martes, 27 de octubre de 2009

Todas las sangres para un discurso del género

"En el principio eran los libros. Su vida estuvo siempe marcada por ellos. Desde que era chica y se pasaba horas en la biblioteca de su padre, devorando con los ojos las estanterías abarrotadas en donde se veían lomos amarillentos, lomos nuevos en letra doradas, lomos. Allí desubrió que leer era la aventura más apasionante de todas. No sabían de qué trataban aquellos volúmenes cuyos títulos resultaban inacccesibles para sus cortos años. El espíritu de las leyes, Cartas amenas de un filósofo, Humillados y ofendidos. Y los autores: Dostoyevski, Voltaire, Dickens, Marx, entre otros, constituían un mosaico sonoro, un bulir enigmático que Sofía trataba de asir sentada en el mullido sillón de cuero y sosteniendo un libro abierto entre sus manos. A veces, cuando estaba segura de que nadie la vería, lo acercaba al papel impreso, costumbre que su madre calificaba de manía pero que no la abandonaba hasta la actualidad. ¿Y si no era así, si aquellos objetos cuadrados y empastados de nada servía, por qué su padre pasaba tanto tiempo enfrascado en ellos, como un alquimista entre sus redomas? Cuando se sentaba a la mesa, ello lo miraba abrir el libro sobre el mantel con el mismo apetito conque desmigajaba el pan mientras aquellos ojos increíblemente claros seguían en un absorto silencio las líneas en blanco y negro sin apenas levantar la cabeza. Alguna vez Sofía intetó imitarlo, pero la detuvo la frase implacable de su madre: "Sólo tu padre lee en la mesa". No tuvo más remedio que cerrarlo y esperar a que finalizara la tediosa ceremonia del almuerzo para enfrascarse en La isla del Tesoro debajo de la sombra refrescante de la higuera. ¿Sería por eso que los libros eran para ella objetos másgicos, fetiches que la atraían como imanes desde los escaparates de las librerías a las que no podía dejar de entrar aunque fuera un segundo, por más apurada que estuviese? A veces le sucedía permanecer durante larguisimos minutos contemplando las cubiertas, dejando uno para tomar otro, sin dinero para comprar ninguno pero sintiendo que, por unos instantes, su soledad quedaba abolida."
Hasta aquí, el texto de la novela que escribo en estos momentos, y que da cuenta de la génesis de la escritura en Sofía, la protagonista. Este factor de aparición de un lenguaje, de un destino, podría, en cierta medida, explicar algo de mi lenguaje y de mi destino de mujer que escribe. Tal vez el remontarme a los orígenes no tenga ninguna importancia, salvo para una especie de "arqueología del saber".
Siguiendo, pues, con nuestra arqueología descubrimos, también, otros factores. Uno de ellos, y no el menos importante, lo constituyen los poemas declamados por mi madre. Yo escuchaba, en las reuniones de amigos que mis padres realizaban en casa, una vez que los convencía de que no me mandaran a dormir, la voz un tanto ronca y bien modulada de mi madre recitar a Darío, Lugones, a tantos otros y, cuando se callaba, esas palabras continuaban brillando dentro de mí con la diafanidad de una piedra preciosa, acompañándome en mis juegos, en mis primeras andanzas por el mundo.
"La escritura da testimonio de la oralidad", dice Josefina Ludmer. Y yo, humilde escritora, quizá secretamente, sin ninguna propuesta consciente, haya tratado de dar cuenta de esa oralidad por donde circulaban los fantasmas de la bisabuela casada a los once años para que su marido la protegiera de los malones que asolaban la región o, nueva Penélope, esperando luego a ese mismo marido exiliado en Chile durante doce años por oponerse a la política centralista de Buenos Aires. Aquel hombre de barba hirsuta y piernas arqueadas por los galopes en las rutas polvorientas de la patria que mi bisabuela guardó en las entretelas de su corazón hasta la mañana en que despertó con las mejillas arreboladas y los ademanes desacordados por el vértigo del presentimiento anunciando, mientras plumereaba sillones y consolas y corría a las gallinas de la sala, "que vengan a a ayudarme a limpiar esta pocilga porque hoy llega Carlitos". Poco después, los pobladores verían correr rumbo a la plaza a una mujer destrenzada y frenética luego de que alguien de la servidumbre le anunciara que acababan de llegar unas carretas de Chile. Allí, en efecto, agobiado pero eufórico, estaba mi bisabuelo.
En mi novela Las fábulas del viento traté de dar una trasposición poética de este episodio.
Tal vez no posea el suficiente bagaje teórico para explicar mis novelas, cuentos y poesías. Sin embargo, creo que tienen un doble nomadismo: uno, vuelto a los espacios a conquistar, otro, interno, impulsado por las amenazas de un encierro temido y, además, un vagabundeo de la voz. "La voz - dice Josefina Ludmer - le da cuerpo al signo, lo transforma en ícono".
Pero no se trata de recobrar aquella palabra hablada, aquel Temblor que se pronuncia, para decirlo con el título de uno de mis libros, sino también de rastrear otro discurso, de recobrer la palabra muda, murmurante, de restablecer el texto menudo e invisible que recorre el intersticio de las líneas escritas y, a veces, las trastorna.
Historias silenciadas que fueron conformándose en la intolerancia, en el etnocentrismo de aquellos tiempos en que se marcó de una manera demasiado tajante la división entre civilizados y bárbaros. "Civilización es para nosotros muerte, trabajo en las estancia, estaca en los fortines", decía el cacique Quenumpén. Y bárbaros también eran aquellos otros, los que llegaron "de Ucranias y Rusias, de Egiptos y Arabias", para decirlo con un antiguo romance de Arturo Capdevila. Esas sangres y esos silencios son ya parte de mi sangre y de mis silencios. Tal vez por ello uno de mis poemas, que se titula precisamente "Abuelo que llegó de Rusia". Por eso tal vez aquella novela, Fuegos encontrados, que escribí mientras vivía en México y que obtuvo allí el Premio "Juan Rulfo". En dicha novelas se trató de dar la visión del blanco de aquella época, castigado por la frecuente invasión de los malones, pero también la del indio, acorralado en el "desierto" y finalmente eliminado. Todo en el marco de la época de Rosas, cuando éste inaugura los primeros intentos de la "Campaña de Desierto", que luego culminaría Roca.
He recorrido hasta aquí el origen de mi imaginario. Pero creo que hay una razón, en mi caso determinante, que puede explicar mi obstinación en la escritura. Escribo fundamentalmente desde mi ser de mujer porque, como tal, quiero escuchar esos murmullos, ese texto invisible, esa singular existencia silenciada durante tamto tiempo. Y esta identidad de escritora y de mujer creo que se demuestra en mi obra al tratar los temas desde las orillas, desde los márgenes por donde se deslizaba y se deliza la vida de las mujeres de todas las épocas. No pretendo en mis textos esbozar teorías ni enunciar postulados, pero sin duda no pueden dejar de colarse en ellos una reflexión de la articulación a los poderes: ¿Resistencias, compensaciones, consentimientos, contrapoderes de la sombra y de la astucia? "Será menestere reflexionar acerca de la dialéctica de la influencia y de la decisión - escriben Georges Duby y Michelle Perrot -, de la potencia oculta y difusa que se atribuye a las mujeres y el poder de los hombres"
Escribo por último, porque me da continuidad en un mundo fragmentado. Para afirmar mi identidad de latinoamericana, de argentina y de puntana. Porque, en el seno de la nostalgia, del desamparo y de la marginación que son inseparbales de este movimiento encuentro, una posibilidad de plenitud, un camino sin fin, capaz de corresponder a ese fin sin camino que es el único que hay que alcanzar.

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