miércoles, 6 de agosto de 2014

A cuarenta años de la muerte de Rosario Castellanos- Paulina Movsichoff

ROSARIO CASTELLANOS


  México dio a las letras de América una primera mujer llamada Juana de Asbaje, más conocida como Juana Inés de la Cruz. Sor Juana vivió en el siglo diecisiete y su figura es ya un mito en la historia de la literatura castellana. En el siglo veinte fue otra mujer la que se convirtió en leyenda y su vida y su obra han sido materia de incontables estudios. Esta mujer se llamó Rosario Castellanos. Luego del accidente que le costó la vida cuando ejercía el cargo de Embajadora de su país en   Israel — se electrocutó al enchufar una lámpara —  fue, "institucionalizada en lo setentas como una segunda Virgen de Guadalupe, adulada, condecorada y reconocida por los grupos de poder, fue una figura bien ajena a los que pretendían beatificarla. Fue, ante todo una mujer de letras, vio claramente su vocación de escritora y ejerció siempre el oficio de escribir. Amó esencialmente la literatura, la estudió, la divulgó. Fue un ser concreto ante una tarea concreta: la escritura, y desde un principio se comprometió con ella. Lo demás, puestos, homenajes, condecoraciones, vinieron por añadidura, dice de ella Elena Poniatowska.
  Si bien Rosario Castellanos nació en la ciudad de México en 1925, fue llevada a los pocos meses a Comitán, Estado de Chiapas, un pueblito cercano a la frontera de México, la tierra de sus mayores. Allí realizó sus primeros estudios. Comitán es un pueblo de la frontera de México con Guatemala, en el que predomina el elemento indígena maya, la rama lingüística tzeltal. Esta lengua, llamada "lengua verdadera" por los propios indígenas que la hablan, se escucha corrientemente en diez de los once municipios en que el estado se divide. Su familia era criolla, y dueña de extensos latifundios. Por parte de su padre recibe una tradición liberal, no así por el lado de su madre, que era profundamente católica. Además de Comitán, su infancia transcurre en una de las fincas de su padre llamada "El Rosario" que, en su novela Balún-Canán, se llama "Chactajal". Los acontecimientos más importantes de su niñez fueron la muerte de su hermano menor, en circunstancias semejantes a las que se narran en Balún-Canán y la reforma agraria, que inició el gobierno de Lázaro Cárdenas. Su padre pertenece a la estirpe de los que salen a visitar sus tierras y van sembrando hijos en sus distintas haciendas. Además de hacendado, César era una autoridad política en Comitán. Su hija lo ve lejano, incomprensible. De su madre,  en cambio, no nos da más imágenes. En Comitán las mujeres a las que pertenecía Adriana eran seres débiles, sujetos a la voluntad del hombre. Rosario también vivió ese sometimiento y dentro de ese ámbito transcurrió su infancia.
  De niña Rosario se describe a sí misma como un criatura solitaria y culpable sin más compañía que la de su nana chamula, quien le enseña a comer, a hablar, a coser. Una sombra se cierne sobre ella luego de la muerte de su hermano, a quien, confesó después, deseó secretamente la muerte, por el trato preferencial que sus padres le daban por el hecho de ser varón.
  Si sus padres fueron amos, Rosario rehúsa las pocas tierras que le quedan después de la reforma agraria. Comparte su herencia con un medio hermano al que ella no le interesa en lo más mínimo.
  Siempre se sintió chiapaneca a pesar de haber nacido en el DF.
  La reforma agraria de Lázaro Cárdenas  obligó a su padre a desmembrar y repartir sus posesiones y a emigrar a la ciudad de México. De aquella época, Rosario Castellanos dirá más tarde: "el hecho de que su familia careciera de un heredero varón y la peculiar experiencia de mi  madre respecto al matrimonio la inclinó a educarme para otro destino que no es habitual a las mujeres latinoamericanas. No se me preparó para ser esposa, madre, ama de de casa". 
   A los dieciséis años, pues, regresa a la Capital y en 1950 obtiene el grado de Maestra en Filosofía en la Universidad Autónoma de México. Estuvo en Madrid algunos años, en donde realizó cursos de posgrado. De vuelta en México la absorben varias ocupaciones: Promotora de Cultura en el Instituto de Ciencias y Artes de Chiapas (1956-1957), redactora de textos escolares en el Instituto nacional Indigenista de México (1961-1966). Ejerció con gran éxito el magisterio, tanto en México (en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM: 1963-1971) como en el extranjero. En los Estados Unidos fue invitada por las universidades de Wisconsin y Bloomington (1966-1967) y enseña asimismo en la Universidad Hebrea de Jerusalén, desde su nombramiento como Embajadora de México en Israel (1971) hasta su muerte).
  Fue también periodista, colaboró con cuentos, ensayos, poemas, crítica literaria y artículos de diversa índole en diarios y revistas especializados.
  Rosario Castellanos se dio a conocer al mundo de las letras primero como poeta con su libro Trayectoria del polvo (1948), al que siguieron varios libros de poemas, que más adelante reunió en Poesía no eres tú (1972). Como narradora consciente de su nexo ancestral con la tierra, las fuerzas primitivas y la herencia indígena, publicó la ya nombrada Balún-Canán (1957), su primera novela, Ciudad real (1960), su primer libro de cuentos y Oficio de tinieblas, novela que obtuvo el “Premio Sor Juana Inés de la Cruz” en 1962. En su segundo libro de relatos, Los convidados de agosto (1964), profundiza en la psicología de la "gente decente", aletargada, llena de prejuicios y de soberbia. Su tercer libro de relatos, Álbum de familia (1971), presenta a la mujer en el contexto urbano. Allí utiliza el humor como medio eficaz para profundizar en esa realidad y ofrece otras alternativas: la mujer frívola, la mujer abnegada, la que ha hecho carrera, la artista. A Rosario le interesó, tanto en su poesía como en su prosa, la condición de los desheredados, de los marginados y, entre ellos, la condición de la mujer. Se puede seguir su propia trayectoria desde sus primeros poemas hasta sus últimos libros: Mujer que sabe latín (1973) y El mar y sus pescaditos, (1970) ensayos en donde destaca el problema de la educación y el porvenir de la mujer en México. Una de las grandes cualidades de esta escritora fue la de enfrentarse a la realidad y, desde allí, hacer un llamado a todas las mujeres para que aprendan a hacer lo mismo. Para Rosario la mujer "posee una potencialidad de energía para el trabajo con la que cuentan ya los sociólogos que saben lo que se traen entre manos y que planifican nuestro desarrollo. Y a quienes, naturalmente, no podemos hacer quedar mal". 
 La trayectoria de Rosario Castellanos no debe hacernos olvidar a la mujer que se encuentra detrás de su prestigiosa figura. Si bien su vida estuvo consagrada a la escritura, Rosario fue una mujer comprometida con lo social. "identifica su vivencias personales con experiencias generales  de la condición de mujer a través de la historia y entiende que el papel sexual es significativo tanto política como culturalmente.   
  Toda su obra trata de desenmascarar los patrones de dominación-sumisión, especialmente entre hombres y mujeres y blancos e indios.  
   El 14 de febrero de 1971,  Rosario pronuncia un discurso en el Museo Nacional de Antropología e Historia. Allí habla de la opresión de la mujer con respecto al hombre, declara que no es justo ni equitativo que el hombre pueda educarse y la mujer no. Por primera vez, a nivel nacional, Rosario denuncia esta injusticia. De la mujer dice que no es justo sólo cumpla una labor que no amerita remuneración, el trabajo doméstico; que uno sea dueño de su cuerpo y disponga de él como se le da la real gana mientras que el otro reserva ese cuerpo no para sus propios fines sino para que en él se cumplan procesos ajenos a su voluntad. Este grito de Rosario - porque grito fue - tuvo una amplia resonancia — dice Elena Poniatowska. Nadie hasta entonces, ninguna señora diputada, ninguna senadora se había ocupado realmente de la condición femenina...hasta 1971, las mujeres en el poder eran asimiladas a él, su voz no se aislaba en unidad del coro por temor a perderla, las mujeres adaptaban el patrón de los hombres y triunfaba "el hombre" que había en ellas. Rosario, ya dentro del engranaje oficial, gritó y lo hizo airadamente".
  Si bien Rosario utiliza elementos de su vida para la realización de su obra, es en su poesía donde la vemos desnudar enteramente su alma, con sus dolores y la lucidez de comprender que es doblemente marginada, como mujer y también  como escritora. "El mundo que para mí está cerrado contiene un nombre: se llama cultura. Sus habitantes son todos del sexo masculino", dice.
  Siguiendo a Elena Poniatowska, quien la estudió en profundidad, poemos decir que "A ella debemos agradecerle el haber acercardo a muchos a la literatura al hacerla más familiar, más doméstica, más wash an wear. Facilitó su trato al burlarse de sí misma en holocausto, presentó su conflicto para convertirlo en el de todos. Provocó sentimientos de verdadero cariño al hablar de sí misma lúcida y abiertamente y al lavar en público sus trapos sucios. La ropa sucia se lava en casa. Rosario la lavó a la vista de miles de lectores e hizo que muchos se identificaran con ella.
   Se identificó con todas y cada una de las situaciones de opresión de la mujer. Se quejó del pobre papel que se le atribuía como mujer casada: "Se me atribuyen las responsabilidades y tareas de una criada para todo. He de mantener la casa limpia, la ropa lista, el ritmo de alimentación infalible. Pero no se me paga ningún sueldo, no se me permite cambiar de amo".
  En otro de sus poemas, Jornada de la soltera, analiza con perspicacia la condición social en que es colocada la mujer que no pudo acceder al matrimonio: "Y el vacío se puebla / de diálogos y nombres inventados./ Y la soltera aguarda, aguarda, aguarda".
  Para todos sus personajes la feminidad es algo difícil de soportar. Lo expresa en Testamento de Hécuba: "Alguien asiste a mi agonía. Me hace/ beber a sorbos una docilidad difícil".
  Lo afirma también en Salomé: "...Mis hermanas/tienen su propio infierno. / y fui educada para obedecer/ y sufrir en silencio".
  Su compromiso con los desposeídos es también palpable en su novela Oficio de tinieblas. El personaje principal de la novela es Catalina Díaz Puiljá, indígena chamula de oficio tejedora y esposa de Pedro González Winiktón, juez de la comunidad. La protagonista soporta una triple marginación, ya que a su condición de india se suma la de mujer, y de mujer estéril. Esto último, en una sociedad que  responde a las pautas patriarcales constituye una maldición, a la vez que una transgresión inadmisible, que las mismas mujeres sienten como amenaza. Pero escuchemos a la autora:

   "Catalina Díaz Puiljá, apenas de veinte años pero ya reseca y agostada, fue entregada por sus padres, desde la niñez, a Pedro. Los primeros tiempos fueron felices. La falta de descendencia fue vista como un hecho natural. Pero después, cuando las compañeras con las que hilaba Catalina, con las que acarreaba el agua y la leña, empezaron a asentar el pie más pesadamente sobre la tierra (porque pesaban por ellas y por el que había de venir), cuando sus ojos se apaciguaron y su vientre se henchió como una troje secreta, entonces Catalina palpó sus caderas baldías, maldijo la ligereza de su paso y, volviéndose repentinamente  para mirar tras sí, encontró que su paso no había dejado huella y se angustió pensando que así pasaría su nombre sobre la memoria de su pueblo y desde entonces ya no pudo sosegar. "
  Pero Catalina se rebela contra su destino convierténdose en una ilol, en una sacerdotisa y la que conduce a su pueblo a una rebelión contra el blanco que acaba con la destrucción de los insurrectos.
  Su identificación con la mujer, ya sea campesina, burguesa, indígena, es total. Y esto la lleva a buscar ese "Otro modo de ser", que expresa en aquella ya legendaria Meditación en el umbral:

No, no es la solución
tirarse bajo un tren como la Ana de Tolstoy
ni apurar el arsénico de Madame Bovariy
ni aguardar en los páramos de Ávila la vista
del ángel con venablo
antes de liarse el manto a la cabeza
y comenzar a actuar.

Ni concluir las leyes geométricas, contando
las vigas de la celda de castigo
como lo hizo Sor Juana. No es la solución
escribir, mientras llegaban las vistas,
en la sala de estar de la familia Austen
ni encerrarse en el ático
de alguna residencia de la Nueva Inglaterra
y soñar, con la Biblia de los Dickinson,
debajo de una almohada de soltera.

Debe haber otro modo...

Otro modo de ser humano y libre

Otro modo de ser.
  


     Tanto la obra como la vida de Rosario Castellanos, siguen vigentes no sólo para la mujer del siglo XXI, sino también para la literatura latinoamericana, de la cual es una exponente que no podemos soslayar. Por su obra obtuvo los premios Xavier Villaurrutia, Sor Juana Inés de la Cruz y Carlos Trouyet. A cuarenta años de su muerte, ocurrida, como ya se dijo, en Tel Aviv cuando era embajadora de su país en Israel y al enchufar una lámpara, no es posible olvidar aquellas palabras suyas que dan cuenta  de una marginalidad que no sólo la afectó como mujer sino también como escritora, palabras que muchas de nosotrasalguna vez podemos haber hecho nuestras: “Escribo porque yo, un día, adolescente / me incliné ante un espejo y no había nadie”.    

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