triunfo por la sinuosa vía que recorrieron mis antepasadas, las humildes, las que no abrían los labios para asentir, y lograron la obediencia ajena hasta al más irracional de los caprichos. La receta, pues, es vieja y su eficacia está comprobada. Si todavía lo dudo me basta preguntar a la más próxima de mis vecinas. Ello confirmará mi certidumbre.
Sólo que me repugna actuar así. Esta definición no me es aplicable y tampoco la anterior, ninguna corresponde a mi verdad interna, ninguna salvaguarda mi autenticidad. ¿He de acogerme a cualquiera de ellas y ceñirme a sus términos sólo porque es un lugar común aceptado por la mayoría y comprensible para todos? Y no es que yo sea una "rara avis". De mí no se puede decir lo que Pfandl dijo de Sor Juana: que pertenezco a la clase de neuróticos cavilosos. El diagnóstico es muy fácil ¿pero qué consecuencias acarrearía asumirlo?
Si insisto en afirmar mi versión de los hechos mi marido va a mirarme con suspicacia, va a sentirse incómodo en mi compañía y va a vivir en la continua expectativa de que se me declare la locura.
Nuestra convivencia no podrá ser más problemática. Y él no quiere conflictos de ninguna índole. Menos aún conflictos tan abstractos, tan absurdos, tan metafísicos como los que yo plantearía. Su hogar es el remanso de paz en que se refugia de las tempestades de la vida. De acuerdo. Yo lo acepté al casarme y estaba dispuesta a llegar hasta el sacrificio en aras de la armonía conyugal. Pero yo contaba con que el sacrificio, el renunciamiento completo a lo que soy, no se me demandaría más que en la Ocasión Sublime, en la Hora de las Grandes Resoluciones, en el Momento de la decisión Definitva. No con lo que me he topado hoy que es algo muy insignificante, muy ridículo. Y sin embargo...


Cuentistas mexicanas siglo XX. Universidad Autónoma de México.




Biografía de Rosario Castellanos

Nació en la Ciudad de México el 25 de mayo de 1925, pero recién nacida fue llevada a Comitán, Chiapas, ubicado al extremo sur del territorio. Ahí realizó sus estudios primarios y dos de secundaria, luego regresó a la capital a los dieciséis años. Era prima hermana de María Luz Carreri Castellanos de la ciudad de Comitán.
Estudió la licenciatura y la maestría en filosofía en la Universidad Nacional Autónoma de México. Posteriormente y con una beca del Instituto de Cultura Hispánica, realizó cursos de postgrado sobre estética y estilística en Madrid, España.
Fue becaria Rockefeller en el Centro Mexicano de Escritores de 1954 a 1955.
En 1958 recibió el Premio Chiapas por Balún Canán y tres años después el Premio Xavier Villaurrutia por Ciudad real.
En 1962 su libro Oficio de tinieblas obtuvo el Premio Sor Juana Inés de la Cruz, otros galardones recibidos fueron el Premio Carlos Trouyet de Letras (1967) y el Premio Elías Sourasky de Letras (1972).
Rosario tuvo imprtantes cargos, que le permitieron difundir la cultura y el arte:
* Fue promotora cultural en el Instituto de Ciencias y Artes en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.
* Directora de Teatro Guiñol en el Centro Coordinador Tzeltal-Tzotzil, en el Instituto Nacional Indigenista en San Cristóbal, Chiapas.
* Directora general de Información y Prensa de la Universidad Nacional Autónoma de México (1960-1966).
* Profesora en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México(de 1961 a 1971) donde impartió las cátedras de literatura comparada, novela contemporánea y seminario de crítica.
* Secretaría del Pen Club (asociación de escritores a nivel mundial, con sede en París).
* Redactora de textos escolares.
* Ejerció con gran éxito el magisterio en México y en el extranjero; en los Estados Unidos fue maestra invitada por las Universidades de Wisconsin y Bloomington en los años de 1966 y 1967, y en Israel en la Universidad Hebrea de Jerusalem, desde su nombramiento como embajadora de México en ese país en 1971 hasta su muerte.
Falleció en Tel Aviv el 7 de agosto de 1974 , a consecuencia de una descarga eléctrica provocada por una lámpara. Sus restos, por órdenes del Presidente Luis Echeverría, serían sepultados en la Rotonda de los Hombres Ilustres, en la Ciudad de México.