jueves, 20 de octubre de 2016

Mujer y Palabra- Paulina Movsichoff



 ¿Por qué escribimos las mujeres? Antiguamente la literatura como oficio, como un hacer, era el coto cerrado de los hombres. Fueron pocas las mujeres que se aventuraron en ese territorio donde el hombre creaba mundos imaginarios, narraba sus aventuras por mares desconocidos, denunciaba la realidad y trataba de modificarla (de hecho a veces lo conseguía) por medio de la pluma.  Era él quien se adentraba en la intimidad, no sólo suya sino también del sexo opuesto, hablaba de la maternidad y de amor, describía el mundo y, dentro de éste, el mundo femenino con una genialidad indiscutible pero no por ello menos parcial. Acostumbradas a vernos retratadas, pintadas por aquellas plumas maestras, las mujeres permanecíamos mudas, pensado tal vez que todo estaba dicho, que el retrato y la modelo eran una sola y misma cosa. A la mujer se le había reservado el silencio, la aceptación, el tejer y destejer el hilo de su hastío en un universo en el cual no podía optar sino por encontrar a su príncipe azul y encerrarse en la jaula de oro del ámbito doméstico. Las pocas que se atrevieron a transgredir este mandato fueron consideradas brujas o hechiceras, mujeres masculinas, objeto de la burla de sus contemporáneos.
  La mujer escritora puede, actualmente, ejercer su vocación sin tantas dificultades, pero le sigue siendo más arduo que al hombre llegar a ser una buena artista, y esto por una razón sencilla: le es más difícil llegar a ser una persona completa. Los factores que concurren a ello son múltiples y complejos. En primer lugar, su libertad se encuentra considerablemente coartada, lo cual afecta su profesionalidad, ya que carecerá de las necesarias experiencias que enriquecen a toda obra de arte. Esta visión empequeñecida del mundo se refleja en los famosos versos de Emily Dickinson.

"Jamás he visto un páramo
y no conozco el mar"

 Al haber mantenido a la mujer marginada de los mecanismos del poder político y económico, se le  mutiló también una extensa franja de la realidad. Por otro lado, su misión de esposa y de madre la convirtieron casi siempre en un ser dependiente, debiendo luchar de manera casi titánica para acceder a un nivel de autosuficiencia económica y a una búsqueda de su identidad. Esta falta de libertad exterior incidió e incide, a su vez, en su libertad interior. A las trabas y tabúes que la sociedad le impone, se suman las que a menudo ella se impone a sí misma. Una mujer de éxito en su profesión deberá afrontar un sentimiento de recelo y hasta de suspicacia por parte del sector masculino (se sabe hasta qué punto el común de los hombres desconfía de la "femeneidad" de este tipo de mujeres) además de tortuosos conflictos interiores en donde la culpa adquiere un papel preponderante.
  Cuando, luego de trabajar todo el día, la mujer se encuentra con la que sido su tradición obligada: un esposo, hijos y todo lo que ello implica, su energía creativa corre serios riesgos de agotarse. En efecto, de dónde sacará fuerzas para reflexionar sobre sí misma y sobre su destino, para lidiar con las exigencias de un oficio por lo demás arduo y al cual ya no quiere, no puede renunciar?
  Pocas escritoras han expresado las angustias y presiones a que se ve sometida la mujer como Sylvia Plath, la novelista y poeta norteamericana que, en febrero de 1963, se suicida metiendo la cabeza en el horno de gas. "No es el hecho de parir lo que me parece injusto - dice en su novela autobiográfica "La campana de cristal" - sino que tener que parir hijos para los hombres. Hijos que llevarán su nombre. Hijos que te atarán, por medio del amor, a un hombre al que tendrás que agradar y servir bajo pena de abandono. Y el amor es, después de todo, el cerrojo más seguro. El que más irrita y el que más perdura. Y entonces m encontraré prisionera para siempre".
  Si bien la función de esposa y de madre es una experiencia valiosa y enriquecedora cuando la mujer la asume con verdadera vocación, ella no debería impedirle el descubrimiento y la exploración de ese complejo mundo que bulle más allá de los protectores muros del hogar.
  En el presente, ya no es la familia, ni la religión ni los valores agrarios los que determinan la imagen del país, sino los medios masivos de comunicación, la industrialización, los valores de mercado, la internalización de la cultura lo que ha asumido el primer plano en el universo en que las mujeres nos movemos. Luego de la larga lucha por sus derechos,  se inaugura un nuevo universo simbólico que impulsa a las mujeres a romper el “rol exclusivo” tradicional de esposa y madre. A partir de nuevos deseos, como el de saber, el de hacer, el de poder, el de autonomía, se han modelado inéditas subjetividades femeninas, En oposición al valor de la abnegación como “ser para otros”, se instala el valor de la realización individual, activo y competitivo, del ser para sí, La esfera privada ya no es el objeto de sus deseos sino la esfera pública.
  Sin embargo, la psicología social no cambia con la rapidez con que la proponen los medios de comunicación ni los discursos públicos. La persistencia del universo simbólico tradicional con su estricta división genérica sigue presente en el código de nuestra cultura, por más que últimamente se haya dictado la bienvenida ley de matrimonio igualitario. Por todo ello se crea una especie de doble conciencia o doble vida, que se construye mediante la interacción, en general conflictiva, entre la identidad establecida y la emergencia de una identidad emancipada. “En el mundo de hoy, nacer niña es un riesgo” comprueba la directora de UNICEF. Y denuncia la violencia y la discriminación que la mujer padece, desde la infancia, a pesar de los movimientos feministas en el mundo entero. En 1995 en Pekín la Conferencia Internacional sobre los Derechos Humanos de las mujeres reveló que ellas ganan, en el mundo actual, una tercera parte de lo que ganan los hombres por igual trabajo realizado. De cada diez pobres siete son mujeres; apenas una de cada cien mujeres es propietaria de algo. En los parlamentos, hay, en promedio, una mujer por cada diez legisladores; y en algunos parlamentos no hay ninguna. Se reconoce cierta utilidad a la mujer en la casa, en la fábrica o en la cocina, pero el espacio público está virtualmente monopolizado por los machos, nacidos para las lides del poder y de la guerra. Carol Bellamy, que encabeza la agencia UNICEF de las Naciones Unidas, no es un caso frecuente. Las Naciones Unidas predican el derecho a la igualdad, lo que no practican; en el nivel alto, donde se toman decisiones, los hombres ocupan ocho de ciez cargos en el máximo organismo internacional“.         
  El problema de la mujer escritora presenta, pues, dos vertientes fundamentales: por un lado el reconocimiento de sí misma como una entidad autónoma. Por el otro, la búsqueda de esta libertad, la fundación de esta autonomía mediante la utilización de la palabra. Si "el hombre no habla porque piensa, sino que piensa porque habla", como dice Octavio Paz, podemos comprender las razones por las que ha sido tan reducido el número de aquellas que se internaron en los caminos del pensamiento. La palabra es edificadora del ser. ¿Y cómo podrá saber algo de sí misma esta mujer que sólo escuchó lo que de ella decían los padres, los maestros, los sacerdotes? "Prostituta, diosa, gran señora, amante, la mujer transmite o conserva - asevera también Octavio Paz- pero no crea, los valores y energías que le confían la naturaleza y la sociedad (...) Pasiva, se convierte en diosa, amada, ser que encarna los elementos estables y antiguos del universo: la tierra, madre y virgen. Activa, es siempre función, medio, canal. La femineidad nunca es un fin en sí misma, como lo es la hombría".  Este condicionamiento, mantenido a través de los siglos, es lo que ha mutilado al ser humano femenino; el responsable de su inseguridad, dependencia, pasividad.
 
Me enseñaron las cosas equivocadamente
los que enseñan las cosas:
los padres, el maestro, el sacerdote,
pues me dijeron: tienes que ser buena.
Basta ser bueno. Al bueno se le da
un dulce, una medalla, todo el amor, el cielo.

Así dice la escritora Castellanos en ese libro que se llama precisamente Poesía no eres tú. Bondad, belleza, paciencia, castidad, prudencia, fueron las virtudes femeninas “por excelencia” que, a lo largo de los siglos se establecieron para apartar a las mujeres de la historia y ponerlas al servicio de la especie. “Si hubo un tiempo en que la mujer era igual – afirma Franca Basaglia – ésta es una igualdad que la historia borró. Son los mitos que hablan de una mujer firme, amazona, guerrera o diosa de los meses. Pero – continúa –no se puede mirar la historia y proyectar los problemas que nos incumben hoy”. Lo cierto es que la historia, la realidad, fueron el gran río a cuyas orillas permaneció la mujer, con su raíz nutrida por los jugos de esa tierra a la cual se la asimiló ancestralmente para sumirla en la pasividad. El hombre, entonces, era el gran viento que movía y desordenaba sus ramas o la dejaba en la calma y el sopor de esas tierras baldías, cinturón de castidad mediante, de ese lugar no lugar que en Nahuatl se denomina Nepantla, término que utilizaron los indígenas para caracterizar su marginación . Desconocida para el hombre, sin voz y sin palabra, la mujer permaneció principalmente una desconocida para sí misma. Y aquellas que quisieron indagar acerca de su existencia corporal o conferirle un sentido a sus vidas fueron llamadas brujas y quemadas en las hogueras o castigadas con las armas más sutiles, pero no menos eficaces, de la censura implícita y la culpa.
  Sin otro espacio que la seducción, el amor, la dedicación a quien la hacía existir, la mujer fue algo lejano, distinto, extraño. Y esto creó esa patología, esa erosión en la cultura, para usar los términos de Franca Basaglia, producto de una mujer amputada, incapaz, inadaptada.”
Para que su estilo suene, sea auténtico, una escritora debe, antes que nada, ser mujer. Y sólo lo conseguirá a través de un autoexamen que le permita conocer los más recónditos sectores de sus cuerpo, refiriéndose a él sin autocensuras ni eufemismos. Deberá poder escribir sobre su sexualidad, sobre su particular forma de vivir el amor y la maternidad, sobre sus anhelos sus sueños, sus fantasías. Escuchemos lo que Helène Cixous nos dice al respecto:


Un texto femenino no puede ser más que subversivo: si se escribe, es trastornando, volcánica, la antigua costra inmobiliaria. En incesante desplazamiento. Es necesario que la mujer escriba porque es la invención de una escritura nueva, insurrecta lo que, cuando llegue el momento de su liberación, le permitirá llevar a cabo las rupturas y las transformaciones indispensables en su historia, al principio, en dos niveles inseparables — individualmente: al escribirse, la Mujer regresará a ese cuerpo que, como mínimo, le confiscaron; ese cuerpo que convirtieron en el inquietante extraño del lugar, el enfermo o el muerto, y que, con tanta frecuencia, es el mal amigo, causa y lugar de las inhibiciones. Censurar el cuerpo es censurar, de paso, el aliento, la palabra.
  Escribir, acto, que no ´solo “realizará” la relación des-censurada de la mujer con su sexualidad, con su ser-mujer. Devolviéndole el acceso a sus propias fuerzas, sino que le restituirá sus bienes, sus placeres, sus órganos, sus inmensos territorios corporales cerrados y precintados, que la liberará de la estructura supramosaica en la que siempre le reservaban el eterno papel de culpable (culpable de todo, hiciera lo que hiciera: culpable de tener deseos y de no tenerlos; de ser frígida, de ser “demasiado” caliente: de no ser las dos cosas a la vez; de ser demasiado madre y no lo suficiente; de tener hijos y de no tenerlos; de amamantarlos y de no amamantarlos…) Escríbete: es necesario que tu cuerpo se deje oír. Caudales de energía brotarán del inconsciente. Por fin, se pondrá de manifiesto el inagotable imaginario femenino. Sin dólares oro ni negro, nuestra nafta expandirá por el mundo valores no cotizados que cambiarán las reglas del juego tradicional. “
  Otro tema que ha producido y produce en la mujer escritora una angustia difusa es la de la soledad.  “En mi casa, la única abeja volando es el silencio”, decía Rosario Castellanos. Y escribe su Jornada de la Soltera, donde evoca el estigma que pesaba sobre las solteronas de su Comitán natal. Es un bello texto, y creo que les gustará escucharlo:

Da vergüenza estar sola. El día entero
arde un rubor terrible en su mejilla,
(pero la otra mejilla está eclipsada.)

La soltera se afana en su quehacer de ceniza,
en labores sin mérito y sin fruto;
y a la hora en que los deudos se congregan
alrededor del fuego, del relato,
se escucha el alarido
de una mujer que grita en un páramo inmenso
en el que cada peña, cada tronco
carcomido de incendios, cada rama
retorcida, es un juez
o es un riesgo sin misericordia.

De noche la soltera
se tiende en un lecho de agonía.
Brota un sudor de angustia a humedecer las sábanas
Y el vacío se puebla
de diálogos y nombres inventados.
Y la soltera aguarda, aguarda, aguarda.  

  Un poema en el que se narra la estremecedora condición de la mujer soltera hasta hace no mucho tiempo. Es que la soledad ha tenido y tiene una connotación negativa. Aún la sociedad trata de diferente manera a la mujer que vive con un hombre que a la mujer que no lo tiene.
  Sin embargo, sabemos que escribir, crear, es un oficio solitario. Los hombres lo supieron. No olvidemos a Flaubert, encerrado, tapiado en su Croisset, luchando con el lenguaje. No olvidemos a Proust ni a Kafka, luchando con la enfermedad para legarnos sus obras inmortales. Por ello y a pesar de la agonía que a veces conlleva, la mujer que escribe  tratará de preservar su soledad como un don precioso, sabiendo que aunque la hayan educado para que su vida gire al servicio de los demás, el primer deber de un ser humano es para consigo mismo. No queremos preconizar con esto que deba encerrarse en la torre de marfil de un egoísmo que sólo la llevará empobrecerse, sino que es necesario que conquiste y preserve ese espacio de sosiego, de silencio, en donde pueda escuchar el tenue murmullo de su voz interior y, también, donde pueda afirmarse día a día en su decisión de escribir. Sólo así abrirá el camino a las que vengan detrás. Sólo así logrará la libertad y plenitud de expresión que son la esencia del arte, no para expresar únicamente el sexo, sino sobre todo la capacidad creadora. Hemos visto ya en el siglo XX, con el acceso a la universidad, que la mujer ya no tiene que soñar como Sor Juana con cambiar de sexo: se es Simone de Beauvoir, se es Clarice Lispector.
  Sabedora de que la palabra es el instrumento que la hermanará con los hombres y mujeres que como ella aman y sufren y luchan, es necesario que se les acerque con la certeza de que sólo el amor al trabajo, el decir lo que se puede y no lo que se debe, le abrirán el camino para forjarse esa talento y ese genio que a menudo ve escurrirse entre sus manos. Así podrá decir, al igual que Flaubert, y ya sin sombra de decepción: "porque el genio tal vez no sea otra cosa que el conocimiento exacto de nuestra propia fuerza".
Me gustaría terminar con unas palabras de la escritora mexicana: Helena Poniatowska:
Las mujeres escritoras dieron su vida en una proporción mucho mayor que la de los
escritores. Y no es que fueran desequilibradas, vivían en una sociedad desequilibrada,
hostigadora, hostil a la mujer. Temían incluso declarar que escribir era su oficio como si este
aniquilara su capacidad de ser mujer y las convirtiera automáticamente en alguna clase de
esperpento. Natalia Ginzburg, la escritora italiana alguna vez declaró: "No estoy analizando si
soy buena o mala escritora, lo único que afirmo es que ése es mi oficio."
Cuando las mujeres se den cuenta de que una mujer es un ser extraordinario, lleno de
gracia y de armonía, como un árbol, una ola de mar, entonces escribirán. Cuando sepan que una
mujer lleva a todo el universo en su seno, el sol, el cielo, los campos y las ciudades, cuando
acepten que tienen dentro de sí algo maravilloso y estén dispuestas a decirlo, a gritarlo,
entonces abrirán las compuertas, nos darán su intimidad con la tierra, consigo mismas, sin
tapujos, sin hipocresía; no temerán perder el hombre, puesto que se habrán ganado a sí mismas
y si la sociedad las rechaza es que ellas se habrán rechazado primero; entonces fluirá el agua
que aún no fluye, no sólo el líquido amniótico que hace vivir al feto sino toda esa agua que
proviene de fuentes desconocidas, insospechadas, la catarata se nos vendrá encima con toda su
violencia, todo lo que las mujeres han guardado dentro de sí durante siglos de represión y
también, por qué no decirlo, de indolencia.








sábado, 26 de septiembre de 2015

El engaño- Alfonsina Storni

El engaño
[Poema: Texto completo.]
Alfonsina Storni
Soy tuya, Dios lo sabe por qué, ya que comprendo
que habrás de abandonarme, fríamente, mañana,
y que bajo el encanto de mis ojos, te gana
otro encanto el deseo, pero no me defiendo.
Espero que esto un día cualquiera se concluya,
pues intuyo, al instante, lo que piensas o quieres.
Con voz indiferente te hablo de otras mujeres
y hasta ensayo el elogio de alguna que fue tuya.
Pero tú sabes menos que yo, y algo orgulloso
de que te pertenezca, en tu juego engañoso
persistes, con un aire de actor del papel dueño.
Yo te miro callada con mi dulce sonrisa,
y cuando te entusiasmas, pienso: no te des prisa.
No eres tú el que me engaña; quien me engaña es mi sueño.

miércoles, 6 de agosto de 2014

A cuarenta años de la muerte de Rosario Castellanos- Paulina Movsichoff

ROSARIO CASTELLANOS


  México dio a las letras de América una primera mujer llamada Juana de Asbaje, más conocida como Juana Inés de la Cruz. Sor Juana vivió en el siglo diecisiete y su figura es ya un mito en la historia de la literatura castellana. En el siglo veinte fue otra mujer la que se convirtió en leyenda y su vida y su obra han sido materia de incontables estudios. Esta mujer se llamó Rosario Castellanos. Luego del accidente que le costó la vida cuando ejercía el cargo de Embajadora de su país en   Israel — se electrocutó al enchufar una lámpara —  fue, "institucionalizada en lo setentas como una segunda Virgen de Guadalupe, adulada, condecorada y reconocida por los grupos de poder, fue una figura bien ajena a los que pretendían beatificarla. Fue, ante todo una mujer de letras, vio claramente su vocación de escritora y ejerció siempre el oficio de escribir. Amó esencialmente la literatura, la estudió, la divulgó. Fue un ser concreto ante una tarea concreta: la escritura, y desde un principio se comprometió con ella. Lo demás, puestos, homenajes, condecoraciones, vinieron por añadidura, dice de ella Elena Poniatowska.
  Si bien Rosario Castellanos nació en la ciudad de México en 1925, fue llevada a los pocos meses a Comitán, Estado de Chiapas, un pueblito cercano a la frontera de México, la tierra de sus mayores. Allí realizó sus primeros estudios. Comitán es un pueblo de la frontera de México con Guatemala, en el que predomina el elemento indígena maya, la rama lingüística tzeltal. Esta lengua, llamada "lengua verdadera" por los propios indígenas que la hablan, se escucha corrientemente en diez de los once municipios en que el estado se divide. Su familia era criolla, y dueña de extensos latifundios. Por parte de su padre recibe una tradición liberal, no así por el lado de su madre, que era profundamente católica. Además de Comitán, su infancia transcurre en una de las fincas de su padre llamada "El Rosario" que, en su novela Balún-Canán, se llama "Chactajal". Los acontecimientos más importantes de su niñez fueron la muerte de su hermano menor, en circunstancias semejantes a las que se narran en Balún-Canán y la reforma agraria, que inició el gobierno de Lázaro Cárdenas. Su padre pertenece a la estirpe de los que salen a visitar sus tierras y van sembrando hijos en sus distintas haciendas. Además de hacendado, César era una autoridad política en Comitán. Su hija lo ve lejano, incomprensible. De su madre,  en cambio, no nos da más imágenes. En Comitán las mujeres a las que pertenecía Adriana eran seres débiles, sujetos a la voluntad del hombre. Rosario también vivió ese sometimiento y dentro de ese ámbito transcurrió su infancia.
  De niña Rosario se describe a sí misma como un criatura solitaria y culpable sin más compañía que la de su nana chamula, quien le enseña a comer, a hablar, a coser. Una sombra se cierne sobre ella luego de la muerte de su hermano, a quien, confesó después, deseó secretamente la muerte, por el trato preferencial que sus padres le daban por el hecho de ser varón.
  Si sus padres fueron amos, Rosario rehúsa las pocas tierras que le quedan después de la reforma agraria. Comparte su herencia con un medio hermano al que ella no le interesa en lo más mínimo.
  Siempre se sintió chiapaneca a pesar de haber nacido en el DF.
  La reforma agraria de Lázaro Cárdenas  obligó a su padre a desmembrar y repartir sus posesiones y a emigrar a la ciudad de México. De aquella época, Rosario Castellanos dirá más tarde: "el hecho de que su familia careciera de un heredero varón y la peculiar experiencia de mi  madre respecto al matrimonio la inclinó a educarme para otro destino que no es habitual a las mujeres latinoamericanas. No se me preparó para ser esposa, madre, ama de de casa". 
   A los dieciséis años, pues, regresa a la Capital y en 1950 obtiene el grado de Maestra en Filosofía en la Universidad Autónoma de México. Estuvo en Madrid algunos años, en donde realizó cursos de posgrado. De vuelta en México la absorben varias ocupaciones: Promotora de Cultura en el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas (1956-1957), redactora de textos escolares en el Instituto nacional Indigenista de México (1961-1966). Ejerció con gran éxito el magisterio, tanto en México (en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM: 1963-1971) como en el extranjero. En los Estados Unidos fue invitada por las universidades de Wisconsin y Bloomington (1966-1967) y enseña asimismo en la Universidad Hebrea de Jerusalén, desde su nombramiento como Embajadora de México en Israel (1971) hasta su muerte).
  Fue también periodista, colaboró con cuentos, ensayos, poemas, crítica literaria y artículos de diversa índole en diarios y revistas especializados.
  Rosario Castellanos se dio a conocer al mundo de las letras primero como poeta con su libro Trayectoria del polvo (1948), al que siguieron varios libros de poemas, que más adelante reunió en Poesía no eres tú (1972). Como narradora consciente de su nexo ancestral con la tierra, las fuerzas primitivas y la herencia indígena, publicó la ya nombrada Balún-Canán (1957), su primera novela, Ciudad real (1960), su primer libro de cuentos y Oficio de tinieblas, novela que obtuvo el “Premio Sor Juana Inés de la Cruz” en 1962. En su segundo libro de relatos, Los convidados de agosto (1964), profundiza en la psicología de la "gente decente", aletargada, llena de prejuicios y de soberbia. Su tercer libro de relatos, Álbum de familia (1971), presenta a la mujer en el contexto urbano. Allí utiliza el humor como medio eficaz para profundizar en esa realidad y ofrece otras alternativas: la mujer frívola, la mujer abnegada, la que ha hecho carrera, la artista. A Rosario le interesó, tanto en su poesía como en su prosa, la condición de los desheredados, de los marginados y, entre ellos, la condición de la mujer. Se puede seguir su propia trayectoria desde sus primeros poemas hasta sus últimos libros: Mujer que sabe latín (1973) y El mar y sus pescaditos, (1970) ensayos en donde destaca el problema de la educación y el porvenir de la mujer en México. Una de las grandes cualidades de esta escritora fue la de enfrentarse a la realidad y, desde allí, hacer un llamado a todas las mujeres para que aprendan a hacer lo mismo. Para Rosario la mujer "posee una potencialidad de energía para el trabajo con la que cuentan ya los sociólogos que saben lo que se traen entre manos y que planifican nuestro desarrollo. Y a quienes, naturalmente, no podemos hacer quedar mal". 
 La trayectoria de Rosario Castellanos no debe hacernos olvidar a la mujer que se encuentra detrás de su prestigiosa figura. Si bien su vida estuvo consagrada a la escritura, Rosario fue una mujer comprometida con lo social. "identifica su vivencias personales con experiencias generales  de la condición de mujer a través de la historia y entiende que el papel sexual es significativo tanto política como culturalmente.   
  Toda su obra trata de desenmascarar los patrones de dominación-sumisión, especialmente entre hombres y mujeres y blancos e indios.  
   El 14 de febrero de 1971,  Rosario pronuncia un discurso en el Museo Nacional de Antropología e Historia. Allí habla de la opresión de la mujer con respecto al hombre, declara que no es justo ni equitativo que el hombre pueda educarse y la mujer no. Por primera vez, a nivel nacional, Rosario denuncia esta injusticia. De la mujer dice que no es justo sólo cumpla una labor que no amerita remuneración, el trabajo doméstico; que uno sea dueño de su cuerpo y disponga de él como se le da la real gana mientras que el otro reserva ese cuerpo no para sus propios fines sino para que en él se cumplan procesos ajenos a su voluntad. Este grito de Rosario - porque grito fue - tuvo una amplia resonancia — dice Elena Poniatowska. Nadie hasta entonces, ninguna señora diputada, ninguna senadora se había ocupado realmente de la condición femenina...hasta 1971, las mujeres en el poder eran asimiladas a él, su voz no se aislaba en unidad del coro por temor a perderla, las mujeres adaptaban el patrón de los hombres y triunfaba "el hombre" que había en ellas. Rosario, ya dentro del engranaje oficial, gritó y lo hizo airadamente".
  Si bien Rosario utiliza elementos de su vida para la realización de su obra, es en su poesía donde la vemos desnudar enteramente su alma, con sus dolores y la lucidez de comprender que es doblemente marginada, como mujer y también  como escritora. "El mundo que para mí está cerrado contiene un nombre: se llama cultura. Sus habitantes son todos del sexo masculino", dice.
  Siguiendo a Elena Poniatowska, quien la estudió en profundidad, poemos decir que "A ella debemos agradecerle el haber acercardo a muchos a la literatura al hacerla más familiar, más doméstica, más wash an wear. Facilitó su trato al burlarse de sí misma en holocausto, presentó su conflicto para convertirlo en el de todos. Provocó sentimientos de verdadero cariño al hablar de sí misma lúcida y abiertamente y al lavar en público sus trapos sucios. La ropa sucia se lava en casa. Rosario la lavó a la vista de miles de lectores e hizo que muchos se identificaran con ella.
   Se identificó con todas y cada una de las situaciones de opresión de la mujer. Se quejó del pobre papel que se le atribuía como mujer casada: "Se me atribuyen las responsabilidades y tareas de una criada para todo. He de mantener la casa limpia, la ropa lista, el ritmo de alimentación infalible. Pero no se me paga ningún sueldo, no se me permite cambiar de amo".
  En otro de sus poemas, Jornada de la soltera, analiza con perspicacia la condición social en que es colocada la mujer que no pudo acceder al matrimonio: "Y el vacío se puebla / de diálogos y nombres inventados./ Y la soltera aguarda, aguarda, aguarda".
  Para todos sus personajes la feminidad es algo difícil de soportar. Lo expresa en Testamento de Hécuba: "Alguien asiste a mi agonía. Me hace/ beber a sorbos una docilidad difícil".
  Lo afirma también en Salomé: "...Mis hermanas/tienen su propio infierno. / y fui educada para obedecer/ y sufrir en silencio".
  Su compromiso con los desposeídos es también palpable en su novela Oficio de tinieblas. El personaje principal de la novela es Catalina Díaz Puiljá, indígena chamula de oficio tejedora y esposa de Pedro González Winiktón, juez de la comunidad. La protagonista soporta una triple marginación, ya que a su condición de india se suma la de mujer, y de mujer estéril. Esto último, en una sociedad que  responde a las pautas patriarcales constituye una maldición, a la vez que una transgresión inadmisible, que las mismas mujeres sienten como amenaza. Pero escuchemos a la autora:

   "Catalina Díaz Puiljá, apenas de veinte años pero ya reseca y agostada, fue entregada por sus padres, desde la niñez, a Pedro. Los primeros tiempos fueron felices. La falta de descendencia fue vista como un hecho natural. Pero después, cuando las compañeras con las que hilaba Catalina, con las que acarreaba el agua y la leña, empezaron a asentar el pie más pesadamente sobre la tierra (porque pesaban por ellas y por el que había de venir), cuando sus ojos se apaciguaron y su vientre se henchió como una troje secreta, entonces Catalina palpó sus caderas baldías, maldijo la ligereza de su paso y, volviéndose repentinamente  para mirar tras sí, encontró que su paso no había dejado huella y se angustió pensando que así pasaría su nombre sobre la memoria de su pueblo y desde entonces ya no pudo sosegar. "
  Pero Catalina se rebela contra su destino convierténdose en una ilol, en una sacerdotisa y la que conduce a su pueblo a una rebelión contra el blanco que acaba con la destrucción de los insurrectos.
  Su identificación con la mujer, ya sea campesina, burguesa, indígena, es total. Y esto la lleva a buscar ese "Otro modo de ser", que expresa en aquella ya legendaria Meditación en el umbral:

No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy
ni apurar el arsénico de Madame Bovariy
ni aguardar en los páramos de Ávila la vista
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.

Ni concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegaban las vistas,
en la sala de estar de la familia Austen
ni encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson,
debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo...

Otro modo de ser humano y libre

Otro modo de ser.
  


     Tanto la obra como la vida de Rosario Castellanos, siguen vigentes no sólo para la mujer del siglo XXI, sino también para la literatura latinoamericana, de la cual es una exponente que no podemos soslayar. Por su obra obtuvo los premios Xavier Villaurrutia, Sor Juana Inés de la Cruz y Carlos Trouyet. A cuarenta años de su muerte, ocurrida, como ya se dijo, en Tel Aviv cuando era embajadora de su país en Israel y al enchufar una lámpara, no es posible olvidar aquellas palabras suyas que dan cuenta  de una marginalidad que no sólo la afectó como mujer sino también como escritora, palabras que muchas de nosotrasalguna vez podemos haber hecho nuestras: “Escribo porque yo, un día, adolescente / me incliné ante un espejo y no había nadie”.    

domingo, 22 de diciembre de 2013

Visiones del relámpago- Elizabeth Azcona Cranwell


Pierdo todos los días un nombre en mi jardín,
¿qué hay del llamado de los muertos?

La amazona del arco-iris y muerte se hundió de amor en el lago sombrío.
Cada noche sin luna, su caballo remonta una viudez de estrellas

Cántate:
Es mejor que rezarle a un roble enmascarado
A un vacío con hechura de cruz entre el cielo y la tierra.

¿Nadie nombra al amor cuando el saurio feroz de la inocencia
Vuelve a la orilla enloquecido de humildad y de sed?

No es tan fácil llorar.

Hay una luz irremediable dentro del sol y el vino.

sábado, 14 de diciembre de 2013

LA EDAD NECESARIA. María del Carmen Colombo

II
La locura de la palabra es el lenguaje
                que advierto en mi voz

Ella habla la fantasía del silencio
                cuando no estoy dormida
y se alimenta de la salida misteriosa
de mis manos por su vestido

Gesticula mi verdadera muerte
                   en esta soledad y te llama
para que no me dejes

III

La loca se hace mi cuerpo y echa las velas
                     púrpuras sobre el lazo de seda
Alguien duerme
cuando el otoño es una mejilla húmeda y el
           viento tu canción
La muerte siempre amanece en primer lugar

IV

En qué rueca la voz arma su tejido para que la
           expulsada sea una llama de leche
una novia con ojos de arena saliendo
                         de su llave

En qué mundo los dijes empiezan a sonar tocando
                melodías sobre el sueño de un músculo
En qué lugar la arcilla se transforma en espacio
donde el grito ha dejado su plumaje de cóndor

En qué jardín entierro los silencios, en qué
                 cielo levanto las palabras
Desde dónde te llamo.

V

Yo no digo que vengas

Digo que me lleves por un lado del corazón
adonde tu jardín murmura la bruma tabacal

Abril es hoy y toso en el viejo vestido amatorio
                               de las estaciones
como una hembra en desuso. Y caigo a veces de
                                este cuerpo
porque me pesa en sangre el hervor del deseo

Por eso dejo mi nombre me en esta carta
para que me rescates de los sueños perdidos.

XII

Donde el silencio llega como lengua de piedra
        caídas precipicios guardo
también la soga que ha colgado mi corazón
       en medio de la calle

Desnudo este pañuelo cubriendo mi ceguera
               así lo guardo
y a despecho del dolor el viento eriza
  la palabra perdida la palabra gastada
la palabra

FINAL DE CUENTAS de Simone de Beauvoir- Paulina Movsichoff

“Desde mi infancia hasta mi madurez, mi vida fue una aventura, de descubrimiento en descubrimiento”. Esta frase, de una de las primeras páginas de Final de cuentas nos da exactamente el tono que trasciende de la obra. El lector se embarca con la autora en la vida de ésta, contagiado por su mismo espíritu de aventura. Es por eso que la lectura nos resulta tan atrapante. La impresión que a lo largo de sus páginas nos vamos formando es la de una libertad, asumida con todos sus riesgos: “Me arranqué a la seguridad de la certidumbre por amor a la verdad y la verdad me recompensó”. También dice: “Nunca fui pasiva, le exigía a la vida”.
  La obra continúa la línea autobiográfica de Recuerdos, Memorias de una joven formal, La plenitud de la vida, y La fuerza de las cosas. Final de cuentas es un balance, un detenerse ya casi al final del camino no sólo para recordar los hechos más salientes del último tramo, sin para extraer su significado en el contexto total. 
  A pesar de que Beauvoir confiesa: “Ya no tengo la impresión de un ir hacia un fin; sólo la de deslizarme ineluctablemente hacia la tumba” no es la impresión de una vida acabada la que tenemos al leerla. Su interés por las cosas y su afán de comprender la realidad se conservan intactos. Y, a través de sus ojos, vamos encontrándonos con nuestro tiempo, tan lleno de complejidades, pero no por ello menos fascinante. Asistimos a sus relaciones con la política, la literatura, el arte. Viajamos con ella a lo largo de países y ciudades, nos despierta una viva atracción por sus amistades, comprobando su inagotable interés por las personas y su capacidad de comprensión. Participamos en sus luchas, en su posición en el feminismo, en su denuncia de todas las injusticias y opresiones.
  Vemos desde su interior episodios que nos conmovieron a través de diarios y noticiosos, como la rebelión estudiantil de mayo de 1968 en Francia, la guerra de Vietnam, la Guerra de los Seis Días. Podemos decir que a través de sus páginas asistimos a un fresco de los últimos años y, compartamos o no la opinión de la autora acerca de ellos, nos contagia su avidez de ver, de comprender, de saber.
  Un optimismo vital se desprende del libro, optimismo que está dado a través de la certeza de que la vida es buena a pesar de sus dolores y sus miserias, mientras se tenga una dirección y mientras sepamos encontrar, como ella, la oculta cara de novedad que tienen los sucesos cotidianos. Editorial Sudamericana publicó

Final de cuentas de Simone de Beauvoir.         

Comentario publicado el 23 de marzo de 1973, para
la audición BIBLIOTECA DE RADIO NACIONAL