sábado, 9 de febrero de 2013

Una historia de amor- Paulina Movsichoff


Felisa Zavala Rodríguez supo que su vida acababa de dar un giro de ciento ochenta grados cuando su amiga Charo Barbosa le susurró al oído: “Ése es el diputadito del que te hablé esta mañana.” Ella y dos amigas más habían alquilado el coche que las llevaría al corso ese viernes de carnaval y ya iban por la segunda o tercera vuelta cuando divisó la silueta del diputado en una de las esquinas de la plaza. Apenas lo miró, se quedó encandilada por aquella figura de arcángel que fijó en ella sus ojos de un azul remansado detrás de los gruesos anteojos. Felisa decidió que no iba a dejar pasar la oportunidad que la vida le ponía por delante. En efecto, el grupo de amigas que formaban con Charo Barbosa y Alicia Arancibia le había hablado de aquel socialista cuyo nombre sólo Charo, que lo leyó en el diario de la tarde, se lo pudo descifrar completo: Bernardo Movsichoff. A Felisa, que por esa época devoraba una novela de Dostoyevski robada de las estanterías de libros que abarrotaban el cuarto de su hermano Lalo, el nombre le recordó a aquellos personajes que le dejaban el alma en suspenso y a esas tierras lejanas y exóticas que apenas podía contornear en el territorio febril de su imaginación. Para la segunda vuelta ya sus amigas la habían puesto al tanto de que el galán en cuestión era un Diputado Nacional por el socialismo y que la tarde anterior pronunció en aquella misma plaza un encendido discurso que las campanas de la iglesia se empeñaron en vano en cubrir con sus arrebatados repiques. Cuando el coche pasó delante de él, la retreta tocaba La Cucaracha y Felisa, ni lerda ni perezosa, le tiró un puñado de serpentinas que cayeron sobre la silueta del diputado como una caricia ondulatoria, mientras al son de la música le decía:
                             
Al diputado, al diputado,
tonto lo van a llamar.
Porque no tira, porque no tiene
serpentina en carnaval.
                 
  Cuando en la próxima vuelta ella volvió a pasar a su lado, Bernardo le arrojó a su vez un puñado de serpentinas. Pero Felisa, envalentonada por el éxito de su desafío, volvió a arremeter con La Cucaracha:
                          
Al diputado, al diputado,
lerdo lo van a llamar.
Porque no piensa, porque no sabe
que se moja en carnaval.

  La proxima vez Bernardo vació sobre las niñas que pasaron a su lado un pomo de olor que las dejó empapadas y fragantes, pero Felisa volvió a cantar:

Al diputado, al diputado,
preso lo van a llevar.
Porque no piensa, porque no sabe
que no se puede chayar.

Bernardo pidió entonces a Efraín Bragagnolo, que además de correligionario lo acompañaba en aquellas lides carnavalescas, que preguntara a la niña si concurriría al baile de esa noche. Felisa le mandó a decir que no, porque tenía siempre presente aquella sentencia con que su madre la pertrechaba antes de cada salida, de que una niña que se precie no debe tener el sí fácil.
    Sin embargo esa noche, cuando Bernardo la divisó entre las colombinas, pierrots  y madames pompadour acompañada por una señora muy digna que imaginó era su madre, sintió que el corazón se le desacompasaba como sólo le había sucedido a los diecisiete años, cuando conoció las dulzura Y s y los tormentos del primer amor.
  El noviazgo quedó constituido muy poco después y el resto lo dejo librado a la imaginación de los oyentes. 

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