domingo, 28 de noviembre de 2010

El polvo enamorado. Josefina Pla



VIII

Levántate. Camina, Y no te quejes.
Tú que hablaste de amor. Porque el amor es esto;
Un descanso imposible, un más allá en perpetuo reto,
Un viaje nuevo
Tras de cada jornada insuficiente.
¿Qué vida nuestra vida, si todo lo engendrase todo, menos
el hambre de otras vidas?)
Levántate. Camina, Porque esto es el amor que te secaba
las carnes como seca el sol los herbazales en enero.
Esto es el amor, seguir tu forma inacabada,
Sonámbula por todos los corredores de la muerte.

IX

Entre tanto, levántate. Camina.
No llores el amor que estuvo en tus mejilla claras,
que corrió por los mapas celosos de tu sangre,
porque ese amor te citará al regreso.
Él ha de levantar tu polvo de noche entre los muertos
- hijo de nuestra oculta llamarada -
para darle otra vez una sed del tamaño del cielo.
(Ojos de uva al mediodía,
manos como estrellas abiertas a tientas en lo oscuro,
pasos midiendo bosques de olvidadizas hojas)).
Levántate. Camina. Mundo de encendidas abejas, tu pulso
perdió voz y mirada. Es solo amor, tan sólo
Amor. Amor tan sólo.


X

Mira bien el manojo de rotos tulipanes
Matadero de soles, Porque en él volverán a quemarse como
polillas tus deseos.
Mira bien los plantíos, donde septiembre alza verdes
vapores tiernos;
porque ellos levantarán el índice de tus tapiados pasos.
Y no llores en demasía la tarde que se te va cargada de preguntas,
como fruto de fuego con la vedada almendra;
porque hasta la última de ellas te será contestada
y aunque tú no lo quieras ha de llenar un día
el largo y ancho de tu muerte
la verdad que ha de darte tu nombre de una vez para siempre.

11. Cuadernos del colibrí- DIÁLOGO- Asunción del Paraguay

Josefina Pla (Isla de Lobos, Canarias, España, 1903 - Asunción, Paraguay, 1999) poeta, dramaturga, narradora, ensayista, ceramista, crítica de arte, pintora y periodista.

Escribió poesía, cuento, novela y ensayo. Tuvo una gran influencia sobre futuras generaciones de intelectuales de Paraguay. A lo largo de su vida recibió numerosos premios y distinciones por su labor literaria y en defensa de los derechos humanos y la igualdad entre hombre y mujeres.

Vivir la otra que soy que no fui que habría sido.
Vivir la que sería Morir la que aún no soy.
Dormir todos los fui Despertar otro voy.


Nos habremos deseado tanto/ que el beso habrá muerto. Desnudo Día, 1936

miércoles, 14 de julio de 2010

La desconocida del Plata- Paulina Movsichoff



Nuestra dicha fugaz resplandece en esta cama en donde estamos una al lado de la otra. No me olvides nunca, me dices y yo no quiero que veas mis lágrimas, y te digo que nada podrá hacerte daño mientras nos queramos, la muerte nos dará una tregua, ya verás, la muerte no se ensaña con dos pobres mujeres que se aman porque ella también es mujer y sabe que desde el principio de los tiempos estábamos destinadas. Quiero salvarte y para ello voy remontando tu piel poro a poro, recitando un conjuro para que no cedas, para que no me dejes huérfana de tu voz, para que mostremos al mundo que el amor es más poderoso que todas las razones de la Parca. No te irás, Renata, porque te tengo atada a mi corazón con un hilo indestructible y vos nada decís, mientras abrís tus muslos para que yo me acomode en ellos como en la almohada de la luna, somos dos maderos náufragos en el océano del amor, hemos dejado atrás nuestras señas, nada más que vos y yo, sin trajes, sin nombres, sin retratos, una mujer y otra mujer, y pase lo que pase tu piel se quedará conmigo, tu aroma de lluvia sobre la tierra en el verano, en vos busco y encuentro mi semejanza, esa que siempre hasta ahora me fuera negada, en vos todo lo que respira en mi interior descansa. Tus manos también recorren mi cuerpo mientras nuestras piernas se entrelazan y somos una hidra, una medusa que ríe, mi lengua se pasea por tu vientre y hay gemidos y risas y bostezos, y entonces volamos, Renata, hacia ese país prohibido, a ese paraíso de donde fuimos expulsadas desde el fondo de los tiempos, porque la causa no fue la serpiente sino que Eva vio a su hermana entre las frondas y se enamoró de ella. Nadie se atrevió a decir que Dios creó no una sino a dos mujeres, para que Adán nunca se sintiera solo, para que tuviera un harén, el tonto de Adán. Pero ellas se divertían mucho la una con la otra y entonces papá Dios se enojó de que su hijo varón fuera despreciado y las echó, mientras lo dejó a él para que guardara la puerta y no pudiéramos entrar. Pero ahora hemos brotado de la oscuridad, Renata, y el corazón del mundo es una ampolla pequeñísima en donde sólo cabemos vos y yo, una caja fuerte de la que hemos tirado la llave para que nadie venga a molestarnos. Nuestro aposento es un navío que recorre tierras ignoradas, mientras la tormenta nos instruye de algas, nos informa de todas las delicias que aún ignoran los enamorados.




Novela Inédita (Fragmento)

martes, 6 de julio de 2010

Fidelidad- Paulina Movsichoff


Ya la luz fue plegada en los arcones del porvenir
Ahora te acoges a esa lámpara
que sondea cautivadoras retamas
Tal vez la espera ya no importe
La obstinada pregunta por las horas
Por esas creaciones de arrasadora belleza
cuyo fulgor atesoraste como si fuera la caligrafía
/de los ángeles
Ahora te despojas de los ropajes del acatamiento
y albergas en tu pecho la palabra aún no dicha
Esa que te negaron durante tanto tiempo
la que empuja tu barca hacia los encandilados estuarios
Ahora contemplas la torre inalcanzable
Esos misteriosos territorios cuya fidelidad nunca dejó de guardar tu corazón


Coral en la tiniebla- Ediciones del valle

viernes, 4 de junio de 2010

El niño y la muerte- Rosario Castellanos


Nadie va a descubrir el Mediterráneo cuando afirme que una de las características que mejor definen al mexicano es su concepción de la muerte y el trato que le dispensa. “Nos enamora con su ojo lánguido”, afirma José Gorostiza en ese poema suyo que desmiente su propio nombre porque es el monumento a la inmortalidad.* Y Octavio Paz añade que “la muerte es un espejo que refleja las vanas gesticulaciones de la vida. Toda esa abigarrada confusión de actos, omisiones, arrepentimientos y tentativas – obras y sobras – que es cada día, encuentra en la muerte, ya que no sentido o explicación, fin. Frente a ella nuestra vida se dibuja e inmoviliza. Antes de desmoronarse y hundirse en la nada se esculpe y vuelve a aparecer inmutable: ya no cambiaremos Nanda sino para desaparecer. Nuestra muerte ilumina nuestra vida…Por otra parte, la muerte nos venga de la vida, la desnuda de todas sus vanidades y pretensiones y la convierte en lo que es: unos huesos mondos y una mueca espantable. En un mundo cerrado y sin salida en donde todo es muerte, lo único valioso es la muerte. Pero armamos algo negativo. Calaveras de azúcar o de papel de China, esqueletos coloridos o papel de artificio, nuestras representaciones populares son siempre burla de la vida, afirmación de la nadería e insignificancia de la humana existencia. Adornamos nuestra casa con cráneos, comemos el día de los difuntos panes que fingen huesos y nos divierten canciones y chascarrillos en los que ríe la muerte pelona, pero toda esa familiaridad no nos dispensa de la pregunta que todos nos hacemos: ¿qué es la muerte? No hemos inventado una nueva respuesta. Y cada vez que nos la preguntamos, nos encogemos de hombros: ¿qué me importa la muerte si no me importa la vida”
Pero esta familiaridad, que es la engendradora del desprecio según la expresión de Shakespeare, no surge entre nosotros de una manera espontánea sino que es producto de una larga y paciente preparación en la mentalidad del niño y del adolescente que desemboca en las formas de conducta del adulto.
Al niño mexicano se le arrulla, desde la cuna, no con canciones en las que hacen acto de presencia las hadas, los gnomos y esos otros seres imaginarios, cuando no benéfico al menos inofensivos, que pueblan el folklores de tantos otros países, sino que se le hace pensar (¿pensar ya, tan pronto, cuando está tan desprovisto aún de los instrumentos de la reflexión? Quizá hemos hecho uso de una palabra demasiado presuntuosa y haya que buscar otra más exacta: percibir) se le hace percibir que existe una realidad, muy concreta, muy inmediata, muy inminente.

Duérmase mi niño,
que ahí viene el viejo,
le come la carne,
le deja el pellejo,
su mamá la rata
su papá el conejo.


Todo así en el alrededor del niño, se vuelve cómplice de la gran portadora de la destrucción. El viejo, que podía ser el abuelo que se hacía de la vista gorda antes las travesuras, que se interponía frente a los castigos, que estimulaba los juegos, se ha convertido en un devorador, emparentado – además – con otras criaturas, habitantes de los rincones de la casa o de la amplitud del patio, criaturas a las que alguna vez acarició.

Cuchito, Cuchito
mató a su mujer
non un cuchillito
del tamaño de él.
Le sacó las tripas
y las fue a vender.
- ¡Mercarán tripitas
de mala mujer!


¿Qué es lo que duerme al niño? ¿El ritmo, la repetición hipnótica, la melodiosa voz de la que canta? No. El miedo, la necesidad de escapara de la amenaza entando en el ámbito de otro mundo en el que tampoco se está a salvo porque en el sueño aparecen las figuras de cuerpos destrozados, de entrañas rotas.
Hay otra posibilidad de evasión: ese momento en que el ser humano se emancipa de las leyes de la naturaleza, de las imposiciones del mundo exterior y aún de sí mismo. Ese momento es el juego.
Pero el niño mexicano, cuando juega, tiene entre sus compañeros la muerte, no como una nueva invocación, sino como una compañera más, como un protagonista activo:

Naranja dulce
limón celeste
dile a María
que no se acueste.
María, María
ya se acostó,
Vino la muerte
y se la llevó.


Así ocurren las cosas: intempestiva y fácilmente. Basta con no haber cumplido una condición (¿y qué condición parece ser más insignificante que la de no acostarse?) para que la fatalidad se cumpla. Y puesto que es una fatalidad y no hay manera alguna de conjurarla sólo queda elegir el modus operandi de la muerte.

Una pulga se pasea
de la sala ala comedor
-No me mates con cuchillo
mátame con tenedor.


Y puesto que es una fatalidad de nada vale rasgarse las vestiduras ni cubrirse con cenizas la cabeza. ¿Por qué no, entonces, reírse de la muerte? Porque, además, reírse de algo es la forma simbólica de colocarse fuera del alcance de algo.

A don Crispín,
pirirín, pirirín,
se le murió,
pororón, pororón,
su chiquitín,
pirirín, pirirín,
de sarampión,
pororón, pororón.
Y don Crispín,
Pirirín, pirirín,
se lo llevó,
pororón, pororón,
en un patín,
pirirín, pirirín,
hasta el panteón.


Aquí todavía se trata de una anécdota. Morir ya no es un acontecimiento trágico, ni siquiera grave, sino intrascendente y, hasta cierto punto, cómico. Pero aún se puede ir más adelante y contemplar a la muerte cara a cara y descubrir que su visión no produce espanto sino que es motivo de risa.

Estaba la muerte un día
sentada en un arenal
comiendo tortilla fría
pa’ver si podía engordar.
Estaba la muerte seca
sentada en un muladar,
comiendo tortilla dura,
pa’ver si podía engordar.



Flaca, ridícula, impotente aun en relación consigo misma, la muerte pierde uno de sus caracteres que la ayudaban a ser temible: esa totalidad de la nada que se condensaba en las seis letras de su nombre para convertirse en un fragmento al que es posible aproximarse no porque nos obligue, recurriendo a la fascinación del aniquilamiento, sino porque nos invita convidándonos a compartir lo que posee.

Estaba la media muerte
sentada en un tecomate,
diciéndole a los muchachos:
-¡vengan, beban chocolate!


El muchacho que bebe chocolate con esta anfitriona ya es un iniciado, un mexicano que algún día le dirá, como al desgaire, con ese desdén mezclado de ternura que constituye el núcleo de su trato: “anda putilla del rubor helado – anda, vámonos al diablo”.
Y se irán, recordando los arrullos, las rondas, los juegos infantiles, las adivinanzas que ha recogido Patricia Martel Díaz Cortés en una tesis para la licenciatura en letras. Una tesis que exige, para su complemento y plenitud, la insistencia en la investigación de nuevos materiales y el rigor para la interpretación de los posibles sentidos y significados.

Mujer que sabe latín- Lecturas mexicanas, FCE, Cultura SEP

miércoles, 2 de junio de 2010

Presencia del otoño- Juan Gelman





Debí decir te amo.
Pero estaba el otoño haciendo señas,
clavándome su puertas en el alma.

Amada, tú recíbelo.
Vete por él, transporta tu dulzura
por su dulzura madre.
Vete por él, por él, otoño duro,
otoño suave en quien reclino mi aire.

Vete por él, amada.
No soy yo el que te ama este minuto.
Es él en mí, su invento.
Un lento asesinato de ternura.


Poesía latinoamericana- Pablo Gissara y Sebastián Porrini (Selección)

lunes, 17 de mayo de 2010

Una mujer silenciosa- Paulina Movsichoff




A veces el recuerdo aturde. Es lo que le sucedía a Juan Carlos en los últimos meses, cuando pensaba que la pena por la muerte de Elvira, su mujer, estaba ya superada y había creído poder continuar solo, sin otra compañía que la de los libros y la música. Ahora caía en la cuenta de su ingenuidad, ya que después de casi un año en que la imagen de ella fuera apenas una mordedura en los ratos perdidos, una difusa tristeza en alguno que otro atardecer, la memoria volvía a torturarlo. Sus amigos más cercanos, que lo advirtieron, se confabularon para invitarlo a sus casas, para presentarle amigas solteras o separadas. Juan Carlos rehusaba sistemáticamente estas invitaciones y, en cuanto a trabar relación con otra mujer, aseguraba que nadie podría nunca reemplazar a Elvira. De modo que, casi insensiblemente, se fue encontrando cada vez más solo. Él siguió su vida rutinaria de abogado, trabajando en el estudio algunas horas del día para luego correr a refugiarse en su casona de Palermo Viejo. Luego de servirse un whisky, cerraba las persianas del escritorio y se arrellanaba en el mullido sillón de cuero para escuchar interminablemente el Requiem de Mozart o la Pasión según San Mateo de Bach. En ciertos momentos el recuerdo de Elvira adquiría tal intensidad que no podía evitar que los sollozos lo anegaran. Volvía a ver entonces su pelo rubio, cortado casi al rape, los ojos castaños que tanto besara en sus noches de amor. Esas noches no fueron tantas, sin embargo. Elvira murió de cáncer tres meses después de que se casaran. Juan Carlos trataba de no pensar en el hijo que quisieron tener y que nunca llegó, en la risa de Elvira sacudiéndose el pelo mojado sobre el torso desnudo luego de salir del baño. Él acostumbraba a esperarla en la cama, tendiendo ya sus brazos para recibirla entre risas y diciéndole las mil tonterías propias de los enamorados a las que ella respondía con una eterna sonrisa en su rostro infantil.

El paquete llegó aquella tarde, antes de que regresara del estudio. Apenas entró en la casa tropezó con él. Lo habían dejado en el sillón del hall de entrada, al lado de la consola. Manuela, la mujer que lo servía desde algunos años atrás, no supo informarle su procedencia. “Lo trajo un muchacho”, respondió a sus preguntas. “Aseguró que era regalo de un amigo”. Cuando terminó de arrancar el papel y levantó la tapa de la enorme caja, se quedó paralizado de asombro. Enfundada en su vestido de seda negra, la muñeca lo miraba con aquella sonrisa infantil que últimamente lo persiguiera en sus recuerdos.
Seguramente alguien se propuso gastarle una broma pesada, ya que esa muñeca de material sintético era una réplica exacta de Elvira. Se sirvió apresuradamente una medida de whisky y la sentó frente a él, contemplándola con una mezcla de aprensión y curiosidad. Esa noche le fue imposible dormir. Una fuerza irresistible lo impulsaba a levantarse y caminar hasta el sillón del escritorio, en donde Elvira seguía sonriendo con sus labios de un rosa pálido mientras sus manos reposaban plácidamente sobre los pliegues del vestido.

Poco a poco fue atreviéndose a mirarla, a descubrir sus perfecciones. La boca, las fosas nasales, los pómulos reproducían con exactitud los rasgos humanos. El pelo, de un rubio quizá más cobrizo que el de Elvira, le caía sobre los hombros desnudos, de una blancura casi mórbida. A la mañana siguiente su secretaria se alarmó de sus ojeras, de esa mirada ausente que delataba una profunda turbación. “Tendré que llevarlo a bailar por la fuerza”, le dijo dejando de lado ya las insinuaciones. Juan Carlos no respondió. Alguna vez había pensado que no estaría mal estrechar aquella cintura, acariciar las piernas que la minifalda dejaba al descubierto. Pero todo no pasó de un vago anhelo. Ahora los coqueteos de Estela caían en saco roto, pues él no veía las horas de volver a su casa a reunirse con Elvira. Cada tarde encontraba en ella nuevas maravillas: las venas apenas visibles a través de la piel, la temperatura de su cuerpo, en nada diferente a la del cuerpo humano. Sólo después de varias noches de muda contemplación se atrevió a tocarla. Primero su mano se detuvo en la mejilla. Luego la fue bajando lentamente por la garganta, se demoró apenas en los pechos, redondos y plenos, en el pezón que, vaya a saber por cuál secreto mecanismo, se endureció al contacto. Entonces ya no pudo contenerse y llegó hasta las piernas, enfundadas en medias de nylon color carne, corrió hasta los muslos en busca de los broches del portaligas. Cuando los soltó, su mirada se detuvo largamente en el espacio que descubrían. Una necesidad imperiosa lo llevó a ascender hasta el pubis. El vello fino y rojizo lo tapaba apenas. Sintió entonces que su sangre ardía, que deseaba locamente a aquella mujer que era y no era Elvira y que parecía esperarlo con una pasividad lánguida y oscura. Sus dedos abrieron la vulva. Al principio tuvo la impresión de tocar una flor exótica. Pero luego fue distinguiendo el borde de los labios, la hendidura del centro. Se agachó sobre aquéllos y los besó. Un líquido tenue le inundó la boca y comprobó que tenía gusto a ambrosía, como el sexo de Elvira. Se apartó de ella horrorizado. “Qué es esto”, pensó; “me estoy enloqueciendo por una muñeca”. Sin embargo, el ardor de su sangre no cesaba. Entre las sábanas daba una y otra vuelta, tratando en vano de apaciguar ese hormigueo que le impregnaba la sangre y nublaba su mente. Fue hasta el escritorio y, rodeándola con ambos brazos, la transportó a la cama. Allí, mientras la mantenía estrechamente abrazada, sintió un imperioso deseo de penetrarla. Se estremeció, inclinándose para acariciar su vientre. Era suave y flexible, como el de una mujer viva. La muñeca yacía extendida, las piernas ligeramente separadas y los brazos caídos a los costados. Él los tomó suavemente y los colocó alrededor de su espalda mientras su miembro erecto se hundía.

Juan Carlos no cejaba en su delirio. Se volvió cada vez más hosco, sus costumbres se hicieron más y más estrafalarias. Dionisio pasó una de aquellas mañanas por el estudio. Había sido su mejor amigo en otras épocas, también su confidente y se propuso averiguar la causa de tan prolongado ostracismo. Le costó reconocer a Juan Carlos en ese rostro espectral que lo miraba como desde una región lejana, inaccesible a los demás mortales. Pero no pudo sacarle una palabra.
Todas las tardes el rito continuaba. El vaso de whisky, Mozart llenando el ámbito y Elvira, echada como siempre en aquel chaise longue de terciopelo azul que perteneciera a su madre y que él colocó enfrente de su sillón para contemplarla más a gusto. Después de la frugal cena que Manuela le servía, alzaba a la muñeca entre sus brazos y la llevaba hasta la cama. Con un rápido gesto abría el cierre y el vestido caía, dejando al descubierto la plenitud de su desnudez. A veces llenaba la bañadera y se sumergía con ella en el agua tibia perfumada de sales. Entonces le acariciaba los senos, observaba cómo sus pies sobresalían cubiertos por pequeñas burbujas cristalinas, palpaba la tenue curva del vientre, que parecía elevarse y deprimirse, como si respirara. Luego la secaba y, cuando la ponía encima de su cuerpo desnudo, se estremecía de gozo con los hilos de agua que caían de su pelo mojado, iguales a los que Elvira traía de su baño.

Aquel jueves regresó más temprano que de costumbre y entró directamente al escritorio. No se acordaba exactamente en qué posición había dejado a Elvira la noche anterior, pero le pareció que no era como la veía ahora, las piernas cruzadas y las manos descansando sobre los brazos de la silla. “Manuela debe haberla movido la limpiar”, pensó. Esa noche, mientras la desvestía, experimentó la súbita impresión de que su cintura se había ensanchado. Se tocó la frente y trató de reírse. “Estoy obsesionado”, se dijo. Sin embargo no podía dejar de sentir que esa muñeca era una mujer viva, una silenciosa y amada mujer viva. Al día siguiente, cuando llegó a su casa, encontró a Elvira de costado en el chaise longue, el cuerpo y la cara mirando hacia la pared. Al darla vuelta, le pareció que en sus ojos había un brillo extraño, como si hubiera llorado. Pasó la mano por su vientre y lo sintió más pleno que nunca. Comprobó, no sin espanto, que algo se movía en su interior.

Dionisio llegó temprano, alertado por Manuela. La voz de ella había sonado en el teléfono ansiosa y desesperada. Le dijo algo relacionado con la señora Elvira, que él no alcanzó a entender. Manuela lo invitó a pasar, luego de recomendarle que no hiciera ruido. El señor le había prohibido últimamente entrar al escritorio. A ella o a cualquier otra persona. Estaba encerrado allí, le contó, rehusando todo tipo de alimentos y sordo a las súplicas de Manuela a través de la puerta herméticamente cerrada. Mientras hablaba, Manuela se llevó el delantal a los ojos.
Al principio, la penumbra le impidió distinguir con claridad. Poco a poco se fue acostumbrando y pudo ver entonces los ojos desorbitados de Juan Carlos fijos en la muñeca, cuyas manos descansaban sobre un vientre definitivamente abultado por el embarazo.

Una mujer silenciosa- Torres Agüero Editor

miércoles, 5 de mayo de 2010

Ella- Paulina Movsichoff

Ella
la otra
te acompaña
empujando tus velas
con la aérea sustancia de los sueños
Ella conoce el puerto al que te acercas
los arrecifes pálidos que susurran
historias que aún no reconoces
Ella sabe de ti
tiene en las manos las ocultas llaves
aquellas que vislumbras cuando puedes marcharte
Te espera en ocultos pasadizos
en el aire que tiembla cuando corres
en busca de tus siempres
Ella tiene la cabellera roja
el latido salvaje que resguarda
tu libertad apenas pronunciada
Ella baila el asombro
Se asoma a la locura
Vence el miedo cantando
Te espera en sus mansiones
de callados delirios